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El misionero gaditano Pedro Manuel Salado

El misionero gaditano que murió salvando a siete niños, más cerca de los altares

El Vaticano ha reconocido la «oferta de vida» de este laico del Hogar de Nazaret, fallecido en 2012 en una playa ecuatoriana

Roma ha dado un paso decisivo en el camino hacia los altares de un hombre que, en palabras de quienes le conocieron, «pasó por la vida sin hacer ruido». El Papa León XIV ha autorizado este lunes el decreto que reconoce la «oferta de la vida» de Pedro Manuel Salado de Alba, laico español nacido en Chiclana de la Frontera (Cádiz), quien falleció tras rescatar a siete niños de morir ahogados en Ecuador.

Esta figura jurídica, establecida mediante el motu proprio Maiorem hac dilectionem, permite abrir procesos de beatificación para aquellos que, impulsados por la caridad, ofrecen heroicamente su vida aceptando una muerte «cierta y prematura». Con este reconocimiento, el misionero gaditano se sitúa a las puertas de la beatificación, para la cual se requerirá ahora la aprobación de un milagro atribuido a su intercesión.

El día que el mar se llevó al hermano Pedro

Los hechos que han llevado a Pedro Manuel a este reconocimiento ocurrieron el domingo 5 de febrero de 2012. Aquel día, la comunidad del Hogar de Nazaret se encontraba con un grupo de niños acogidos en una playa cercana a su misión en Esmeraldas. De forma repentina, un remolino arrastró mar adentro a siete de los pequeños.

Pese al profundo respeto que le tenía al mar, Salado de Alba no dudó: «Tengo que salvar a mis niños», afirmó antes de lanzarse al agua. En un esfuerzo extenuante, logró rescatar a los siete menores, sacando fuerzas de donde no las tenía para salvar a los dos últimos, Selena y Alberto, cuando una ola volvió a arrebatárselos. Tras entregar al último niño al socorrista, el misionero falleció exhausto en la orilla. El entonces obispo de Esmeraldas, monseñor Eugenio Arellano, sentenció que el hermano Pedro «murió como vivió»: entregado a Dios y a la infancia más vulnerable.

«El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí»

Nacido en 1968 en una familia numerosa de Cádiz, Pedro Manuel fue un joven apasionado de la electrónica que encontró su vocación en la familia eclesial Hogar de Nazaret, fundada en Córdoba por María del Prado Almagro. Tras realizar su noviciado en Córdoba y dirigir uno de los hogares locales, en 1999 fue destinado a la ciudad de Quinindé, en Ecuador.

Allí, el hermano Pedro destacó por su abnegación al frente de la escuela Santa María de Nazaret, que acogía a más de 500 alumnos de familias con escasos recursos. Quienes convivieron con él recuerdan su humildad y su vivencia radical de la pobreza. En 2003, durante una visita a España, se le preguntó si unas zapatillas de deporte le quedaban bien, a lo que respondió con sencillez: «Sí, tengo pie de pobre».

Huyendo de cargos, en 2008 pidió dejar la dirección de la escuela para centrarse exclusivamente en la docencia y en el cuidado directo de los niños del Hogar. Dedicaba su tiempo a sus estudios, juegos y catequesis, viviendo con ojos de fe el carisma de su institución: «El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí».

La apertura de su causa de beatificación, que tuvo lugar en la Catedral de Córdoba en 2018, recibe hoy este impulso definitivo desde Roma. Para la Familia del Hogar de Nazaret, el reconocimiento del Papa es una confirmación de que Pedro Manuel llevó su consagración «hasta las últimas consecuencias», convirtiendo su muerte en el fruto del grano de trigo que cae en tierra.