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Beato Juan Maria de la Cruz

Beato Juan Maria de la Cruz

90 años de los primeros mártires de 1936

«Soy un sacerdote»: la confesión frente al templo en llamas que desató el martirio de Juan María de la Cruz en Valencia

Nació en una familia de quince hermanos y desde niño supo que quería ser sacerdote. Su vida estuvo marcada por la oración, la austeridad y un deseo que acabaría cumpliéndose: morir mártir por Cristo

La noche del 23 de agosto de 1936, el pasillo de la cuarta galería de la Cárcel Modelo de Valencia se inundó de un susurro de muerte. Los milicianos y funcionarios de la prisión comenzaron a leer la lista de los reclusos que iban a ser «deportados» esa misma noche, un trágico eufemismo que en aquellos primeros compases de la Guerra Civil equivalía a una ejecución sumaria sin juicio previo.

Sin embargo, cuando pronunciaron el nombre de Mariano García Méndez, ocurrió algo que desconcertó por igual a prisioneros y carceleros: el recluso salió de su celda dando saltos de alegría. Aquel hombre no caminaba hacia su final con el peso de la desesperación, sino con la ligereza de quien se encamina a un encuentro nupcial largamente anhelado. Bajo el nombre de su consagración religiosa, Juan María de la Cruz, aquel humilde sacerdote dehoniano estaba a punto de convertirse en el protomártir de su congregación.

La forja de una vocación entre el sagrario y la disciplina oculta

Para comprender la asombrosa reacción del Padre Juan María ante la muerte, es necesario retroceder a la sobria y espiritual meseta castellana. Nacido en San Esteban de los Patos (Ávila) el 25 de septiembre de 1891, fue el primogénito de una piadosa familia de quince hermanos. El ambiente de su hogar, profundamente cristiano, sembró en él una temprana inquietud: con apenas diez años ya expresaba un ferviente deseo de ser sacerdote. Tras recibir sus primeras lecciones de latín y letras de don Olegario, el cura del vecino pueblo de Mingorria, ingresó como seminarista en Ávila, destacando rápidamente por su brillante expediente académico, su piedad y una humildad que todos sus compañeros recuerdan.

Ordenado sacerdote el 18 de marzo de 1916, sus primeros destinos pastorales fueron los pequeños pueblos abulenses de Hernansancho y San Juan de la Encinilla. Allí comenzó a perfilarse el temple de un místico. Su hermana Juana, testigo directo de aquellos años, relató más tarde detalles conmovedores de su entrega absoluta: el joven cura pasaba noches enteras en vela ante el sagrario, apenas se alimentaba y, al despuntar el alba, ya esperaba pacientemente en el confesionario. Pero tras esa timidez y delicadeza pastoral se escondía un rigor ascético impresionante. Juana descubrió un día en su habitación un cinturón con pinchos ensangrentados y escuchaba por las noches el eco de sus flagelaciones. El martirio no era una ocurrencia de última hora; era un tema constante en sus conversaciones de sobremesa.

Juan Maria de la Cruz fue beatificado por San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001,

Juan Maria de la Cruz fue beatificado por San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001,

El anhelo de la contemplación y el camino de la reparación

El sacerdocio diocesano no bastaba para saciar la sed de absoluto que consumía su alma. Juan María buscaba con vehemencia la vida comunitaria y contemplativa, pero su frágil salud se interpuso constantemente como una cruz añadida. Intentó ingresar primero con los Dominicos en 1913, y más tarde con los Carmelitas Descalzos en Vizcaya, viéndose obligado en ambas ocasiones a desistir debido a sus dolencias.

Finalmente, un viaje a Madrid le puso en contacto con la naciente congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (Reparadores o Dehonianos). Allí encontró su puerto definitivo. El 31 de octubre de 1926, solemnidad de Cristo Rey, realizó su profesión en Novelda bajo el nombre de Juan María de la Cruz, abrazando el carisma de amor, oblación y reparación.

Aunque él anhelaba el silencio del claustro –lo que le llevó incluso a un efímero intento en la Trapa de Cóbreces del que tuvo que regresar por su salud–, sus superiores le encomendaron una misión activa: ser promotor de vocaciones y «limosnero» para la Escuela Apostólica de Puente la Reina (Navarra). Durante nueve años, el Padre Juan María recorrió caminos y pueblos pidiendo limosna para el sustento de los seminaristas. En lugar de amargarse por no tener una vida puramente contemplativa, transformó sus fatigosos viajes en un apostolado andante, difundiendo la devoción al Santísimo Sacramento y al Amor Misericordioso.

La caridad con el prójimo y una paciencia inquebrantable eran sus cartas de presentación. Fue en esa época cuando el deseo del martirio maduró definitivamente en su interior, avivado por las noticias de los misioneros que morían en China. «¡Oh, que yo tenga el mismo destino de ser perseguido y morir mártir por Cristo!», solía repetir con un entusiasmo que contagiaba a quienes le escuchaban.

El 'delito' de defender lo sagrado

El estallido de la Guerra Civil sorprendió al Padre Juan María en Garaballa (Cuenca), donde había viajado para reponer su delicada salud. Obligado a trasladarse a Valencia, una de las ciudades donde la persecución religiosa adquirió mayor ferocidad, su destino se selló el 23 de julio de 1936.

