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Santa Teresa de Jesús, colección Museo del Prado, hoy en la Iglesia de San José (Madrid)

Reformadora del Carmelo, Doctora de la Iglesia y fenómeno televisivo: Teresa de Jesús, la huella de la española que atraviesa los siglos

En el día de su festividad, recordamos el legado inagotable de una mujer de realismo aplastante, fortaleza recia y una fe que consiste en andar en verdad

A lo largo de los siglos, numerosas investigaciones, ensayos y obras literarias han buscado desentrañar el misterio de una mujer que transformó la historia de España y dejó una huella imborrable en la cultura occidental. Hoy, 15 de octubre, la Iglesia celebra la festividad de Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, conocida universalmente como santa Teresa de Jesús o santa Teresa de Ávila.

Su vigencia no es una mera cuestión de nostalgia ni de erudición histórica. Incluso los propios lectores de El Debate lo ratificaron de forma abrumadora en una encuesta lanzada por este periódico el año pasado con la participación de 3.029 personas: la reformadora abulense fue elegida como la santa española más grande de todos los tiempos. Cinco siglos después de su fallecimiento, su figura continúa cautivando por su incansable empuje y su desbordante humanidad.

Una fortaleza que no necesita hacer ruido

Fundadora de los Carmelitas Descalzos, mística sublime, escritora, consejera de reyes y primera mujer proclamada Doctora de la Iglesia, Teresa de Jesús encarna un modelo de mujer que contrasta radicalmente con los planteamientos del activismo contemporáneo, el ruido e incluso la retórica del 'feminismo oficial'. Su propuesta no se articula en torno a la reivindicación del agravio ni a la búsqueda de estructuras de poder, sino que se apoya en una profunda fortaleza interior.

Teresa fue una mujer rompedora para su tiempo, pero nunca en el sentido de reivindicadora o transgresora. Su método consistía en reparar y unir, abriendo horizontes eternos y espirituales en lugar de planteamientos puramente humanistas o ideológicos. La santa abulense no necesitó lenguajes inclusivos para entender la auténtica dignidad femenina: le bastaba lo que ella misma bautizó como una «determinada determinación».

Exigía a sus monjas que fueran «buenas, valerosas, fuertes y animosas». Reclamaba para el alma una «virilidad espiritual» —entendida en el lenguaje de su época como entereza de ánimo y firmeza ante la adversidad— capaz de dejar perplejos a sus censores de la Inquisición, quienes terminaban viendo en ella a un verdadero «varón de los muy barbados».

Su lema principal era tan sencillo como contundente: «Obras quiere el Señor». No es de extrañar que el Papa san Juan Pablo II llegara a afirmar que, entre todas las mujeres santas de la historia de la Iglesia, Teresa de Jesús fue quien respondió a Cristo con el «mayor fervor del corazón», comparando su sed espiritual con la de la Samaritana ante el agua viva.

La Teresa de carne y hueso

Esa combinación de misticismo y sentido práctico traspasó las paredes del convento para convertirse también en un hito de la cultura popular. En 1984, Televisión Española (TVE) estrenó la inolvidable serie Teresa de Jesús, dirigida por Josefina Molina e inspirada en producciones previas como la de Juan de Orduña de los años sesenta.

Protagonizada por la recordada Concha Velasco, la producción se convirtió en un auténtico fenómeno de masas. Velasco alcanzó con este papel la cumbre de su carrera actoral, confesando años más tarde la profunda huella que le dejó encarnar a la santa: «A santa Teresa la he estudiado tanto que no me importa si es santa o no. Digan lo que digan, ella tocaba de pies en el suelo». La definió incluso como una auténtica «estrella» que se levantaba el velo para enseñar la cara y convencer al mundo.

El perfil de esa Teresa «de carne y hueso» encaja a la perfección con los recientes descubrimientos científicos. El estudio anatómico dirigido por el antropólogo italiano Luigi Capasso sobre sus restos momificados ha aportado datos precisos sobre su aspecto: pelo castaño, ojos oscuros, pequeña estatura y un rostro sereno que confirma la imagen sobria y equilibrada mantenida por la tradición.

Una santidad sin adornos

Más allá de sus grandes hazañas de fundadora, la herencia de Teresa de Jesús brilla en el terreno cotidiano de la vida espiritual. Es más, la santa abulense se sitúa en las antípodas de los romanticismos evanescentes: su gran enseñanza sobre la humildad es simplemente «andar en verdad».

Para la doctora de la Iglesia, la verdadera humildad consiste en reconocer lo que somos —miseria y nada por nosotros mismos— y lo que Dios puede hacer en nosotros, que lo es todo. Lejos de las apariencias y de la necesidad de aprobación, la santa abulense inspira a aceptar el camino por el que Dios conduce a cada cual, sin quejas ni pretensiones, y tratar a los demás con afabilidad, porque «se gana más con una gota de miel que con un barril de vinagre», como bien resumía san Francisco de Sales. Una actitud que libera del afán de protagonismo y permite vivir con paz interior.

En este 15 de octubre, la lección de la reformadora del Carmelo refulge con la misma fuerza que en el siglo XVI. En un mundo acelerado y hambriento de autenticidad, la figura de Teresa de Jesús sigue recordando a la Iglesia la vigencia de sus versos más célebres: la libertad verdadera solo se alcanza cuando se comprende que al final del camino «solo Dios basta».

Santa Teresa de Jesús

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento, al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.

A Jesucristo sigue con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.

Aspira a lo celeste, que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.

Confianza y fe viva mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.

Del infierno acosado aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos, cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.