Una adolescente observa a una influencer en su móvil
Las redes impulsan un boicot a los 'influencers' por falta de credibilidad y publicidad encubierta
El marketing de creadores de contenido movió cerca de 400 millones de euros en España el pasado año y se estima que cerca de 10.000 personas reciben pagos por publicar contenido publicitario en sus redes
¿Están acabados los influencers? Nada más lejos de la realidad, pero algo está cambiando en las redes sociales españolas. Este verano, las polémicas protagonizadas por algunos de los creadores de contenido más populares han alimentado un movimiento bautizado como «la caída de los influencers», una tendencia en la que miles de usuarios han expresado su hartazgo y han llamado al boicot contra determinados perfiles.
Basta con buscar esta expresión en TikTok o Instagram para encontrar cientos de vídeos que acumulan millones de visualizaciones. Las principales críticas apuntan a la excesiva presencia de publicidad, la promoción de productos como si fueran recomendaciones personales, las opiniones sobre asuntos que desconocen y, sobre todo, la exhibición de un estilo de vida cada vez más alejado del de sus seguidores.
Cuando la vida privada se convierte en negocio
«La audiencia pierde la percepción de horizontalidad», explica a Efe la socióloga Paulina Valencia. A su juicio, buena parte del éxito de los influencers se construyó sobre la identificación: los usuarios seguían a personas que percibían como cercanas y con las que podían sentirse representados. Pero esa relación se resquebraja cuando el creador deja de mostrar una vida cotidiana y convierte prácticamente toda su intimidad en un escaparate comercial.
El negocio, además, no ha dejado de crecer. El marketing de influencers movió alrededor de 400 millones de euros en España el pasado año y se estima que cerca de 10.000 personas reciben pagos por publicar contenido publicitario en sus redes. Un perfil con 600.000 seguidores puede llegar a cobrar unos 6.000 euros por un vídeo en Instagram, mientras que los creadores más consolidados alcanzan ingresos mensuales de 20.000 euros mediante colaboraciones, eventos y otros formatos.
El problema es que la audiencia parece cada vez menos dispuesta a aceptar esta relación comercial. Un 69,8 % de los internautas considera que existe un uso o abuso de la publicidad encubierta y un 61,9 % cree que la mayoría de las publicaciones de estos perfiles tienen carácter publicitario.
Los casos de este verano han contribuido a alimentar el fenómeno. Roro perdió más de medio millón de seguidores después de que se viralizaran unos comentarios racistas y, pese a pedir disculpas, la polémica continuó. También fue señalado Carliyo el nervio, que calificó el eclipse solar del 12 de agosto como una «cortina de humo» política tras pasar semanas en Estados Unidos generando contenido publicitario.
El Xokas, por su parte, recibió críticas por comentarios considerados misóginos y clasistas, además de perder una campaña con Burger King después de que la compañía se desmarcara de sus declaraciones.
Para la creadora Faviana Sevillano, en este nuevo escenario influyen también la cultura de la cancelación y la polarización: «La gente quiere un héroe y un villano». Sin embargo, el fenómeno no implica necesariamente el final de los influencers, sino una posible transformación del modelo. La audiencia parece reclamar menos publicidad, más autenticidad y una relación que vuelva a parecerse a aquella que convirtió a estos creadores en referentes.