Ciclistas por Sevilla en plena ola de calor
Qué es el efecto isla de calor, el fenómeno que convierte las ciudades en auténticos hornos
Durante los episodios de altas temperaturas, las urbes experimentan entre 1 ºC y 3 ºC más durante el día respecto a su periferia, mientras que por la noche esa diferencia puede dispararse hasta los 10 °C
España vive esta cuarta semana de junio, con la estación del verano recién estrenada, su primera ola de calor del año. Los termómetros llegarán a marcar hasta 42 grados, dejando a 14 comunidades autónomas en aviso, donde destaca la alerta roja en País Vasco por temperaturas extremadamente altas –entre 40 y 42 grados– para esa zona geográfica.
Pero estos valores sofocantes lo son más aún en muchas ciudades debido a lo que se conoce como efecto isla de calor. Con este término se conoce al fenómeno térmico que se da sobre todo en áreas urbanas y que consiste en un aumento de la temperatura en las zonas del centro de la ciudad tanto por el día como por la noche, sobre todo si se compara con el extrarradio.
La causa principal, según destacan desde Iberdrola, son la acumulación de estructuras, como edificios, aceras o asfaltos, que absorben más calor y lo liberan más lentamente, al revés que parajes naturales como bosques, ríos o lagos. La temperatura media anual del aire de una ciudad con un millón de habitantes o más puede ser de entre 1 ºC y 3 ºC más alta durante el día respecto a su periferia, mientras que por la noche esa diferencia puede dispararse, incluso, hasta los 10 °C.
«Este efecto provoca que las ciudades retengan más calor durante la noche, que puede llegar a diferencias de varios grados, dependiendo entre otros factores de la anchura de las calles, la altura de los edificios, materiales de construcción, etc.», afirma Jesús Fernández, investigador en el Grupo de Clima y Ciencia de datos del Instituto de Física de Cantabria.
¿Son las plantas la solución?
La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) subraya que uno de los factores responsables del calentamiento local en las ciudades son los tejados cerámicos y las calles asfaltadas. Por su color y composición, estos materiales absorben toda la luz y retienen el calor, reduciendo notablemente el albedo de las ciudades. Algunas soluciones a esta acumulación de radiación podrían implicar más zonas verdes en las ciudades y la creación de azoteas verdes que palien la absorción.
¿Cómo es posible que plantar árboles y vegetación contribuya a reducir la temperatura en las ciudades? La explicación está en el propio funcionamiento de las plantas, tal y como destacan desde la Aemet. A diferencia del asfalto o el hormigón, que absorben la radiación solar y la liberan posteriormente en forma de calor, la vegetación emplea parte de esa energía en sus procesos biológicos. Además, proporciona sombra y favorece la retención de humedad en el suelo mediante la evapotranspiración, lo que ayuda a refrescar el entorno.
Este proceso genera un efecto beneficioso en cadena: un suelo más húmedo y unas condiciones más favorables facilitan el crecimiento de nueva vegetación. Como afirmaba el agricultor y filósofo japonés Masanobu Fukuoka, «las plantas llaman a las plantas». No es casualidad que los bosques sean espacios donde las temperaturas resultan mucho más agradables incluso durante los días más calurosos.
A ello se suma la contaminación atmosférica. La acumulación de gases y partículas en suspensión sobre las ciudades contribuye a intensificar el efecto invernadero y favorece la retención del calor cerca de la superficie. Además, la configuración urbana suele dificultar la circulación del aire, por lo que el viento tiene menos capacidad para dispersar estos contaminantes. Como consecuencia, las masas de aire cálido y las partículas permanecen más tiempo sobre las zonas urbanas, agravando el aumento de las temperaturas.
Consecuencias de las islas de calor
Pero estas islas de calor urbanas tienen también importantes consecuencias para la salud y la calidad de vida de quienes viven en las ciudades. Al registrarse temperaturas más elevadas, especialmente durante la noche, aumenta la demanda de aire acondicionado y, con ello, el consumo energético, según recuerdan desde Iberdrola. Además, la exposición prolongada al calor puede provocar deshidratación, agotamiento, golpes de calor y agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares, afectando especialmente a niños, mayores y personas vulnerables.
Este fenómeno también tiene efectos sobre el medio ambiente y la economía. Las altas temperaturas favorecen la acumulación de contaminantes en la atmósfera y contribuyen a incrementar las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al mayor consumo energético. A ello se suman los costes derivados del aumento de la factura eléctrica, el impacto sobre la salud pública y la pérdida de productividad. Diversos estudios advierten de que el calentamiento provocado por las islas de calor podría amplificar de forma significativa las pérdidas económicas vinculadas al cambio climático.