Jacques Philippe
Entrevista a Jacques Philippe, sacerdote católico francés y escritor
Jacques Philippe: «Lo más importante en la vida de fe es la fidelidad a la oración: continuar orando, aunque a veces cueste»
En esta entrevista, este sacerdote francés subraya la centralidad de la oración en la vida cristiana, entendida como una relación perseverante y fiel con Dios. Frente a la inconstancia propia de nuestro tiempo, el autor recuerda que la verdadera transformación espiritual nace de una vida de oración sostenida, humilde y confiada
Podría ser considerado el Kempis del siglo XXI. Porque Jacques Phillipe no es sólo uno de los autores de espiritualidad más leído del mundo (sus libros, como La paz interior, Tiempo para Dios o La escuela del Espíritu Santo, son auténticos superventas, traducidos a veinticinco idiomas), sino que es, ante todo, un maestro de espiritualidad que ha ayudado a cientos de miles de personas a tener un encuentro personal con Dios.
A los dieciocho años sintió el deseo de consagrarse a Dios y en 1965 entró en el noviciado de los maristas. Duró poco: en plena revolución de Mayo del 68 y del posconcilio, dejó el seminario después de que su director espiritual abandonase el sacerdocio y se casase. Se licenció en Matemáticas, fue profesor e investigador, y durante casi un año y medio se alejó de la Iglesia y dejó de ir a misa.
Pero las cuentas no le salieron: «Sentí que si me alejaba de Dios, iba hacia la muerte». En 1976 ingresó en la recién fundada Comunidad de las Bienaventuranzas, donde acabaría recibiendo la ordenación sacerdotal en 1985. Hoy recorre el mundo predicando retiros para mostrar el camino hacia la relación personal con Jesucristo a todos aquellos que desean seguirlo.
–Tanto con sus retiros como con sus libros, que son superventas traducidos a veinticinco idiomas, ha ayudado a miles de personas en su camino de oración y en su relación con Dios. Pero, ¿cómo es su relación con Cristo y cómo es su rutina de oración?
–La persona de Cristo es muy importante para mí. Para mí, la oración es una amistad con el Señor que se va desarrollando con la ayuda del Espíritu Santo. Porque el Espíritu es quien nos lleva a encontrar al Padre. De esa forma, en la vida de oración hay una relación entre las personas divinas: la oración es la amistad con Cristo, la docilidad al Espíritu y la relación filial con el Padre, porque recibimos todo de él. Por eso, algunas veces mi oración está más centrada en el Padre, otras veces en el Hijo y, otras veces en el Espíritu Santo. En ocasiones, parto de la palabra, de la Sagrada Escritura, que es el lugar donde es él quien habla. Y hay otros momentos en los que no hace falta tener ninguna reflexión particular: solamente estar en la presencia de Dios.
–Que la oración es la vía para tener una relación con Dios es algo que muchas personas comparten e, incluso, es el modo «natural» o «instintivo» de relacionarse con él. Sin embargo, en la relación con el Señor, vivir de los sacramentos es algo esencial –que de hecho usted mismo propone con frecuencia–, pero que puede ser más difícil de aceptar o de entender…
–Los sacramentos son un don. Cuando estoy enfermo, quiero recibir al médico que me cura, no sólo tener las medicinas. Los sacramentos son el lugar en el que recibimos el encuentro con Cristo, como nuestro médico. La eucaristía es una sanación del corazón. Es Cristo mismo que viene a habitar en nosotros como el Buen Pastor, para darnos su paz, su fortaleza, para purificarnos, para darnos su luz. Y lo mismo ocurre con todos los sacramentos. La confesión, por ejemplo, es también un sacramento de curación. Nuestros pecaos nos hieren, y el perdón de Dios nos cura.
De hecho, creo que una de las gracias más importantes de la confesión es el encuentro con un Dios misericordioso, que perdona; es el Padre que acoge al hijo pródigo. La confesión es un sacramento muy importante para experimentar la paternidad de Dios, su amor incondicional, que reclamamos en la oración. Un Dios que no me juzga, que abraza al pecador en sus manos. Cuando recibimos los sacramentos y hay un deseo verdadero de que nuestro corazón se transforme, vemos los frutos en nuestra vida que habíamos empezado a desear en la oración.
La fidelidad de Dios en las pequeñas cosas
–¿Ha tenido usted alguna experiencia, podríamos decir «mística», en sus momentos de oración?
–Nunca he tenido ninguna gracia mística, aunque sí he tenido momentos en mi vida donde he sentido plenamente el amor de Dios y el cariño de la Virgen María. Y también muchos momentos en los que, a través de pequeñas cosas, he experimentado la fidelidad de Dios. Dios es fiel en la manera de conducir nuestra vida. Es bueno que existan las experiencias místicas, pero Dios puede tocarnos a través de experiencias sencillas. De hecho, creo que una experiencia que todo cristiano puede hacer es constatar cómo la Sagrada Escritura puede ayudarnos. En la palabra encontramos la respuesta a nuestras dudas. Nos anima, nos consuela, nos fortifica. A veces de manera inesperada. Y la mayoría de las veces es así como Dios llega a las personas.
