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Barcas de pedales varadas junto a un muelle en el lecho seco del río Zayanderud en Isfahán, IránAFP

Irán se seca: ríos agotados, embalses bajo mínimos y ciudades al borde del colapso

La desesperación es máxima, motivo por el que el país comenzó una operación de siembra de nubes para provocar lluvias hace tan solo unas semanas

La situación en Irán se ha tornado dramática después de meses sin llover. Esta racha se rompió este pasado miércoles en Teherán, unas gotas insuficientes para paliar el otoño más seco en más de medio siglo. La alerta es tal que el presidente del país ha alertado que, de no llenarse las presas que rodean la capital iraní para finales de mes, el gobierno en pleno deberá trasladarse.

La situación, no obstante, no es mejor en otras urbes. Mashad, la segunda ciudad más poblada de Irán, ha registrado apenas 10,5 milímetros de lluvia desde el inicio del otoño, una cifra que representa una disminución del 65 % respecto al promedio histórico.

Allí, las tres principales presas que suministran agua a la ciudad nororiental están ya fuera de operaciones debido a la caída de sus reservas a menos del 2,5 %. El director general de la Compañía de Agua y Alcantarillado de la urbe indicó que los tres embalses están en «estado de emergencia» y que el agua almacenada es considerada «muerta», por lo que la ciudad depende casi por completo de la represa Doosti para su abastecimiento.

La desesperación es máxima, motivo por el que el país comenzó una operación de siembra de nubes para provocar lluvias hace tan solo unas semanas. Esta práctica consiste en pulverizar partículas, en particular yoduro de plata, en estas formaciones para provocar precipitaciones. El año pasado, Irán anunció que había desarrollado su propia tecnología en este ámbito.

Desde noviembre, Teherán, con más de 10 millones de habitantes, sufre cortes periódicos en el suministro de agua con el fin de limitar el consumo y frenar el «desperdicio». Y es que los datos son alarmantes: la capa de nieve ha disminuido un 98,6 % a nivel nacional en comparación con el mismo período del año pasado, y en Teherán la temperatura diaria ha sido de unos agradables 20 °C. Para más inri, el precio del agua embotellada ha subido y se están imponiendo límites a su compra.

En las redes sociales circulan vídeos en los que se ve a personas caminando por embalses casi vacíos, con las antiguas líneas de agua claramente marcadas. Imágenes satelitales analizadas por The Associated Press confirman esta situación, mostrando reservas extremadamente mermadas. Entre ellas destaca la presa de Latyan, uno de los cinco embalses estratégicos del país, que se encuentra por debajo del 10 % de su capacidad mientras Teherán afronta su sexto año consecutivo de sequía.

Un problema sostenido en el tiempo

La grave sequía que atraviesa Irán, al igual que ocurre en otros puntos del planeta, no responde a un episodio puntual ni a un año excepcionalmente seco. Se trata de un problema sostenido en el tiempo, estrechamente ligado a una gestión del agua que arrastra deficiencias desde hace décadas, tal y como explica el meteorólogo Mario Picazo en Eltiempo.es.

La agricultura del país consume volúmenes enormes de recursos hídricos, los acuíferos han sido explotados muy por encima de su capacidad de recuperación, parte de las infraestructuras está obsoleta o no se ajusta a las necesidades actuales y el cambio climático está intensificando y prolongando los periodos secos.

En este escenario, cualquier descenso en las precipitaciones provoca impactos mucho más severos que en el pasado. Incluso si este año las lluvias superaran lo previsto, el sistema hídrico seguiría siendo frágil mientras no se acometan reformas profundas en la gestión del agua.

En numerosas localidades de Irán, tal y como recogen desde The Guardian, se han organizado oraciones para pedir lluvia. Vuelven a evocarse episodios considerados milagrosos, como el de la primavera de 1944, cuando el país, en plena guerra, atravesaba una fuerte sequía y los habitantes de Qom salieron al campo para rezar durante tres días bajo la mirada burlona de las fuerzas británicas ocupantes. Al finalizar la tercera jornada, cuando la multitud comenzaba a dispersarse, el viento se intensificó y la lluvia cayó, interpretándose entonces como una señal.