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La naturaleza del carnaval y su finalidad es reivindicativa, consistía en poner, al menos por un tiempo, todo patas arriba. ¿En dónde, pues, está el carnaval? ¿No será el carnaval tal como se celebra un pretexto, la ocasión para mostrar la indefensión de la naturaleza de las cosas a base de construir un refugio altamente sofisticado para el carnaval? Y así «se salva lo que se secuestra». Los constructores de los modernos carnavales, tal vez sin pretenderlo, controlan su salvaje y caótica naturaleza. La construcción artificial del carnaval tiene lugar a expensas de ocultar su propia naturaleza convirtiéndola en algo parecido a los animales salvajes encerrados en un zoológico, de un jardín salvaje en el interior de una ciudad: un cadáver vegetal. El carnaval actual es la plasmación de las propias sensaciones y de los sentimientos humanos como si no fuese un plexo de materiales dúctiles soportes del deseo, del dolor y la esperanza.

El carnaval ha sufrido una mercantilización absoluta de lo que pretende preservar convirtiéndolo en una falta reproducción de lo que es de lo que fue y de lo que debería ser. La domesticación del carnaval es parecida y casi paralela al intento de humanización, y transformación genética de los animales de las mascotas. No hay domesticación sin sacralización ni domesticación sin socialización. Los carnavales modernos son una espectacularización al máximo grado de ciertos momentos de unos determinados días del año. El carnaval, ha sido transformado: u producto transgénico de acuerdo a las necesidades y conveniencias del gestor, para que el pueblo siga disfrutándolo sin que suponga un problema para el poder.

Aun así, corriendo el peligro de banalizarlo todo, el carnaval cumple la función de la puesta a punto de la sociedad integrándose en la apariencia. Introduce a sus adeptos en un mundo fantástico, de ilusión, (en términos de hoy:) virtual, húmedo y subterráneo como si se tratara de la vuelta a útero maternal que da rienda suelta a los sueños prohibidos del reprimido ciudadano cuyos resultados no va mucho más allá de un día, una tarde o, tal vez, una noche «no palleiro» pero conservando siempre el sentido de extrañeza controlada y la nostalgia de la rebelión de las máquinas contra los maquinistas y de los ladrones detrás de la policía. Por muy devaluado que esté el concepto de libertad le sería difícil y casi imposible al poder defenderlo si no admite el carnaval símbolo de la libertad.

El carnaval es la celebración de la libertad de la que disfrutan los seres que vuelven del otro mundo, la verdadera libertad del pueblo. El carnaval de hoy es un sucedáneo del auténtico carnaval. La gente llega a olvidar por completo el origen del carnaval, y su carácter de extrañeza y exotismo propio de todo hecho diferente. Transgredirlo todo para que todo siga igual. «Juegos de un dios menor al servicio del espectáculo».