Ana Ibáñez, en un momento de la entrevista
Ana Ibáñez: «Si quiero tener fuerza en los brazos, los entreno. A nivel cerebral ocurre lo mismo»
La neurocientífica explica, en su nuevo libro, las claves para reprogramar el cerebro
Ana Ibáñez se ha consolidado como una de las figuras más destacadas de la neurociencia en España. Su trayectoria profesional la sitúa como una voz de referencia en un campo que, en los últimos años, ha despertado un creciente interés tanto en el ámbito científico como en la vida cotidiana. A través de su trabajo, Ibáñez ha contribuido a acercar el conocimiento del cerebro al público general, poniendo el foco en cómo los procesos neuronales influyen de manera directa en la conducta, los hábitos y la calidad de vida.
Tras el éxito de Sorprende a tu mente, la autora vuelve a las librerías con Neurociencia para la vida real (Ed. Planeta). En esta obra, profundiza en la comprensión de los mecanismos que rigen el funcionamiento del cerebro, con especial atención a la manera en que se configuran y modifican los patrones neuronales. Se trata de un enfoque que no se limita a la teoría, sino que busca ofrecer herramientas aplicables al día a día, en línea con una tendencia creciente de divulgación científica orientada a la práctica. En una entrevista a El Debate, la neurocientífica española, explica, entre otras cuestiones, las claves para reprogramar el cerebro para conseguir los objetivos o qué diferencia hay a nivel cerebral entre un amor sano y uno tóxico.
–En el libro afirmas que el cerebro puede reprogramarse para mejorar nuestro bienestar. ¿Cómo podemos hacer esto en el día a día?
–Nuestro cerebro tiene una capacidad maravillosa: puede programarse en función de lo que ha vivido. Genera asociaciones automáticas del tipo 'si hago esto, ocurre esto'. Un ejemplo sencillo: si pongo la mano en el fuego y me quemo, ya no lo vuelvo a hacer porque sé lo que pasa.
A veces no somos conscientes de que lo que somos es el resultado de una programación: la genética, lo que hemos vivido y lo que hemos experimentado. Pero esa programación podría ser distinta. Saber esto es clave, porque permite cambiar automatizaciones, enlaces y caminos neuronales que el cerebro ha creado.
De eso trata la neurociencia aplicada: de transformar actividades automáticas en nuevas formas de actuar. El libro aborda precisamente cómo reprogramar aquello que el cerebro ya ha dado por sentado, pero que decidimos cambiar. Aprender un idioma es un buen ejemplo: supone crear nuevas «autopistas» cerebrales para comunicarnos de otra manera.
Hablamos un idioma que hemos aprendido desde el nacimiento, y nuestro cerebro queda «programado» con él. Aprender un nuevo idioma implica reprogramarlo, de modo que en sus circuitos no exista solo una forma de comunicarnos, sino varias. En realidad, cualquier habilidad que adquirimos es una forma de programación: aprender algo nuevo implica crear nuevos patrones en el cerebro. Lo importante es llevar esa capacidad a nuestro día a día para mejorar distintos aspectos de nuestra vida. Más allá de aprender un idioma o conducir –que también son ejemplos de nuevas programaciones cerebrales–, podemos influir directamente en cómo nos sentimos, cómo nos percibimos, en nuestra autoestima o en nuestra capacidad de concentración.
Traer esa programación para mejorar nuestro día a día es lo que a mí me importa, porque más allá de hablar un idioma o de aprender a conducir, que son programaciones nuevas cerebrales, podemos influir directamente en aspectos como cómo es mi estado de ánimo, cómo me percibo, cómo es mi autoestima, cómo me concentro. Actividades que consideramos difíciles pero que con la programación adecuada, sí somos capaces de realizar. Ahí es donde cobra sentido la neurociencia aplicada: en abrir la puerta a este proceso de reprogramación para potenciar nuestro bienestar y desarrollo personal.
Ana Ibáñez
–Y cuando alguien quiere lograr algo, ¿Cómo explicar que puede conseguirlo?
–Cambiar aspectos personales implica cambiar el funcionamiento del cerebro. Hay distintas formas de hacerlo. En mi caso, trabajo entrenando el cerebro como si fuera un gimnasio.
La analogía es clara: si quiero tener más fuerza en los brazos, tengo que entrenarlos. A nivel cerebral ocurre lo mismo. Yo puedo leer las frecuencias cerebrales colocando unos electrodos –sensores que leen la actividad– y puedo hacer que esa actividad mejore, entrenarle en esa actividad.
Por ejemplo, si alguien duerme mal, analizamos sus frecuencias cerebrales relacionadas con el sueño (las delta) y las entrenamos. Esto es aplicable tanto a niños como a adultos.
