Fundado en 1910

El capuchino Jacques de Balduina

«Fregaré los platos y dormiré en el establo»: la conmovedora vida del confesor que convirtió el Parkinson en una ofrenda

Considerado «incapaz» en el noviciado y devorado por una encefalitis letárgica, el capuchino Jacques de Balduina se convirtió en el gran refugio espiritual de Udine durante la Segunda Guerra Mundial y predijo el momento de su muerte

A finales de los años veinte, en una Italia convulsa por las transformaciones políticas y el dolor del conflicto reciente, la angustia de cientos de fieles terminó convergiendo en un rincón casi invisible: el confesionario de un humilde convento capuchino en Udine. Allí, separado del mundo por una modesta reja de madera encastrada en la pared, este fraile de salud quebrantada pasaba hasta dieciséis horas diarias escuchando la miseria humana. Su nombre de cuna era Benjamín Ángel Filon, aunque la Iglesia lo recordará como el padre Jacques de Balduina, un hombre a quien sus superiores dieron por inútil para los estudios y que terminó convirtiéndose en el médico del alma de más de dos tercios del clero diocesano.

Nacido el 2 de agosto de 1900 en las tierras agrícolas del Véneto, cerca de Padua, Benjamín creció como el octavo de diez hermanos en una familia profundamente creyente. Su padre administraba los dominios del barón Hugo Treves, mientras su madre, Josefina, impregnaba el hogar de una piedad tan cotidiana como rigurosa. En aquel ambiente rural, el pequeño Benjamín no jugaba a ser soldado ni mercader: improvisaba parroquias en su casa, usando los delantales de su madre como casullas, predicando subido a las sillas y ofreciendo ficticios «matrimonios» y funerales para los animales muertos del campo.

Sin embargo, la vida cotidiana distaba de ser un idilio pastoral. Tímido, reservado y de corto entender académico, en sus desplazamientos en bicicleta hacia la escuela de Lendinara se convirtió en el blanco de las mofas de los muchachos locales. «Ahí va el conde de Padua; hagámosle la reverencia y tirémosle una piedra», le gritaron un día dos envidiosos. La piedra impactó de lleno en su cabeza. Lejos de reaccionar con ira, el muchacho perdonó en silencio y regresó a casa sangrando. Aquella incapacidad para el rencor no era debilidad, sino el primer rasgo de una arquitectura interior modelada por la frecuentación de los frailes mendicantes que su familia acogía en mesa y mantel.

El fraile que solo sabía rezar

El salto a la vida religiosa no fue un camino de rosas. Tras ser reclutado en 1918 por el 68.º Regimiento de Infantería en Milán en los tramos finales de la Primera Guerra Mundial —donde destacó por repartir su comida entre sus compañeros—, retomó su formación en el convento de Bassano del Grappa en 1922. Fue allí donde tropezó con el juicio de su maestro de novicios.

Al ver sus limitadas facultades intelectuales y su extrema timidez, el maestro le soltó sin ambajes que no servía para la vida religiosa. La respuesta de Benjamín desarmó cualquier prevención académica: «Si es verdad que no puedo ser religioso, tenga un poco más de paciencia y caridad conmigo; fregaré los platos y dormiré en el establo si no hay sitio para mí en el convento». Asombrado ante semejante humildad, el superior permitió su profesión, aunque no dudó en comentarle a la madre del joven: «Señora, no le esconderé que su hijo me deja perplejo, pues no sabe hacer otra cosa que rezar».

Aprobados los votos solemnes en 1926, el joven fraile fue enviado a estudiar Teología a Venecia, donde contra todo pronóstico obtuvo calificaciones notables. Pero en el curso 1927-1928, cuando se vislumbraba la ordenación sacerdotal, su cuerpo colapsó. Una rigidez implacable agarrotó sus miembros; caminaba a pasos cortos y precipitados, la lengua se le trababa con el calor y el insomnio lo consumía. En mayo de 1928 llegó el veredicto médico: padecía un síndrome parkinsoniano postencefalítico, derivado de la epidemia de encefalitis letárgica que azotó Europa en aquellos años.

