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Cigarro encendido en la mano

No todas las exposiciones son equivalentes ni tienen el mismo impactoSOPHONNAWIT

Un estudio desmonta el alarmismo del fumador pasivo y señala el humo del cigarro como el gran culpable

El Departamento de Química Analítica de la Universidad de Valencia ha demostrado que el humo del cigarrillo contamina mucho más el aire que el vapor del cigarrillo electrónico y el aerosol del tabaco calentado

El auge del vapeo ha reabierto el debate sanitario, con voces que alertan de sus riesgos y su impacto en quienes rodean al usuario. En una reciente jornada celebrada en Córdoba, la presidenta de la Asociación Española Contra el Cáncer en la provincia, María Auxiliadora Cabanás, advertía de que estos dispositivos «contienen toxinas… y afectan a los que están alrededor», además de quejarse del «humo digitalizado».

Sin embargo, la evidencia científica disponible introduce un matiz clave que rara vez se traslada al debate público: no todas las exposiciones son equivalentes ni tienen el mismo impacto. Diversos estudios sobre calidad del aire realizados por el Departamento de Química Analítica de la Universitat de València muestran que el aerosol del vapeo genera concentraciones muy inferiores de sustancias nocivas en comparación con el humo del cigarrillo convencional. En espacios cerrados, el vapeo produce hasta tres veces menos partículas que el humo, y la exposición pasiva a la nicotina es significativamente menor, hasta siete veces inferior según análisis experimentales.

Miguel de la Guardia, catedrático de Química Analítica de la Universidad de Valencia explica que: «No es lo mismo vapear que fumar, quemar materia orgánica no es lo mismo que calentarla o producir un vapor a partir de una disolución» y añade que «los estudios muestran que estos productos de riesgo reducido exponen a los no fumadores a niveles mucho menores de tóxicos, y en algunos casos, a niveles indetectables».

Estos datos no implican ausencia de riesgo, pero sí apuntan a una diferencia sustancial en magnitud. La propia literatura científica distingue entre el humo de combustión —resultado de quemar tabaco— y el aerosol que generan los dispositivos electrónicos, una diferencia que resulta determinante para entender los niveles de exposición ambiental.

En esta línea, organismos sanitarios internacionales como el sistema de salud público del Reino Unido (NHS) han insistido en diferenciar ambos fenómenos. En su propia web, el NHS señala que vapear no implica inhalar humo y desmonta mitos extendidos, subrayando que el vapeo es sustancialmente menos perjudicial que fumar, aunque no esté exento de riesgos (según su posicionamiento oficial). Este enfoque ha llevado al Reino Unido a incorporar el vapeo como herramienta dentro de estrategias de cesación tabáquica, siempre bajo supervisión y enfocado exclusivamente en fumadores adultos.

El NHS señala que vapear no implica inhalar humo y desmonta mitos extendidos

El contraste es relevante en un contexto en el que el principal problema de salud pública sigue siendo el tabaquismo. La combustión del cigarrillo es responsable de la inmensa mayoría de las sustancias tóxicas y cancerígenas asociadas al consumo de tabaco, y continúa siendo la principal causa evitable de enfermedad y muerte. De ahí que numerosos expertos coincidan en que la prioridad sigue siendo reducir el número de fumadores y evitar la iniciación, especialmente entre los más jóvenes.

El debate, por tanto, no es tanto si el vapeo tiene impacto —la evidencia indica que existe cierta exposición pasiva—, sino en qué medida y cómo debe contextualizarse frente al daño probado del tabaco combustible. Equiparar ambos fenómenos sin matices puede dificultar la comprensión del riesgo real y desdibujar el objetivo principal de las políticas de salud pública: avanzar hacia el fin del consumo de cigarrillos y por consiguiente acabar con graves enfermedades como el cáncer, objetivo que deberían buscar los estados y las asociaciones que luchan contra esta enfermedad.

No podemos prohibir el tabaco de manera absoluta, pero sí debemos educar y ofrecer puertas de salidaMiguel de la GuardiaCatedrático de Química Analítica de la Universidad de Valencia

En este escenario, la información rigurosa y basada en evidencia se vuelve clave. «No podemos prohibir el tabaco de manera absoluta, pero sí debemos educar y ofrecer puertas de salida», explica De la Guardia. Reconocer los riesgos del vapeo, especialmente en menores y en un país como España que no tiene regulada su venta de canales y cualquier menor lo tiene fácilmente a su alcance, es compatible con trasladar que no todos los productos tienen el mismo impacto sanitario. Un enfoque que diferencie claramente entre combustión y alternativas sin humo puede contribuir a un debate más informado, centrado en lo que la ciencia ha demostrado de forma consistente durante décadas: que el mayor enemigo para la salud sigue siendo el cigarrillo.

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