Señora ministra: sí hay dolor
Su campaña dice: «Quizás decidas abortar. Y estará bien». Me gustaría contarle lo que pasa después de ese «estará bien»
Señora ministra, no he estudiado medicina. No voy a discutir con usted de neurología. Soy una de esas personas que atiende a mujeres embarazadas en Redmadre, y le escribo porque leí su respuesta a una periodista de este diario y me quedé pensando en las mujeres a las que acompaño.
Usted dijo que no entendía la pregunta. Que preguntar si hay dolor tiene «una carga negacionista de la realidad del derecho de las mujeres». Yo sí entiendo la pregunta, porque me la hacen a mí, en voz baja, muchos días, cuando por fin confían en alguien. Y le aseguro que quien la formula no está negando ningún derecho: está pidiendo que alguien la ayude.
Su campaña dice: «Quizás decidas abortar. Y estará bien». Me gustaría contarle lo que pasa después de ese «estará bien».
Conozco a una chica de veintidós años con un contrato de tres meses. No quiere abortar. Me lo dice así, llorando: «yo quiero tenerlo». Pero si lo tiene, no le renuevan. Eso no lo sabe por un panfleto: lo sabe porque ha visto lo que pasó con la compañera que se quedó embarazada el año pasado.
Conozco a otra mujer cuya pareja le ha dicho, con todas las palabras, que si sigue adelante se queda sola.
Y conozco a una chica de diecisiete años que no tiene por qué contárselo a sus padres, y que sabe que la ley ya no exige que ellos sepan nada. Si se lo cuenta, le dirán que aborte, pero no se lo va a contar. Usted lo llama autonomía. Ella, cuando se queda callada, lo llama soledad.
Ninguna de estas mujeres eligió abortar en libertad. Eligieron lo único que se les ofreció. Eso no es un derecho: es un callejón sin salida. Y luego algunas vuelven. Vuelven meses después, o años, a veces embarazadas otra vez, y dicen la frase que usted asegura que la ciencia desmiente: «si alguien me hubiera ayudado, yo lo hubiese tenido».
Ese dolor existe. No es negacionismo, ni ideología, es lo que me cuentan las mujeres a las que acompaño. Y si su campaña promete que «todo estará bien», entonces esa mujer que no está bien aprende algo terrible: que el problema es ella. Que se ha equivocado incluso en sufrir. Decirle a alguien que su dolor no debería existir no le quita el dolor, le quita el derecho a contarlo.
Usted afirma que hay «evidencia científica más que de sobra» de que no hay sufrimiento fetal. Yo no soy quién para enmendarle la plana en neurofisiología. Así que se lo pregunto de otra manera, con lo que he aprendido estudiando este asunto.
Si de verdad no hay ninguna posibilidad de sufrimiento fetal, ¿por qué los protocolos de aborto avanzado incluyen analgesia fetal?
No me lo invento. A partir de la semana 22, el procedimiento es secuencial: primero se administran analgésicos potentes al feto –opioides, por vía intraamniótica o en el cordón–, y solo después se practica el feticidio mediante inyección ecoguiada para detener el latido. En el segundo trimestre, en muchos centros el feticidio previo se adelanta a las semanas 18-20 precisamente como medida preventiva, ante la creciente complejidad neurológica del feto.
Señora ministra: no se anestesia lo que no puede sentir. No se toman precauciones analgésicas frente a un tejido. La medicina no gasta un opioide en tranquilizar conciencias; lo gasta porque sabe ante quién está.
Ahí está la fractura que me parece más grave de todo esto. La ley ha ido en dirección contraria a la clínica. La ley simplifica: suprime los tres días de reflexión, suprime la obligación de entregar información sobre ayudas y alternativas, suprime el permiso de los padres para las menores de dieciséis y diecisiete años. Mientras tanto, el quirófano se complica: protocolos por semanas, analgesia fetal, asistolia previa, comités clínicos a partir de la semana 22.
El derecho dice «trámite». La medicina dice «aquí hay alguien». Usted es ministra de Sanidad: le toca defender lo segundo, no lo primero.
Y añado un dato que usted conoce mejor que yo, porque lo publica su ministerio: 106.172 abortos en 2024, un 2,98% más que el año anterior. El 94,6% «a petición de la mujer». Más de diez mil en menores de veinte años. Uno de cada cuatro embarazos en España termina así, mientras nacen 318.005 niños, el mínimo histórico. Si el aborto fuera de verdad el fracaso excepcional de una política de apoyo, esas cifras bajarían. Llevan años subiendo. Lo que ha crecido no es la libertad de las mujeres: es la falta de alternativas.
No, no todo está bien. Queda la frase que más me duele de su campaña: «Pienses lo que pienses, sientas lo que sientas y decidas lo que decidas, todo estará bien».
Es una frase amable y es falsa. No es lo mismo hacer una cosa que otra. No da igual que a esa chica de veintidós años le renueven el contrato o no se lo renueven. No da igual que su pareja se quede o se vaya. No da igual que alguien le explique qué ayudas existen o que nadie se lo diga porque la ley ya no obliga a decírselo. Si todo diera igual, su ministerio no tendría nada que hacer.
Esa frase suena a cariño, pero funciona como una puerta que se cierra. Porque una mujer a la que se le ha dicho de antemano que todo estará bien no vuelve a pedir ayuda cuando no lo está.
Señora ministra, le pido tres cosas concretas y muy baratas: que ninguna mujer llegue al quirófano sin saber qué ayudas reales tiene a su alcance, que se devuelva el tiempo –unos días, solo unos días– para que una decisión así no se tome en estado de shock, y que se deje de decir a las mujeres que su dolor no existe.
Nosotras no juzgamos a nadie. En Redmadre no hay sermones: hay escucha, acompañamiento, pañales, cursos de formación, ayuda con la búsqueda de un techo donde vivir, alguien al teléfono a las once de la noche. Y hay, sobre todo, tiempo. Esa es toda nuestra técnica: estar al lado y dar a una mujer el tiempo que la ley le ha quitado, para que no se sienta sola y pueda decidir sin presión.
Usted dijo que no hay una sola forma de vivir la interrupción del embarazo. Estoy de acuerdo, ministra. Por eso mismo: no sea negacionista, no borre el dolor, no borre las formas de vivir el aborto que no le convienen.