La enfermedad convertida en ofrenda

Cualquier otra persona se habría hundido, pero Jacques de Balduina tenía un secreto. Años atrás había firmado una «ofrenda como alma víctima» a Dios por la santificación de los sacerdotes y por las almas del Purgatorio. Cuando un seminarista le expresó años más tarde su compasión por la enfermedad, el fraile le confesó serenamente: «Yo no puedo esperar mejora alguna. Me he ofrecido como víctima a Dios por la santificación de los sacerdotes. Dios ha aceptado mi ofrenda y ha convertido la encefalitis letárgica en el medio mejor adaptado para realizar mi ideal».

Sensible a su profunda vida espiritual, el venerable Pedro La Fontaine, patriarca de Venecia, lo ordenó sacerdote el 21 de julio de 1929. Tenía 28 años y una salud sentenciada.

Destinado finalmente al convento de Udine, los superiores acondicionaron para él una pequeña habitación donde no tuviera que desplazarse. Durante dieciséis años, aquella celda se convirtió en el gran pulmón de reconciliación de la región del Friul. Campesinos, obreros, fieles devotos y la gran mayoría del clero local —incluidos obispos— acudían a la reja del padre Jacques.

Incluso en los momentos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, cuando las alarmas antiaéreas aterrorizaban la ciudad, el fraile rechazaba el pánico de una manera singular: como apenas podía correr hacia los refugios subterráneos, se arrastraba hasta la capilla y se abrazaba al sagrario, donde encontraba la calma. «Soportarlo todo por amor a Jesús», se repetía como lema personal.

El último viaje

Pese al constante dolor de cabeza y a la falta de la escopolamina —el fármaco que atenuaba sus temblores y que la guerra volvió imposible de conseguir—, jamás transmitió amargura. Para evitar caras largas a su alrededor, guardaba los dulces y botellas que le regalaban los penitentes para compartirlos alegremente con los demás frailes y visitantes.

Cuando experimentaba la ingratitud o el abandono, rezaba una plegaria que retrata a la perfección la desnudez de su fe: «Señor, las criaturas que he amado por amor a ti me han abandonado, pero mi felicidad no ha cambiado por ello, porque eres el único, Señor, que no me abandonará».

En 1941, tras una intensa oración por sus padres difuntos, el padre Jacques desveló a su hermana Césira en una carta que había escuchado una voz interior anunciándole que su «exilio» en la tierra acabaría pronto. Desde entonces, hablaba de su propia muerte no con temor, sino con una desbordante e inusual alegría.

En el verano de 1948, con el cuerpo absolutamente devastado por la enfermedad, pidió un permiso insólito a sus superiores: viajar en peregrinación a Lourdes. Ante la dudosa mirada del provincial por el riesgo del trayecto, el fraile zanjó la cuestión con una sonrisa radiante y una profecía: «Voy a Lourdes, pero no regresaré».

El 20 de julio de 1948 subió al tren de enfermos. Tras un extenuante viaje de 35 horas, llegó a la villa pirenaica. Exhausto, sin poder siquiera acercarse a las piscinas del santuario, pidió rezar el rosario en su habitación. A las once de la noche del 21 de julio de 1948, tras entonar el Magnificat, entregó su alma a Dios. Tenía 48 años y se cumplía, al minuto, el decimonoveno aniversario exacto de su ordenación sacerdotal.

Inhumado en el cementerio de Lourdes, su tumba se convirtió de inmediato en un reguero de flores frescas y exvotos. En 1977 se abrió su causa de beatificación, equiparando su figura a la de su contemporáneo san Leopoldo Mandic: dos hombres frágiles y diminutos que, desde la penumbra de un confesionario, sostuvieron la fe de toda una época.