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TribunaMonseñor Alberto José González Chaves

Stat Crux: la verdad incómoda que el mundo intenta retirar de las calles y la Iglesia alza más alto

La Cruz proclama algo insoportable para la autosuficiencia moderna: que el hombre necesita ser salvado porque no puede salvarse a sí mismo

La Crucifixión de León Bonnat

La Cruz era justo lo que ningún romano sensato hubiera pensado jamás en exaltar: era patíbulo, ignominia, suplicio reservado a esclavos y malhechores, una palabra tan indecente que Cicerón deseaba mantenerla lejos no sólo del cuerpo, sino hasta del pensamiento, los ojos y los oídos del civis romanus. Sin embargo el Imperio crucificador cubriría de oro las cruces, elevándolas sobre sus basílicas e inclinándose ante ellas sus emperadores. El cristianismo realizó una desconcertante revolución semántica: el instrumento de la derrota se trocó en signo de victoria; el leño de muerte, en árbol de vida; el cadalso donde un condenado se alzó entre dos ladrones, en trono de Cristo Rey.

La historia de esta fiesta del 14 de septiembre entrelaza arqueología, liturgia, política imperial, guerra entre Bizancio y Persia y una profusión de relatos piadosos que los siglos fueron bordando sobre los hechos. Mas la fe no necesita convertir en acta notarial cuanto la piedad medieval adornó con sus colores: la teología es más grande.

Jerusalén levanta la Cruz

El origen remoto del 14 de septiembre no está en Roma, sino en Jerusalén. Después de la paz constantiniana, Constantino emprendió la monumentalización cristiana de los lugares relacionados con la Pasión y Resurrección del Señor. Sobre el área del Gólgota y del sepulcro se levantó el grandioso complejo que comprendía el Martyrium, el Calvario y la Anástasis, la basílica de la Resurrección. Su solemne dedicación tuvo lugar en septiembre del año 335, y la fiesta de la Cruz se vincula a aquellas celebraciones jerosolimitanas. La celebración oriental del 14 de septiembre se remonta a aquella dedicación de la basílica constantiniana.

La Cruz era literalmente elevada ante el pueblo para que pudiera contemplarla y venerarla. La exaltatio, la hypsosis de los griegos, era también ostensión: el obispo levantaba el sagrado madero y la multitud se postraba. El gesto proclamaba a Aquel que dijo a Nicodemo: «Oportet exaltari Filium hominis», es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, «para que todo el que crea en Él tenga vida eterna». Y San Juan juega deliberadamente con esa elevación: Cristo será levantado físicamente sobre el patíbulo, pero justamente allí comienza su misteriosa exaltación y su atracción sobre el mundo. «Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnes traham ad meipsum»: cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí.

La Iglesia levanta la Cruz en que fue levantado Cristo. Si los verdugos la elevaron para exhibir al reo, ella lo alza para mostrar al Rey.

Elena: una mujer de bandera

Elena, anciana madre de Constantino, peregrina a Tierra Santa y protagoniza el hallazgo de la Vera Cruz. La tradición sitúa su viaje en los últimos años de su vida, en torno a 326-328, y relaciona con ella las grandes obras constantinianas en los Santos Lugares. Eusebio de Cesarea, contemporáneo de los acontecimientos y muy minucioso al narrar las iniciativas de Constantino y Elena en Palestina, cuenta las excavaciones y la recuperación del lugar del Sepulcro, pero no dice que Elena encontrara la Cruz. Este silencio ha pesado mucho en la historiografía moderna, tanto más que la atribución expresa del hallazgo a la emperatriz no aparece hasta finales del siglo IV. Estudios históricos actuales distinguen por ello entre la temprana presencia en Jerusalén de una reliquia venerada como lignum Crucis y la posterior elaboración narrativa que convirtió a Santa Elena en su descubridora.

Pero sería precipitado pasar del silencio de Eusebio a la afirmación de que en Jerusalén no existía entonces ninguna reliquia de la Cruz. Apenas dos décadas después de la época en que la tradición señala el hallazgo, San Cirilo de Jerusalén, predicando precisamente junto al Gólgota hacia mediados del siglo IV, habla del madero de la Cruz como algo conocido por sus oyentes y afirma que fragmentos suyos se habían difundido ya por el mundo. Esto significa que, cualquiera que fuese exactamente el proceso de descubrimiento e identificación, la veneración de un madero considerado perteneciente a la Cruz de Cristo está sólidamente atestiguada en Jerusalén en fecha muy temprana.

