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La creatina no solo fortalece los músculos, también puede beneficiar al cerebro

La creatina se ha consolidado como uno de los suplementos más utilizados en el ámbito deportivo, especialmente entre quienes buscan mejorar su rendimiento físico. Sin embargo, su papel en el organismo va más allá del gimnasio y continúa siendo objeto de estudio por parte de la comunidad científica.

Un análisis del investigador farmacéutico Mehdi Boroujerdi, recogido en el Manual de Cinética In Vivo de la Creatina y la Creatinina, revisa en profundidad el funcionamiento de este compuesto y sus posibles aplicaciones.

La creatina es una sustancia que el propio organismo produce de forma natural en el hígado, los riñones y el páncreas a partir de aminoácidos. Posteriormente, se transporta a través del torrente sanguíneo hasta los tejidos, principalmente el músculo esquelético, donde se almacena en gran proporción.

Una vez en las células, se transforma en fosfocreatina, un compuesto fundamental para la regeneración del trifosfato de adenosina (ATP), la principal fuente de energía del cuerpo. Este proceso resulta esencial en tejidos con altas demandas energéticas, como los músculos, el corazón o el cerebro.

De ahí su interés en el ámbito deportivo: la capacidad de regenerar rápidamente el ATP permite mejorar el rendimiento en actividades de alta intensidad y corta duración.

El experto subraya, además, que la creatina no debe confundirse con los esteroides: «Su función es aportar energía para la contracción muscular; no es un sustituto de estas sustancias», aclara.

Rendimiento físico y función cognitiva

El monohidrato de creatina es la forma más estudiada y utilizada como suplemento. Numerosos trabajos han demostrado que incrementa las reservas musculares de creatina y fosfocreatina, lo que se traduce en una mejora del rendimiento en ejercicios explosivos, como los sprints, y en una mayor capacidad de entrenamiento.

Más allá del ámbito físico, algunas investigaciones apuntan a beneficios en la función cognitiva, como la memoria, el estado de ánimo o la velocidad de procesamiento, especialmente en personas con niveles bajos de creatina, como los adultos mayores.

Además, existe un creciente interés en sus posibles aplicaciones terapéuticas en enfermedades como el párkinson, la depresión o la pérdida de masa muscular asociada al envejecimiento, aunque los expertos advierten de que aún se necesitan más estudios para confirmar estos efectos.

Cómo se toma y qué factores influyen

El protocolo más habitual de suplementación incluye una fase inicial de carga —unos 20 gramos diarios durante una semana— seguida de una dosis de mantenimiento de entre 3 y 5 gramos al día. No obstante, dosis más bajas mantenidas en el tiempo pueden lograr resultados similares.

La absorción de la creatina no es total y depende de factores como la fisiología individual o la estabilidad digestiva. Algunos estudios indican que su consumo junto con hidratos de carbono puede mejorar su asimilación.

Asimismo, variables como el sexo, la edad o el tipo de dieta influyen en sus efectos. Por ejemplo, personas con menor masa muscular o dietas bajas en creatina —como vegetarianos o veganos— podrían experimentar beneficios más notorios.

Un suplemento eficaz, pero no milagroso

Pese a su amplia base científica y su perfil de seguridad en personas sanas, los especialistas insisten en que la creatina no es una solución por sí sola. No sustituye al entrenamiento ni a una alimentación adecuada, y su efecto tiene un límite: una vez saturadas las reservas musculares, el exceso se elimina sin aportar beneficios adicionales.

En cuanto a los posibles efectos adversos, como el daño renal, la evidencia actual los descarta en individuos sanos, aunque se recomienda precaución en personas con patologías previas.

En definitiva, la creatina se mantiene como uno de los suplementos más estudiados y con mayor respaldo científico, con un potencial que va más allá del rendimiento deportivo. No obstante, su uso debe basarse en información rigurosa y adaptarse a las características de cada persona.