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Santa Elena de Constantinopla

Santa Elena de Constantinopla

Elena de Constantinopla: la Augusta que excavó en el Gólgota para encontrar la cruz donde Cristo entregó su vida

Madre del primer emperador cristiano, hoy, 18 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de santa Elena, la mujer que descubrió algunas de las reliquias más veneradas de la Pasión de Cristo

En el crepúsculo de su vida, cuando la mayoría de los mortales busca el reposo de las memorias, una mujer de setenta años decidió que su historia apenas comenzaba. Elena de Constantinopla, la mujer que había pasado de servir vino en una humilde posada de Bitinia a vestir la púrpura imperial como Augusta, sentía un fuego que no se había apagado en los últimos años: el deseo ardiente de tocar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres.

Nacida hacia el año 250 en una familia pagana de escasos recursos, la joven Elena creció bajo la sombra de las crueles persecuciones romanas. Con sus propios ojos vio a los cristianos ser arrojados a las fieras y quemados vivos, una barbarie que su noble corazón no lograba comprender, pues en aquellas víctimas solo veía personas de una virtud excepcional.

Su belleza y nobleza atrajeron al militar Constancio Cloro, con quien se casó hacia el 270. De ese amor nació Constantino, el hombre que cambiaría el rumbo del mundo. Sin embargo, la ambición política de la tetrarquía romana se interpuso: Constancio la repudió tras veinte años de unión para casarse con la hijastra del emperador Maximiano. Fue en ese abismo de soledad donde la fe de Elena comenzó a florecer, convirtiéndose hoy en la patrona de los matrimonios en crisis.

«Con este signo vencerás»

Mientras Elena vivía su retiro forzado tras ser repudiada, su hijo crecía en el epicentro del poder. El joven Constantino no era solo el heredero de un general; era un estratega nato que se educó en los palacios imperiales bajo la mirada de su padre, mientras la tetrarquía —aquel complejo sistema de cuatro gobernantes diseñado para sostener el peso de un Imperio inabarcable— comenzaba a mostrar sus primeras grietas de ambición.

La muerte de Constancio Cloro en Britania, en el año 306, rompió el delicado equilibrio del poder y las tropas proclamaron a Constantino como su sucesor. Fue entonces cuando su hijo rescató a Elena de su ostracismo para llevarla consigo a la corte y nombrarla «Augusta», un título honorífico reservado a las emperatrices que la elevaba al rango de primera dama del Imperio. Pero el trono absoluto aún no estaba ganado; el Imperio se desangraba en una guerra civil contra Magencio, hijo del emperador Maximiano.

La tradición narra que, antes de la batalla del Puente Milvio en el 312, Constantino tuvo una visión celestial: una cruz con la inscripción In hoc signo vinces (Con este signo vencerás). Aquel madero luminoso, que Elena pronto buscaría por todo el mundo, se convirtió en el estandarte de una victoria imposible contra fuerzas superiores. Fue este triunfo el que permitió a Constantino, apenas un año después, promulgar el Edicto de Milán, devolviendo la libertad a los cristianos y poniendo fin a siglos de crueles persecuciones contra ellos.

Elena parte hacia los Santos Lugares

En el año 326, Elena organizó lo que hoy llamaríamos la primera gran expedición arqueológica de la historia. Ignorando la fatiga de los años, partió hacia los Santos Lugares con el apoyo de su hijo. Allí, tras interrogar a los habitantes y guiada por un hombre llamado Judas, descubrió un pozo donde yacían enterradas tres cruces.

¿Cómo distinguir el madero de Cristo de los de los ladrones? Cuenta la tradición que el obispo Demetrio decidió organizar una solemne procesión para acercar el cuerpo de una cristiana moribunda a las cruces recién descubiertas, con la esperanza de que Dios revelara cuál de ellas era la Vera Cruz. Al tocar las dos primeras cruces, nada sucedió; pero al rozar la tercera, la enferma recuperó la salud instantáneamente. Elena la había encontrado.

Su afán no se detuvo ahí. La Augusta rescató los clavos que perforaron a Jesús, el Titulus Crucis, la tablilla colgada en la Cruz que dice: «Jesús Nazareno Rey de los Judíos», la Santa Túnica y la Escalera Santa que hoy se venera en Roma. Sobre el lugar del entierro de Cristo, Constantino ordenó construir la iglesia del Santo Sepulcro.

La emperatriz que un día conoció la pobreza murió sin que sepamos con certeza dónde ni cuándo, pero dejó tras de sí un legado que los siglos no han podido borrar: unos maderos que fueron testigos del paso salvador de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Allí donde otros solo encontraron piedras y polvo, Elena supo ver la huella de Dios.

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