Después viene la leyenda, exuberante. Tres cruces habrían aparecido durante las excavaciones: la de Cristo y las de los dos ladrones. ¿Cómo identificar la verdadera? Las narraciones no coinciden, detalle que ya aconseja prudencia histórica. San Ambrosio habla de la identificación por el titulus, la inscripción de Pilato; otros relatos cuentan que el obispo Macario hizo tocar sucesivamente las tres cruces a una mujer moribunda y que ésta sanó al contacto con la tercera; una versión posterior llega a hablar de la resurrección de un muerto. Después aparecerá también Judas o Ciriaco, el judío conocedor del emplazamiento que acabaría convirtiéndose al cristianismo. Si las tradiciones no poseen idéntico valor histórico ni pueden amontonarse como si constituyeran una sola crónica contemporánea, ello no disminuye a Santa Elena. Al contrario.

Más hermoso que obligar a la historia a confirmar cada detalle de una leyenda es contemplar a la anciana emperatriz en una Jerusalén marcada por siglos de olvido y profanación, buscando los lugares de la Pasión del Señor cuando el Imperio apenas acababa de salir de las persecuciones. No necesitaba encontrar milagrosamente tres cruces para convertirse en una de las grandes figuras de la memoria cristiana: le bastaba haber comprendido que los lugares donde Dios había entrado físicamente en nuestra historia merecían ser buscados, limpiados, honrados y transmitidos. Inventio, en latín, significa hallazgo. Durante siglos Occidente celebró el 3 de mayo la Inventio Sanctae Crucis y el 14 de septiembre la Exaltatio.

La Cruz prisionera

Pero el 14 de septiembre posee una segunda historia, mucho más firmemente asentada en acontecimientos políticos y militares. Casi tres siglos después de Constantino, en 614, el ejército persa sasánida conquistó Jerusalén. Fue una catástrofe para la cristiandad oriental: hubo destrucciones, deportaciones... un enorme trauma religioso. Entre el botín llevado a territorio persa se encontraba la reliquia de la Cruz conservada en Jerusalén, junto con el patriarca Zacarías. El traslado de la reliquia a Persia está históricamente bien atestiguado, aunque las fuentes cristianas de la época magnificaron probablemente algunas cifras y episodios de la devastación.

De pronto, el madero que durante tres siglos había sido levantado solemnemente ante los fieles de Jerusalén era un trofeo en manos de un imperio no cristiano. La pérdida tenía una fuerza simbólica enorme: la Jerusalén cristiana había sido humillada y la Cruz de Cristo cautiva de los vencedores.

Entonces apareció una de las figuras más extraordinarias y contradictorias de la historia bizantina: el emperador Heraclio, quien, cuando el Imperio romano de Oriente parecía al borde de la desaparición, emprendió una formidable contraofensiva que terminó quebrando el poder de Cosroes II. Tras el colapso político persa, la reliquia de la Cruz fue restituida a los bizantinos y regresó solemnemente a Jerusalén, en torno a 629-630. Incluso la investigación especializada que discute pormenores de aquel traslado reconoce como núcleo histórico la conquista persa de 614, la sustracción de la reliquia y su recuperación durante la victoria de Heraclio. Y entonces vuelve a entrar la leyenda, esta vez con una escena tan hermosa que Occidente no pudo resistirse a pintarla durante siglos.

Emperador: ¡Cuerpo a tierra!

Cuenta la tradición que Heraclio quiso entrar en Jerusalén llevando la Cruz como vencedor, vestido de púrpura y oro, coronado y montado sobre su caballo. Había vencido al persa; recuperaba el tesoro de la cristiandad; la ciudad esperaba. Pero al acercarse a la puerta por la que debía entrar, ésta se cerró milagrosamente ante él. Un ángel le hizo comprender entonces la contradicción: Cristo había recorrido aquel camino hacia el Calvario pobre, humillado y sin corona terrestre; ningún emperador podía llevar triunfalmente su Cruz vestido como si fuese mayor que el Crucificado. Heraclio descendió del caballo, se despojó de las insignias imperiales, se descalzó y cargó sobre sus hombros el sagrado madero. Sólo entonces se abrió Jerusalén.

La escena alcanzó una inmensa popularidad en la Edad Media y la recogería la Leyenda áurea; se encuentra detrás de innumerables representaciones artísticas de Heraclio y de la Vera Cruz. No poseemos razones suficientes para relatarla como un hecho comprobado en todos sus detalles; pertenece al gran ciclo legendario de la Exaltatio Crucis, aunque algunos de sus elementos se remontan a tradiciones antiguas.