Si alguien duerme mal, analizamos sus frecuencias cerebrales relacionadas con el sueño y las entrenamos
Además, en el día a día también reprogramamos con nuestras acciones y pensamientos. Cuando queremos lograr un objetivo, el primer paso es que el cerebro empiece a cambiar. Y para eso es fundamental el compromiso: querer hacerlo de verdad. Si no hay un deseo real, el cambio es mucho más difícil.
El libro trata precisamente de eso: cómo aplicar ejercicios concretos en ámbitos como el sueño, la concentración o las emociones. Pero todo empieza por la voluntad.
–¿Qué papel juegan los neurotransmisores, como la dopamina, en el control emocional?
–Los neurotransmisores son fundamentales porque activan nuestro sistema nervioso. La dopamina, por ejemplo, está relacionada con la motivación: anticipa una recompensa y nos impulsa a actuar.
Sin embargo, aunque son muy conocidos, lo importante es entender qué los activa: la electricidad cerebral. Es el nivel de activación eléctrica lo que provoca la liberación de neurotransmisores.
Por ejemplo, la dopamina se genera cuando hay determinadas combinaciones de frecuencias cerebrales, como beta altas y alfa. El cortisol, relacionado con el estrés, aparece cuando el sistema está hiperactivado en frecuencias beta.
Por tanto, los neurotransmisores influyen en cómo nos sentimos, pero el origen está en la actividad eléctrica del cerebro.
–¿Y eso se puede medir?
–Sí, claro. Ese es precisamente mi trabajo: leer la actividad cerebral mediante electrodos para analizar el nivel de activación y el funcionamiento de las distintas áreas del cerebro.
–¿Es especialmente útil, por ejemplo, en casos de depresión?
Por supuesto. Cualquier persona puede entrenar su cerebro, igual que puede hacer ejercicio físico. Pero en casos como depresión, insomnio, déficit de atención, bloqueos emocionales o impulsividad, este entrenamiento es especialmente relevante.
Todas estas situaciones están relacionadas con patrones de activación cerebral. Podemos medir las frecuencias y entrenarlas para mejorar esos estados. Trabajamos con miles de casos y desarrollamos investigación activa sobre cómo optimizar estos procesos de entrenamiento cerebral.
–Hoy en día todos hablamos de estrés. ¿Cómo diferenciamos el estrés positivo del negativo?
–El estrés es necesario. Nos permite salir de lo conocido y crecer. Sin cierto nivel de exigencia, el sistema no evoluciona. El estrés positivo es aquel que nos regenera sin agotarnos. Para que sea así, deben cumplirse dos condiciones: Primero, debe tener un objetivo claro y con sentido para nosotros. Segundo, debe ser limitado en el tiempo.
El estrés positivo es aquel que nos regenera sin agotarnos
Si el esfuerzo se prolonga demasiado, el sistema no puede recuperarse y aparece el desgaste. En cambio, un estrés bien gestionado mejora incluso la salud cardiovascular y aumenta la resiliencia.
–En el caso del TDAH, ¿cómo podemos reinterpretarlo de forma más positiva?
–Es un tema muy importante. Muchas personas con TDAH tienen grandes capacidades. Más que un déficit de atención, yo lo llamaría dificultad para mantener la atención. Son cerebros con una gran sensibilidad y capacidad de percepción. Reciben mucha información, lo que puede generar saturación y dificultad para concentrarse en una sola cosa.
Por eso, además de comprenderlo, recomiendo el entrenamiento cerebral. Se trata de calmar ciertas frecuencias y potenciar otras relacionadas con la concentración, ayudando a desarrollar esa capacidad.
Ana Ibáñez, en un momento de la entrevista
–También hablas en el libro del amor. ¿Qué diferencias hay a nivel cerebral entre un amor sano y uno tóxico?
–El amor sano se siente como expansión. A nivel cerebral, hay un buen equilibrio entre el sistema emocional y el racional. Te permite sentir intensamente sin perder claridad.
En cambio, el amor insano genera conflicto: hay una activación excesiva del sistema emocional y una disminución del control racional. Se vive como una lucha interna.
El amor sano te hace sentir bien contigo mismo. El insano genera alerta constante y afecta a la autoestima.
–Si tuvieras que elegir un solo hábito para mejorar el sueño, ¿cuál sería?
–Crear «atardeceres domésticos». Es decir, generar un ambiente que ayude al cerebro a desconectar. Esto incluye luz cálida y tenue, música tranquila y actividades que no impliquen control, sino dejarse llevar. El objetivo es activar frecuencias como alfa, theta y delta, que favorecen el descanso.
También hay ejercicios concretos, como mover los ojos de izquierda a derecha durante unos segundos con los ojos cerrados. Este movimiento ayuda a relajar el cerebro y facilita la transición hacia el sueño.