Al bajar del tren y adentrarse en la ciudad, el sacerdote se topó con una escena dantesca: frente a la famosa Iglesia de los Santos Juanes, una turba alimentaba una hoguera con imágenes, retablos y objetos sagrados profanados. Ante aquel ultraje a lo que más amaba, no midió el peligro humano. Al ver las llamas devorando el templo, exclamó en voz alta:

–«¡Qué horror! ¡Qué crimen, qué sacrilegio!». De inmediato, alguien de la multitud se giró hacia él y le increpó: –«Eres un hombre de derechas, eres un 'carca'». El Padre Juan María, mirándolo de frente, pronunció la frase que firmaba su sentencia:–«Soy un sacerdote».

No hubo acusaciones políticas, ni conspiraciones, ni posesión de armas. Su único delito, confesado públicamente con heroica audacia en plena calle, fue su carácter sacerdotal. Detenido al instante, fue conducido a la Cárcel Modelo de Valencia.

Rezar incansablemente tras los barrotes

La prisión no enfrió el fervor del dehoniano; al contrario, convirtió su celda de la cuarta galería en un monasterio improvisado. El ambiente de la Modelo de Valencia en el verano de 1936 era aterrador, marcado por el miedo constante a las ejecuciones nocturnas. En medio de aquel pánico, el Padre Juan María destacaba por una paz asombrosa.

«Me alegro mucho de que se me ofrezca la oportunidad de sufrir algo por Él, que tanto sufrió por mí, pobre pecador», escribió el 10 de agosto en una conmovedora carta dirigida a su superior general, monseñor Lorenzo Philippe. En otra misiva al alcalde de Garaballa reiteraba su tranquilidad y resignación ante los designios de la Divina Providencia.

Durante el mes que pasó entre rejas, su celo pastoral no decayó. En las horas de recreo, desafiando a los centinelas que les apuntaban con fusiles e insultaban con amenazas de muerte, el Padre Juan María organizaba el rezo del Santo Rosario en voz alta con otros prisioneros. Cuando la prudencia aconsejó suspender los rezos comunitarios para evitar provocaciones, él continuó rezando solo en su celda. Su insistencia en la oración era tal que un abogado prisionero recordó que algunos decían de él: «Algún día al Padre Chaquetón lo matarán como un pájaro».

Su amor a la Pasión de Cristo le llevó a realizar un acto de entrañable piedad: con la punta de un lápiz, dibujó con cuidado pequeñas cruces espaciadas en las paredes de su celda para poder rezar el Vía Crucis. Cuando los inspectores descubrieron los dibujos y amenazaron con trasladarlo a la terrible celda de rigor, la oportuna intervención de otro recluso evitó el castigo.

En su pantalón llevaba siempre un pequeño diario de bolsillo donde registraba el estricto cumplimiento de su regla religiosa y sus oraciones diarias. Cada vez que se enteraba de que un compañero de prisión era conducido al fusilamiento, lejos de acobardarse, experimentaba un gozo místico y renovaba su ofrecimiento absoluto de entrega a Cristo, considerando el martirio como la gracia más extraordinaria de su vida.

Morir perdonando

La noche del 23 de agosto de 1936, la muerte reclamó su nombre. Al oír su llamada, el dehoniano no vaciló. Quienes le vieron salir de la celda relataron que lo hizo radiante, dando saltos de alegría, intuyendo que había llegado su hora de gloria.

Fue conducido junto a otros nueve compañeros a la finca 'El Sario', en el término municipal de Silla, a pocos kilómetros de Valencia. Allí, al pie de un viejo olivo que sirvió de mudo retablo, el Padre Juan María de la Cruz fue fusilado mientras perdonaba a sus ejecutores. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común en el cementerio de Silla y cubiertos con una densa capa de cal para acelerar su destrucción y borrar su memoria.

En Novelda, con dos alumnos del colegio

En Novelda, con dos alumnos del colegio

Sin embargo, el olvido no pudo sepultar su testimonio. El 28 de marzo de 1940, una vez finalizada la contienda, se procedió a la exhumación de los cadáveres. La identificación del Padre Juan María fue asombrosamente sencilla para los religiosos dehonianos presentes: entre los restos del siervo de Dios destacaba la cruz de su profesión, el escapulario de la congregación y, milagrosamente conservada en el bolsillo de su pantalón, su pequeña agenda de notas, perforada por las balas y empapada en su propia sangre.

Hoy, los restos mortales del primer mártir dehoniano descansan en la iglesia de 'El Crucifijo' en Puente la Reina, el lugar donde mendigaba pan físico para sus estudiantes y donde hoy se acude a pedir el pan espiritual de su intercesión. Beatificado por San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001, la vida y muerte del Beato Juan María de la Cruz revela la entraña de una época convulsa, pero sobre todo demuestra que, incluso en las horas más oscuras del odio fratricida, la fe vivida hasta el extremo es capaz de responder con un misterio aún mayor: el de vivir amando y morir perdonando.

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