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Borja Castillo

Lo que los cuidados paliativos pueden enseñar a la inteligencia artificial

Los cuidados paliativos nos recuerdan cada día que el acompañamiento auténtico implica a todas las personas y a sus sentimientos. Y precisamente porque vivimos una época tecnológica, quizá debamos proteger más que nunca esos espacios profundamente humanos

En las últimas semanas he dedicado parte de mi tiempo a leer y estudiar la reciente encíclica sobre inteligencia artificial. Como a tantas personas, me interesaba comprender qué reflexión proponía la Iglesia –con la reciente publicación de «Magnifica humanitas»– ante una tecnología llamada a transformar profundamente nuestras vidas. También he procurado complementar esa lectura con análisis de expertos, tecnólogos y pensadores que intentan anticipar los retos éticos y humanos que ya empiezan a aparecer.

Mientras leía, no podía evitar trasladar muchas de estas reflexiones al ámbito al que hoy dedico mi vida: los cuidados paliativos y el acompañamiento a personas en situación de enfermedad avanzada o final de vida. Por ejemplo: ¿y si los cuidados paliativos tuvieran algo importante que enseñar a la inteligencia artificial?

Vivimos un momento fascinante. La inteligencia artificial es capaz de realizar tareas que hace apenas unos años parecían ciencia ficción. Diagnostica enfermedades, genera textos, interpreta imágenes, traduce idiomas y procesa información a una velocidad inimaginable. Todo ello abre oportunidades extraordinarias para aliviar sufrimiento, mejorar la atención sanitaria y ampliar nuestras capacidades. Sin embargo, junto a las oportunidades aparecen también preguntas más profundas.

La encíclica recupera una imagen bíblica muy sugerente: la Torre de Babel. Tradicionalmente, se ha interpretado como una advertencia contra la soberbia humana. No contra la construcción ni contra el progreso, sino contra la tentación de creer que la técnica puede ocupar el lugar de aquello que da sentido a la vida.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a hacer algo mejor: calcular, expresar, buscar información. Pero no puede asumir la responsabilidad moral de nuestras decisiones ni sustituir nuestra consciencia.

Quienes nos dedicamos a los cuidados paliativos sabemos que los momentos más importantes de la vida rara vez son problemas técnicos. En el final de la vida no suele faltar información. Lo que muchas veces falta es saber cómo acompañar, cómo afrontar una pérdida y cómo reconciliarse y encontrar un sentido en medio de la fragilidad.

Existe un segundo riesgo que me preocupa especialmente: acostumbrarnos a estar solos. La inteligencia artificial puede conversar durante horas con una persona sola, ser amable, recordar detalles y generar la sensación de estar siendo escuchados. Pero una cosa es la interacción y otra muy distinta la relación. Una máquina puede simular acompañamiento. No puede amar.

No puede coger una mano temblorosa. No puede permanecer junto a una cama por compasión. No puede experimentar la vulnerabilidad compartida que surge cuando un ser humano cuida de otro.

Los cuidados paliativos nos recuerdan cada día que el acompañamiento auténtico implica a todas las personas y a sus sentimientos. Y precisamente porque vivimos una época tecnológica, quizá debamos proteger más que nunca esos espacios profundamente humanos.

También existe el riesgo de olvidar que una persona es siempre mucho más que una estadística, un grupo de datos. Un ser humano tiene una Dignidad intrínseca por sí mismo, insustituible.

Los que nos dedicamos a los cuidados paliativos aprendemos muy pronto que dos pacientes con el mismo diagnóstico pueden necesitar cosas completamente distintas. Porque antes que pacientes son personas. Personas con una historia, unos vínculos, unos miedos, unas esperanzas y una dignidad que no puede medirse mediante algoritmos.

Por último, me gustaría recordar que los cuidados paliativos nos enseñan que cuando ya no es posible curar, sigue siendo posible cuidar. Que cuando no podemos añadir más días a la vida, todavía podemos añadir más vida a los días. Y que la dignidad humana no desaparece cuando aparecen la dependencia o la enfermedad.

Frente a la imagen de Babel, la tradición bíblica propone otra imagen distinta: la reconstrucción de Jerusalén, una comunidad construida en torno al encuentro, la relación y el cuidado mutuo. Comunidades Compasivas.

La gran oportunidad de nuestra época no consiste únicamente en enseñar inteligencia a las máquinas. Consiste también en recordar qué cualidades humanas merecen ser protegidas y cultivadas.

Porque la inteligencia artificial puede aprender muchas cosas de nosotros. Pero nosotros no deberíamos olvidar aquello que ninguna inteligencia artificial podrá sustituir jamás: la capacidad de discernir, de compadecernos, de cuidarnos unos a otros y de amar.

  • Borja Castillo es fundador y director de la Fundación Dignia
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