Puede que la puerta de Jerusalén no se cerrara físicamente ante Heraclio; la puerta del Evangelio, desde luego, sí se cierra ante todo hombre que pretenda llevar la Cruz sin despojarse de sí mismo. No se puede cargar con la Cruz y conservar intacta la púrpura del orgullo, ni seguir al Mártir Desnudo del Calvario reclamando tratamiento de vencedor. La Cruz no es un trofeo que se incorpora a nuestros triunfos: es ella la que los juzga. Ante ella, hasta el emperador tiene que apearse.

La leyenda de Heraclio transforma una recuperación militar en catequesis: el emperador había vencido a Persia, pero todavía le quedaba otra batalla: ser vencido él por la Cruz.

El escándalo hecho gloria

La fiesta se difundió desde Oriente y Jerusalén hacia Constantinopla y Roma; en Occidente se vinculó a la recuperación de la reliquia por Heraclio, mientras la celebración de mayo conservaba el recuerdo del hallazgo. Ya en el siglo VII el 14 de septiembre se asienta en la liturgia romana.

¿A qué este espléndido recorrido de emperatrices, excavaciones, basílicas, guerras, reliquias, reyes persas y emperadores descalzos? La Iglesia no celebra el 14 de septiembre porque adore arqueológicamente un fragmento de madera: exalta la Cruz porque en ella reconoce la forma histórica que adoptó el amor de Dios llegando hasta el final. «Sic Deus dilexit mundum»: tanto amó Dios al mundo. Ésa es la explicación que da el propio Cristo cuando anuncia a Nicodemo que será levantado. La Cruz existe porque Dios amó de ese modo.

Un cristiano adorador del sufrimiento sería una monstruosa caricatura: no venera los clavos, ni la sangre, ni la muerte; ama la Cruz porque allí el amor fue más fuerte que los clavos, la obediencia más fuerte que la violencia y la vida más fuerte que la muerte. El Viernes Santo contemplamos con estremecimiento cómo Cristo desciende voluntariamente hasta el último abismo; el 14 de septiembre miramos aquel abismo desde la mañana de Pascua y comprendemos por qué la liturgia se atreve a cantar: Dulce lignum, dulces clavos, dulce pondus sustinet. Es dulce el árbol no porque el tormento haya dejado de ser terrible, sino porque aquel árbol sostuvo el fruto más dulce que ha conocido la tierra.

San Pablo cantó a Cristo así: «humiliavit semetipsum, factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis, propter quod et Deus exaltavit illum». Se humilló hasta la muerte, y muerte de Cruz; por eso Dios lo exaltó. Descenso y exaltación, humillación y gloria, Calvario y Pascua forman un solo movimiento. El 14 de septiembre canta ese propter quod: la Cruz es exaltada porque Cristo aceptó ser humillado en ella.

Levantar lo que el mundo esconde

Si nuestro tiempo tolera una cruz convertida en joya, en patrimonio artístico o en elemento decorativo, no soporta la Cruz cuando proclama el sacrificio y recuerda que la verdad, la fidelidad, puede costar sangre; que el amor verdadero posee siempre una dimensión crucificada; que el hombre no se redime eliminando de su existencia el dolor, sino uniéndolo al amor de Cristo. La Cruz proclama algo insoportable para la autosuficiencia moderna: que el hombre necesita ser salvado porque no puede salvarse a sí mismo.

Por eso la Iglesia no esconde la Cruz: la exalta. La pone sobre las torres, sobre los altares, sobre las tumbas; comienza y termina con ella sus oraciones; signa con ella al neófito y al moribundo. La planta en las encrucijadas de los caminos y si el mundo quiere quitarla, porque recuerda el sufrimiento, la Iglesia la levanta más alto, cantando que el sufrimiento ha sido redimido.

Elena la buscó bajo la tierra; los persas se la llevaron como botín; Heraclio la devolvió a Jerusalén. Todo porque un viernes, fuera de las murallas de Jerusalén, Jesús de Nazaret fue realmente crucificado bajo Poncio Pilato. Desde aquella tarde la Cruz fue otra cosa y el 14 de septiembre la Iglesia la levanta para que nadie olvide quién estuvo clavado en ella. Y repite al hombre contemporáneo, tan empeñado en mirar hacia otra parte: «Ahí está tu precio, ahí está tu esperanza, ahí está la medida del amor de Dios. O Crux, ave, spes unica! Porque, dum volvitur obispo, stat Crux!»