El embalse de Bolarque, Guadalajara
Los peligros ocultos de los embalses: «La ausencia de señales visibles no garantiza que no existan corrientes»
La experta Jessica Pino advierte de que estos entornos naturales esconden riesgos difíciles de detectar, como corrientes invisibles, cambios o bruscos de profundidad
Con la llegada del verano y de las altas temperaturas, cualquier masa de agua se convierte en un alivio para soportarlas. Las piscinas y las playas son los destinos favoritos de los españoles, pero en muchas zonas de interior también cobran especial relevancia los embalses.
El baño en ellos no está permitido de forma genérica en España, salvo en zonas expresamente habilitadas y señalizadas. En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, el baño en los embalses del Canal de Isabel II está prohibido, salvo en el Pantano de San Juan, de titularidad estatal, donde sí hay áreas reservadas para este fin.
Es importante resaltarlo debido a que cada año mueren decenas de personas ahogadas por bañarse en embalses. En 2025, sin ir más lejos, hubo 94 fallecimientos por esta causa. Este 2026 destaca el suceso ocurrido en Venta de Baños, en cuya presa murieron ahogadas una mujer de 32 años y su madre, de 52, se ahogaron cuando trataron de rescatar a un menor de cinco años, que finalmente salió ileso. Pero, ¿por qué ocurre esto en unas balsas de agua que, aparentemente, no aparentan peligro alguno?
El Debate ha conversado con Jessica Pino, portavoz del Informe Nacional de Ahogamientos (INA) de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo, que alerta de que estos espacios naturales pueden resultar más peligrosos de lo que aparentan y advierte de que muchas de sus amenazas permanecen ocultas bajo el agua.
Según explica, los embalses presentan «riesgos difíciles de percibir desde la superficie». A diferencia de una piscina, no cuentan con vigilancia permanente, zonas seguras delimitadas ni un fondo uniforme. Además, el agua suele estar más fría, lo que puede provocar un choque térmico y dificultar la respiración o el movimiento.
La comparación con las playas también puede llevar a engaño. Pino señala que en los embalses suele existir una menor percepción de riesgo, lo que favorece que muchas personas infravaloren el peligro. Sin embargo, pueden producirse cambios bruscos de profundidad, corrientes asociadas a entradas y salidas de agua y la presencia de obstáculos sumergidos invisibles desde la superficie.
Uno de los principales problemas es precisamente la dificultad para detectar esas corrientes. Aunque existen señales como el movimiento de hojas o espuma, diferencias de color en el agua o la proximidad a presas y aliviaderos, la especialista recuerda que «la ausencia de señales visibles no garantiza que no existan corrientes».
Una chica practica padelsurf en la playa del embalse de Bolarque, Guadalajara
Qué hacer si una corriente arrastra a una persona
En caso de verse arrastrado por una corriente, la experta insiste en evitar el pánico y no luchar directamente contra el agua, ya que eso provoca un agotamiento rápido. La recomendación es flotar para conservar energía, controlar la respiración y nadar en diagonal o perpendicularmente a la corriente para intentar salir de ella. Si se dispone de algún elemento flotante seguro, como un tronco o una rama grande, puede utilizarse como apoyo sin poner en riesgo la propia seguridad.
Cuando quien está en peligro es un familiar o un amigo, la reacción impulsiva suele ser lanzarse al agua. Sin embargo, Pino advierte de que esa decisión puede resultar fatal. «La primera norma es no lanzarse al agua impulsivamente», recuerda, porque muchas víctimas de ahogamiento son personas que intentaban rescatar a otra.
Lo correcto es llamar inmediatamente al 112, mantener el contacto visual con la víctima e intentar ayudar desde tierra firme lanzando un objeto flotante, una cuerda o cualquier elemento que pueda servir de apoyo.
Pero los riesgos no terminan en la superficie. Los fondos de los embalses pueden ocultar cambios repentinos de profundidad, lodo que dificulta salir del agua, rocas, troncos, ramas y restos de vegetación sumergida, además de objetos abandonados o arrastrados por las corrientes. A ello se suma que el nivel del agua varía a lo largo del año, modificando continuamente las condiciones del terreno.
Las principales causas de ahogamiento
Entre los factores que más accidentes provocan, la especialista destaca el exceso de confianza, la fatiga durante el baño, las corrientes inesperadas, el choque térmico por el agua fría, el consumo de alcohol y los intentos de rescate realizados sin formación ni medios adecuados.
Por eso, concluye que la prevención sigue siendo la herramienta más eficaz: elegir zonas seguras, evitar conductas de riesgo y respetar siempre las condiciones del entorno acuático. Como recuerdan las campañas de prevención del ahogamiento, «la mejor intervención es evitar que el incidente llegue a producirse».