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De la España cristiana al menú halal: cómo cambia una cultura a través de su mesa

Cuando una sociedad deja de reconocer su propia comida como parte de su cultura y la Administración comienza a incorporar los códigos alimentarios de otra, el cambio puede parecer insignificante. Históricamente, nunca lo es

Comedor con menú halalEl Debate asistido por IA

Las civilizaciones no desaparecen de repente. No existe un día concreto en el que una sociedad se levante por la mañana y descubra que ha dejado de ser lo que era. Los grandes cambios culturales no se producen de forma teatral, sino lentamente, mediante pequeñas renuncias, sustituciones aparentemente inocuas y decisiones políticas y administrativas que, consideradas una a una, parecen carecer de importancia. Seguro que no se sorprenden si les digo que un menú escolar puede ser una de ellas.

La polémica sobre los menús halal ha vuelto a España a raíz del comienzo de las clases en Ceuta y Valencia, y conviene formular la pregunta sin eufemismos: ¿Qué es exactamente un menú halal y qué significa que una Administración española lo incorpore a una institución pública?

Porque halal no significa saludable, mediterráneo, sostenible ni adecuado nutricionalmente. Es una categoría religiosa. La propia legislación española lo dice con extraordinaria claridad. El artículo 14 de la Ley 26/1992, que aprobó el Acuerdo de cooperación del Estado con la Comisión Islámica de España, señala que la denominación halal distingue los productos elaborados conforme a las particularidades de la ley islámica.

La misma norma establece que la alimentación de personas internadas en establecimientos públicos y dependencias militares y la de alumnos musulmanes «se procurará adecuar» a los preceptos islámicos cuando así se solicite.

Y sí, la distinción importa porque cuando hablamos de halal no estamos hablando, por tanto, de una preferencia culinaria, sino de un código alimentario religioso. Y la diferencia entre uno y otro concepto es fundamental.

Cada civilización construye una manera de comer, la suya propia. Y la alimentación no consiste únicamente en ingerir proteínas, grasas, hidratos de carbono y vitaminas, porque si esto fuera así, la historia de la alimentación podría reducirse a tablas nutricionales.

Pero ningún pueblo ha comido nunca de esa manera; muy al contrario, seleccionamos alimentos, prohibimos otros, cocinamos de determinadas formas y evitamos otras, celebramos alrededor de una mesa y relacionamos ciertos platos con determinados momentos del año porque comer es, sobre todo, una forma de expresar quiénes somos.

Por tanto, ¿es sensato que una prescripción religiosa particular deba convertirse, por razones demográficas y administrativas, en el menú ordinario de todos en un colectivo?

España posee un patrimonio alimentario modelado durante siglos y profundamente vinculado a su historia cristiana, con hitos anuales como la Cuaresma, que ordenó los días de ayuno y abstinencia y con ello contribuyó a construir una formidable cocina de bacalao, legumbres, verduras, huevos y dulces; o la Semana Santa, que llenó las casas de potajes, torrijas, pestiños y elaboraciones propias de cada provincia.

Por su parte, la Navidad creó otro ciclo culinario con pescados, turrones, mazapanes, polvorones, roscones y, en enero, la matanza. Incluso muchas personas que hoy carecen de práctica religiosa continúan celebrando esas fiestas comiendo de una manera determinada.

Eso es cultura. Lo reconoce incluso la Unesco cuando define la dieta mediterránea como un «conjunto de conocimientos, prácticas, rituales, símbolos y tradiciones, vinculado a las festividades y transmitido entre generaciones». Comer juntos, afirma, constituye un fundamento de la identidad y de la continuidad cultural de las comunidades.

Por eso resulta tan sorprendente nuestra extraordinaria capacidad para considerar irrelevante lo propio mientras otorgamos enorme trascendencia a lo ajeno.

En abril de 2026 entró plenamente en juego el nuevo marco estatal para los comedores escolares. El Real Decreto 315/2025 establece que los centros deberán disponer de menús especiales para alumnos que los requieran por motivos éticos o religiosos o, en su caso, proporcionar los medios adecuados para conservar y calentar la comida aportada desde casa.

