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12 de junio de 2024

La planta islandesa aspira dióxido de carbono del aire y lo almacena bajo tierra

La planta islandesa aspira dióxido de carbono del aire y lo almacena bajo tierraAFP

Islandia transformará 4.000 toneladas de CO2 al año en roca

La planta, que se alimenta de energía geotérmica, está situada en un volcán durmiente y se dedica a capturar dióxido de carbono y enviarlo a las profundidades de la tierra

La lucha por la descarbonización del planeta continúa activa, y son muchos los países que están adoptando mecanismos innovadores que pueden servir como faro para otros. Islandia se sitúa a la cabeza mundial en la producción sostenible de energía, y es que un 85 % de sus necesidades energéticas básicas se satisfacen con recursos renovables propios.

En concreto, un 73 % de la electricidad se genera mediante plantas de energía hidráulica y un 26,8 % procede de energía geotérmica, lo que corresponde a más del 99 % de todo el consumo eléctrico de Islandia. A pesar de estos buenos datos, el país nórdico quiere ir más allá mediante la captura de dióxido de carbono (CO2), una práctica necesaria para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Una planta situada a los pies de un volcán durmiente se dedica a capturar CO2 para después inyectarlo en el subsuelo, donde se convierte en roca porosa y se solidifica. Una técnica que acelera un proceso que normalmente dura millones de años: «Gracias a este método, cambiamos radicalmente la escala del tiempo», explica la geóloga Sandra Ósk Snaebjörnsdóttir, que trabaja en el proyecto CarbFix.

El CO2 en cuestión es transportado desde la central geotérmica de Hellisheiði mediante tuberías hasta el macizo volcánico de Hengill, donde se ubican tres pequeñas estructuras abovedadas en las que se disuelve en agua y luego se inyecta a alta presión en la roca basáltica, a 1.000 metros de profundidad.

La planta de la empresa suiza Climeworks se muestra en Hellisheidi, Islandia

La planta de la empresa suiza Climeworks se muestra en Hellisheidi, IslandiaAFP

Esta disolución impregna las cavidades de la roca y comienza a solidificarse gracias a la reacción química del gas con el calcio, el magnesio y el hierro contenidos en el basalto, que actúa como una esponja. El CO2, por tanto, adquiere la forma de cristales calcáreos blancos al unirse con la roca porosa, un proceso que, según los científicos, ha tardado más o menos un año en producirse.

Según la compañía suiza ClimeWorks, propietaria de la planta, puede capturar unas 4.000 toneladas de CO2 al año, lo que equivale a las emisiones de 900 coches de gasolina. Sin embargo, en estos momentos el proceso es costoso: convertir cada tonelada de carbono en piedra cuesta alrededor de 2.500 euros con la tecnología actual. La compañía confía en reducir estos costes significativamente, hasta quince veces menos, en los próximos años y planea aumentar la construcción de plantas succionadoras de CO2.

Otro inconveniente que cabe destacar es el hecho de que consume mucha agua, un elemento que es abundante en Islandia, pero escaso en otros lugares del planeta. Por cada tonelada de CO2 inyectada hacen falta 25.000 litros de agua desalinizada, aunque ya se hacen experiencias para determinar si el sistema funciona con agua marina.

Tecnología segura para almacenar CO₂

Tal y como explica Snaebjörnsdóttir, esta forma de almacenar dióxido de carbono es la más segura que existe, ya que casi nada puede revertir el proceso y, en caso de producirse una erupción volcánica y que la roca se caliente a una temperatura muy alta, una parte del mineral se descompone.

De esta manera, Islandia pretende compensar los gases de efecto invernadero que emite a la atmósfera. Estos corresponden a la quema de combustibles fósiles (fábricas, vehículos, etc.), pero también debido a su gran número de volcanes activos, y es que estos emiten cada año entre uno y dos millones de toneladas de CO2.

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