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TribunaAlejandro Gordon Mínguez


Escribe el sobrino de un mártir: «Lo fusilaron por ser sacerdote y él les dijo: 'Os perdono de todo corazón'»

Constituye para mi un profundo orgullo saber que un miembro de nuestra familia, el beato José Ignacio Gordon de la Serna, fue capaz de llevar hasta sus últimas consecuencias la fe que profesaba y los valores en los que creía

Beato José Ignacio Gordon de la Serna, sacerdote claretiano asesinado el 23 de agosto de 1936

Beato José Ignacio Gordon de la Serna, sacerdote claretiano asesinado el 23 de agosto de 1936

Este año se cumplen noventa años del martirio del Beato José Ignacio Gordon de la Serna, sacerdote claretiano asesinado el 23 de agosto de 1936 en Alboraya (Valencia) junto a sus hermanos de congregación, los beatos Marceliano Alonso Fernández y Tomás Galipienzo Ibáñez. Los tres fueron ejecutados en los primeros meses de la Guerra Civil española únicamente por su condición de religiosos, y la Iglesia reconoció oficialmente su muerte in odium fidei —por odio a la fe— al ser beatificados el 21 de octubre de 2017.

Las efemérides no solo sirven para recordar acontecimientos del pasado. También ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre el significado que determinadas vidas siguen teniendo para nuestro presente. El aniversario del martirio de José Ignacio Gordon constituye una de esas ocasiones.

Nacido en Jerez de la Frontera en el seno de una familia acomodada —era hijo de los marqueses de Irún, y su familia pertenecía a una de las principales familias de Escocia—, parecía destinado a una vida marcada por las oportunidades que le brindaban su posición y su patrimonio. Tras iniciar estudios de Derecho en la Universidad Central de Madrid, tomó una decisión que cambiaría por completo el rumbo de su existencia: abandonar aquella prometedora carrera para ingresar en los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos).

Fue una elección libre y radical. Renunció a una vida de privilegios para abrazar otra dedicada al ministerio sacerdotal y a la evangelización. En una época como la actual, en la que el éxito suele medirse por el reconocimiento social o el bienestar material, resulta especialmente elocuente el ejemplo de quienes entendieron que la verdadera plenitud consistía en ponerse al servicio de Dios y de los demás.

«Os perdonamos de todo corazón»

Cuando estalló la Guerra Civil, José Ignacio se encontraba destinado en Valencia. Allí compartió los difíciles primeros meses de la persecución religiosa con otros miembros de su comunidad. Finalmente fue detenido junto a los sacerdotes Marcelino Alonso Fernández y Tomás Galipienzo Ibáñez. Los tres fueron conducidos hasta Alboraya, donde fueron asesinados sin otro motivo que su condición de sacerdotes. La Iglesia reconocería décadas después que aquel crimen fue consecuencia directa del odio a la fe cristiana.

Pero quizá el aspecto más sobrecogedor de su historia no sea la violencia de su muerte, sino la actitud con la que la afrontó. La tradición conserva las palabras dirigidas por los tres religiosos a quienes iban a ejecutar: «Os perdonamos de todo corazón». Esa frase resume el sentido profundo del martirio cristiano: responder al odio no con venganza, sino con perdón; no con resentimiento, sino con esperanza. Resulta bastante ejemplificador en unos tiempos como los actuales.

Conviene recordar este episodio desde la serenidad que proporciona el paso del tiempo. La Guerra Civil fue una tragedia colectiva que sembró España de víctimas en ambos bandos y cuyas heridas tardaron décadas en cicatrizar. Precisamente por ello, el reconocimiento eclesial de los mártires no constituye una reivindicación política, sino el reconocimiento de un testimonio de fe vivido hasta las últimas consecuencias. La sangre de los mártires, semilla de nuevos cristianos, era frecuentemente pronunciada por el Papa San Juan Pablo II.

Un testimonio que atraviesa generaciones

José Ignacio Gordon, y sus dos compañeros en el martirio, no fueron beatificados por haber muerto durante la Guerra Civil, sino por la forma en que vivieron y aceptaron su muerte. Ese matiz resulta esencial. El martirio no consiste simplemente en morir de manera violenta, sino en permanecer fiel a las propias convicciones incluso cuando esa fidelidad exige el sacrificio supremo. El sacrificio por Dios.

He de reconcer la dimensión humana y personal que para mi tiene la figura del Beato José Ignacio Gordon, ya que tengo la gran suerte de ser sobrino nieto. Al ser un miembro de la familia, su recuerdo no pertenece únicamente a los libros de historia o a una estampa de devoción, sino que forma parte de nuestra propia memoria familiar. Constituye por tanto un profundo orgullo saber que un miembro de nuestra familia fue capaz de llevar hasta sus últimas consecuencias la fe que profesaba y los valores en los que creía. Pero ese orgullo lleva también aparejada una responsabilidad: procurar que su ejemplo no quede reducido al recuerdo de una fotografía o un apellido, sino que continúe transmitiéndose de generación en generación como testimonio de entrega y generosidad.

Siempre he pensado que los santos y beatos de la Iglesia representan para los creyentes una extraordinaria oportunidad de intercesión. Pero cuando ese intercesor pertenece a tu propia familia, cuando sabes que compartió tu apellido, que conoció a quienes te precedieron y que forma parte de la misma historia familiar que tú has recibido, esa cercanía adquiere inevitablemente una dimensión distinta.

Noventa años después, la vida de José Ignacio Gordon, de Marceliano Alonso y de Tomás Galipienzo sigue interpelando al creyente y también a cualquier persona de buena voluntad. Su historia habla de coherencia, de libertad interior, de servicio y de perdón. Ejemplos todos ellos muy necesarios en los tiempos que nos toca vivir en nuestro país. Son virtudes que trascienden las circunstancias históricas en las que vivieron y que continúan ofreciendo una valiosa lección en un tiempo marcado con frecuencia por la polarización, y la búsqueda continua, por algunos, para poner trabas a la reconciliación.

Las reliquias del Beato José Ignacio, Tomás y Marcelino, descansan hoy en la iglesia de San Vicente Mártir de Valencia. Su memoria, sin embargo, pertenece a toda la Iglesia española y forma parte de la historia de aquellos miles de hombres y mujeres que, durante la persecución religiosa de los años treinta, prefirieron mantenerse fieles a su conciencia antes que renunciar a ella.

El mejor homenaje que puede rendírseles no consiste únicamente en recordar el modo en que murieron, sino, sobre todo, en conocer la forma en que vivieron. Una buena excusa para pedir su intercesión. El martirio no comienza en el instante de la muerte; empieza mucho antes, en la fidelidad cotidiana a una vocación libremente abrazada.

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