Curiosamente, el mismo texto declara que los menús deben construirse sobre «la estructura tradicional de los componentes de la comida del mediodía en nuestra cultura» y reivindica expresamente la dieta mediterránea.

Por tanto, la contradicción cultural merece una reflexión. No existe ningún problema para que un musulmán coma halal en su casa, del mismo modo que un judío puede seguir las prescripciones kosher y un católico practicar la abstinencia cuaresmal. Lo considero necesario en una sociedad libre.

El problema aparece cuando la autoridad deja de limitarse a garantizar la libertad individual y comienza a incorporar un sistema religioso determinado a la organización de la mesa común. Es decir, restringiendo la libertad de otros.

Culturalmente, el fenómeno es digno de estudio: es la Administración española la que convierte una prescripción religiosa islámica en la norma alimentaria de una institución española. La aconfesionalidad no impide que el Estado coopere con distintas confesiones, pero sí obliga a preguntarse qué ocurre cuando convierte la norma de una confesión en obligación común.

Es decir, ha convertido la excepción en norma, y quien no comparte ese código religioso debe solicitar un tratamiento especial, porque la Administración ha organizado la mesa conforme a la prescripción de una confesión determinada.

Y eso ya no es una cuestión gastronómica menor. La comida ha servido desde el comienzo de la historia para delimitar las comunidades, y cambiar las reglas de la mesa significa siempre algo.

Mi interés por los ciclos de las civilizaciones parte de esa observación. Una sociedad prospera cuando es capaz de dominar un territorio, de producir suficiente alimento o de generar excedentes, de construir instituciones y elaborar una cultura propia. En su periodo de plenitud no solamente come: convierte los alimentos en símbolos, en fiestas y recetas, y llena la mesa de significado.

La decadencia se revela de otra manera: aparece cuando pierde confianza en aquello que la hizo reconocible. Y cuando empieza a considerar sus propias tradiciones atrasadas, incómodas o irrelevantes, o cuando va abandonando los códigos culturales que le proporcionaban sentido.

Fíjense bien qué mecanismo sutil e inicuo se ha labrado: no hace falta prohibir la Navidad para vaciarla de sentido; basta con convertirla poco a poco en unas vacaciones de invierno. Y tampoco hace falta perseguir la Cuaresma para hacerla desaparecer. Basta con que nadie recuerde por qué durante siglos los viernes se comía pescado. No hace falta eliminar una cultura gastronómica; es suficiente con dejar de transmitirla.

Hasta he visto colegios que inventan «nuevas tradiciones». Hasta ahora, eso se llamaban novedades, pero la perversión del lenguaje nos está conduciendo a límites insólitos y de desarraigo de la cultura tradicional.

Y aquí es donde aparece la paradoja: las mismas instituciones que han reducido las expresiones alimentarias cristianas al ámbito estrictamente privado fomentan que las prescripciones religiosas de otra cultura merezcan reconocimiento administrativo, adaptación logística, certificación y protección.

Ese es el verdadero asunto que hay tras la imposición del menú halal. Y no, no es el cerdo, que ocupa en esta historia un papel casi cómico de protagonista involuntario; el auténtico problema es la asimetría.

Una sociedad plural puede respetar la libertad de todos sin renunciar a tener una cultura propia, porque integración no significa que tenga que borrar sus referencias para demostrar que acepta al recién llegado. Durante siglos, las culturas fuertes incorporaron influencias precisamente porque poseían suficiente seguridad para fusionarlas sin dejar de reconocerse, y la alimentación lo demuestra mejor que casi cualquier otra cuestión.

España ha integrado innumerables aportaciones ajenas a lo largo de la historia, pero las ha convertido en españolas porque su cultura era suficientemente sólida para absorberlas, transformarlas y transmitirlas. Algo muy distinto sucede cuando esta sociedad deja de integrar y comienza simplemente a sustituir.

Puede parecer exagerado detenerse ante un menú escolar, pero a mí me parece más arriesgado no hacerlo. Las civilizaciones están construidas a base de grandes cosas, pero también a partir de miles de pequeños hábitos que nadie considera importantes hasta que desaparecen: cosas como las fiestas, la moral, los símbolos o la comida.

Porque una civilización que ya no sabe por qué come lo que come ha empezado también a olvidar quién es.