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Beato Pedro Tomás de la Virgen del Pilar

Beato Pedro Tomás de la Virgen del Pilar

«Hijos míos, ¿qué os he hecho?»: el testimonio del mártir carmelita apaleado en 1936 antes de ser arrojado al mar

En medio de insultos y salvajes golpes, fray Pedro Tomás de la Virgen del Pilar respondió con compasión cristiana en Barcelona y, tras dos meses convaleciente, el 10 de octubre fue conducido por sus captores al acantilado de la Mala Dona

El 26 de abril de 1888 nacía en Zaragoza Pedro de Alcántara Fortón y de Cascajares, bautizado al día siguiente y confirmado en mayo de 1893. Pese a pertenecer a una acomodada familia noble de la que nunca hizo alarde, el futuro padre Pedro Tomás de la Virgen del Pilar, decidió renunciar a todo e ingresar en el noviciado de los Carmelitas Descalzos en el Desierto de Las Palmas en septiembre de 1904, profesando sus votos un año después.

Tras ser ordenado sacerdote en junio de 1912, la trayectoria religiosa del padre Pedro Tomás destacó por una intensa actividad organizativa e intelectual. Fue elegido prior de las comunidades de Valencia en 1924 y de Zaragoza en 1927, asumiendo en 1933 las responsabilidades de consejero provincial, conventual de Villanueva de la Jara y capellán de la comunidad de carmelitas conquenses.

Sin embargo, más allá de sus cargos eclesiásticos, destacó como una persona culta y de fina sensibilidad artística. Como discípulo del pintor valenciano Giner, adquirió técnica pictórica, cultivó la poesía y dedicó grandes esfuerzos a rescatar valiosos libros y archivos históricos de la Orden perdidos tras la expulsión forzosa de los miembros de las órdenes religiosas en el siglo XIX. Su lema vital, adoptado directamente de Santa Teresa de Jesús, fue la «determinada determinación», una actitud de entrega firme que exigía tanto en la dirección espiritual como ante los contratiempos cotidianos.

Acaparado por la persecución en Barcelona

En julio de 1936, residiendo en Villanueva de la Jara, viajó a Barcelona con el cometido pastoral de predicar la novena de la Virgen del Carmen en el Convento de Carmelitas Misioneras de Gracia, así como para presidir la toma de hábito y la profesión religiosa de varias novicias. Aunque su intención inicial era trasladarse a Francia al concluir la misión, accedió a la petición de sus hermanos de orden de permanecer unos días más en la Ciudad Condal.

Sorprendido por la persecución religiosa, el fraile se vio obligado a abandonar el convento vestido de seglar. Pese a ello, fue identificado en plena calle por los revolucionarios, quienes lo cercaron y lo golpearon salvajemente con palos, mazos y herramientas entre insultos y blasfemias.

«Hijos míos, ¿qué os he hecho?»

En medio de la violencia, lejos del rencor, la víctima reaccionó emulando la compasión de Cristo en el Calvario. Un testigo presencial relató que, mientras descargaban los golpes sobre él, el carmelita exclamó hacia sus agresores: «Hijos míos; ¿qué os he hecho para que así me maltratéis?». Dándolo por muerto, los asaltantes abandonaron su cuerpo magullado en la esquina del convento. Dos guardias lo rescataron e ingresaron en el Hospital de San Pablo, donde permaneció convaleciente durante semanas.

El desenlace no tardó en llegar. El 10 de octubre de 1936, varios milicianos lo sacaron del centro hospitalario y lo trasladaron hacia la costa del Garraf. En el abrupto paso conocido como la Mala dona, el religioso, de 48 años de edad, fue arrojado al mar.

El testimonio de perdón y fe del padre Pedro Tomás culminó el 28 de octubre de 2007, cuando fue beatificado solemnemente en Roma junto a sus hermanos de la familia carmelita, quedando inscrito en la nómina de los mártires del siglo XX.

Fray Pedro Tomás del Pilar

Dime Señor de las eternidades,
¿cómo podéis, en estas soledades,
estar tan escondido?
y presenciar ¡oh Sol de mis amores!,
la ingratitud de tantos pecadores
que huyen de este tu nido

Qué hacéis aquí, ¡Oh vida de mi vida!,
amando al hombre que de Vos se olvida
¡Cuánta es vuestra bondad!
pues que sufrir podéis de los mortales
injurias tantas, e impiedades tales.
¡Oh inmensa Caridad!

Cuando por adorarte Dios del alma,
en medio del silencio y de la calma
de una noche serena,
he querido acercarme a tus altares…
¡Oh cuán pronto se alivian los pesares
de que el alma está llena!

Al verme de los hombres olvidado
y de este mundo ya desengañado,
¡oh Fuente de mi vida!,
dirijo a tu sagrario la mirada
y mi vida se siente consolada
y en amores fundida.

Pero a pesar de ser vuestras bondades
para quien corresponde con maldades,
¿aún hay quien no te quiera?
así pagan ¡Dios mío! tus amores;
pues en lugar de amor te dan dolores
y ofensas por doquiera.

¡Qué solitario vives en tu templo
y ¡qué pobre y humilde te contemplo!
¿Eres tú el Dios del cielo?…
¿porqué pues te has escondido tanto,
que has cubierto tu gloria con un manto
y estás en nuestro suelo?

¡Oh dichosa madera que han formado
contigo el sagrario de mi Amado!
¡Qué envidia me das!,
pues llevas siempre en tu escondido seno
al Dios Omnipotente, al Dios pleno:
¿se puede pedir más?
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