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16 de junio de 2024

Un murciélago cuelga de una rama

La investigación descubre que cuando los murciélagos sufren la escasez de alimentos en sus entornos naturales, sus poblaciones excretan más virus.Pxhere

El consejo de los investigadores para prevenir la próxima pandemia

Un estudio demuestra que la restauración de los hábitats de la fauna salvaje es clave en la propagación de virus

Con una pandemia que todavía no terminamos de eliminar de nuestras vidas, el temor a vivir a una nueva se apodera de todos. Aunque sea complicado adelantarse a los acontecimientos, los investigadores trabajan para evitar que se produzca la siguiente.

Un equipo de científicos publica ahora dos nuevos estudios complementarios en la revista Nature que exponen que preservar y restaurar los hábitats naturales podría evitar que los patógenos que se originan en la fauna silvestre pasen a los animales domésticos y a los seres humanos.

El estudio combina múltiples conjuntos de datos durante 25 años que incluyen información sobre el comportamiento, la distribución, la reproducción y la disponibilidad de alimentos de los murciélagos, junto con registros del clima, la pérdida de hábitat y las condiciones ambientales.

La investigación descubre que cuando los murciélagos sufren la pérdida de su hábitat invernal y la escasez de alimentos en sus entornos naturales, sus poblaciones se dividen y excretan más virus. Cuando las poblaciones se fragmentan, los murciélagos se desplazan cerca de los humanos a zonas agrícolas y urbanas, lo que puede producir el contagio.

Por el contrario, cuando el alimento era abundante en sus hábitats durante los meses de invierno, los murciélagos se vaciaban de las zonas agrícolas para alimentarse en los bosques nativos, lejos de las comunidades humanas.

Ejemplos pasados

El el SARS-CoV-1, el coronavirus, el Nipah, el Hendra y posiblemente el Ébola son ejemplos de virus que se propagan fatalmente de los murciélagos a los humanos, a veces tras su transmisión a través de un huésped intermedio. En humanos, el virus Hendra tiene una tasa de mortalidad del 57 %, y el virus nipah puede ser mortal hasta el 100 %, aunque la transmisión en humanos es ineficiente.

«En este momento, el mundo está centrado en cómo podemos detener la próxima pandemia –recuerda Raina Plowright, profesora del Departamento de Salud Pública y Ecosistemas de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), y autora principal de ambos estudios–. Desgraciadamente, preservar o restaurar la naturaleza rara vez forma parte del debate. Esperamos que este trabajo ponga la prevención y las soluciones basadas en la naturaleza en el primer plano de la conversación».

Estudio con murciélagos

La escasez de alimento para los murciélagos ha sido causada en su mayoría por el hombre, al destruir los hábitats forestales para la construcción de granjas y el desarrollo urbano. Esto ha dejado pocos bosques que producen néctar para estos mamíferos en invierno. Las condiciones climáticas, como el fenómeno de El Niño, que causa altas temperaturas en el Océano Pacífico, también han influido en esta falta de nutriente.

Cuando se estresaban por la falta de alimento, pocos murciélagos criaban con éxito a sus descendientes. Según el artículo de Ecology Letters, también expulsaron virus, posiblemente porque necesitaban conservar energía dirigiéndola lejos de sus sistemas inmunitarios. Además, los murciélagos que se habían trasladado a nuevos hábitats invernales, como las zonas agrícolas, eliminaron más virus que los murciélagos de los hábitats invernales tradicionales.

En las zonas agrícolas, los patógenos pueden propagarse cuando la orina y las heces caen al suelo donde pastan los caballos, lo que provoca infecciones por el virus de Hendra. Los caballos, además, actúan como intermediarios y ocasionalmente transmiten el virus a las personas.

Desde 2003, los investigadores han observado una disminución gradual de los grandes dormideros nómadas en favor de otros más pequeños en zonas agrícolas y urbanas, lo que supone un aumento de cinco veces en el periodo de estudio. Los murciélagos regresan con menos frecuencia y en mayor número a sus hábitats nativos, cada vez más reducidos. Esto podría deberse a que los bosques que proporcionan néctar en invierno han sido ampliamente talados.

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