–Las encuestas dicen que cada vez hay más personas que se están acercando a la fe, que hay, de nuevo, una búsqueda de Dios. Usted, que recorre el mundo dando retiros, ¿cómo ve la situación?
–Lo que veo es que hay sed por rezar y que hay deseo de adoración a Dios. Veo muchos laicos muy comprometidos con su fe, y con muchos deseos de participar en la misión de la Iglesia. Hoy hay muchos laicos con muchos deseos de anunciar el Evangelio. En la vida de la Iglesia hay hoy muchas cosas hermosas. Es cierto que el panorama, en su conjunto, puede parecer que no es ninguna maravilla, pero al mismo tiempo hay muchos puntos de luz. Hoy la Iglesia es como un gran edificio cuya fachada está un poco oscura, pero al mismo tiempo tiene muchas ventanas con lucecitas que brillan.
Hoy vivimos tiempos difíciles, pero tenemos la oración
–Además de ese reverdecer de la fe, cada vez hay más personas que buscan a Dios a través de una cierta espiritualidad íntima y personal, que a veces tiene que ver más con la nueva era o con el protestantismo. ¿Qué diferencia estas prácticas de la oración católica?
–Hoy mucha gente lleva a cabo esas prácticas porque tenemos puntos comunes con ellas: querer vivir el momento presente, que existe algo en nosotros que es importante y que está por descubrir... Pero en el yoga o el mindfulness falta lo más importante: el encuentro personal con Jesús. La originalidad del cristianismo es el aspecto personal del encuentro con Cristo, el amor recíproco entre Dios y cada uno de sus hijos, entre Cristo y cada uno de sus fieles. Mucha gente está dispuesta a pagar quinientos euros por una semana de meditación, o pagan por ir a clases de yoga… pero terminan dejándolo cuando se topan con los obstáculos de la vida espiritual. En estas modas, uno intenta ser el único dueño de su vida, y no se reconoce que el único Señor es Dios.
–¿Y por qué no se percibe igual de atractiva la propuesta de espiritualidad cristiana?
–Porque la gente cree conocer el cristianismo, aunque no lo conozca de verdad, ni haya experimentado su riqueza espiritual. Desde el Concilio Vaticano II, en la Iglesia hemos propuesto muchas cosas a nivel social y moral, pero no tantas a nivel espiritual. Hemos dejado de enseñar las grandes tradiciones espirituales del cristianismo, los grandes tesoros de nuestra tradición espiritual católica, y eso ha arrojado a muchas personas a prácticas como el yoga. Sin embargo, lo que atrae a las personas son las realidades en las que hay vida y autenticidad, no sólo palabras. Lo que evangeliza de verdad a las personas, lo que lleva a las personas hacia el Señor, es nuestra forma de vivir la fe y nuestra relación con Jesús de forma auténtica y sincera.
«Dios no nos abandona nunca»
–Entonces, ¿cómo se puede hacer oración para que no sea sólo repetir palabras, sino para que haga posible el encuentro con Cristo?
–No depende tanto del método que utilicemos, aunque el método puede ayudar, sino de la actitud del corazón. Para que la oración nos ayude a encontrar a Dios y nos transforme, tiene que ser, más que cualquier otra cosa, un acto de fe y de esperanza. La verdadera oración es la oración del pobre que reconoce que no es nada. Y es una oración que contiene esa determinación de amar y de ser amado. Por eso, lo más importante es la fidelidad a la oración: continuar orando aunque a veces cueste. A veces es más fácil orar, y otras veces es más difícil. Pero lo importante es ser fiel a la oración. Después habrá muchos caminos posibles, pero se trata de intentar vivir esta actitud humilde: el Señor nos quiere en su presencia y quiere que dejemos que el Espíritu Santo nos enseñe a rezar.
–¿Qué quiere decir para terminar esta entrevista?
–Hoy vivimos tiempos difíciles, pero tenemos la oración, la palabra, la eucaristía… Además, es importante recordar que uno de los recursos importantes de la vida espiritual que tenemos es la presencia de la Virgen María. Actualmente, la Virgen tiene una presencia especial en nuestro mundo; no es una casualidad ni algo superfluo. Esa presencia de María forma parte del designio profundo de Dios en medio de las tragedias que estamos viviendo. Dios no nos abandona nunca, y uno de los auxilios más preciosos que nos ofrece hoy es saber que ella es nuestra Madre, que podemos confiar en ella, y que podemos pedir su intercesión para mantenernos en pie y con esperanza.
Artículo publicado originalmente en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas