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Calles cubiertas de lodo como consecuencia de la riada producida en Manzanedo de Valdueza, Ponferrada (León)Europa Press

Cenizas, barro y riadas: los peligros que llegan a un bosque quemado con las primeras lluvias

La tragedia ocurrida en la localidad leonesa de Manzanedo de Valdueza es solo una prueba de lo que puede ocurrir tras los incendios forestales

El suceso ocurrido el pasado sábado en la localidad berciana de Manzanedo de Valdueza (León) aún conmociona al municipio de Ponferrada, al que pertenece. Dos mujeres fallecieron y dos menores resultaron heridos después de que un reventón térmico descargara sobre el monte cercano a la población. Esto provocó un desprendimiento por el que, posteriormente, el agua y el barro se encauzaron por la calle de la Iglesia, tal y como han relatado desde la Subdelegación del Gobierno.

Los vecinos señalan ahora a las administraciones debido a su inacción después de que justo hace un año las inmediaciones del pueblo se quemaran como consecuencia de los incendios forestales que se produjeron en la provincia de León. Y es que fueron precisamente las consecuencias de este fuego las que propiciaron la avenida hacia la localidad.

Este hecho vuelve a dejar de manifiesto que los incendios forestales no terminan cuando se apagan las llamas. Tras un año especialmente devastador, con más de 265.000 hectáreas calcinadas, las zonas afectadas afrontan ahora una nueva amenaza con la llegada del otoño: las lluvias.

La lluvia, que en condiciones normales supone un elemento esencial para la recuperación de los ecosistemas, puede convertirse en un nuevo factor de riesgo sobre un terreno recién quemado. La desaparición de la cubierta vegetal deja el suelo expuesto y mucho más vulnerable a la erosión. Sin raíces que lo sujeten ni vegetación capaz de frenar la velocidad del agua, las precipitaciones pueden arrastrar grandes cantidades de tierra, cenizas y nutrientes.

La vegetación cumple una función esencial en la regulación del agua: intercepta parte de las precipitaciones, reduce la velocidad de la escorrentía, favorece la infiltración y estabiliza el terreno mediante sus raíces. Cuando el fuego elimina esa protección, una tormenta intensa puede convertir una ladera quemada en una zona generadora de agua, cenizas, sedimentos, piedras y restos vegetales.

El Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales recuerda que los incendios provocan una profunda degradación del terreno, con pérdida de nutrientes, daños en la flora y la fauna, transformación del paisaje y consecuencias económicas y sociales para las poblaciones afectadas. Por eso, la recuperación de una zona calcinada comienza mucho antes de que vuelvan a aparecer los primeros brotes verdes.

No obstante, desde el Colegio se subraya que no todo incendio provoca necesariamente una riada, ni toda riada posterior a un incendio puede atribuirse exclusivamente al fuego. Sin embargo, el vínculo técnico entre incendios forestales, alteración del suelo, aumento de la escorrentía y procesos erosivos está ampliamente reconocido y debe ser tenido en cuenta en la planificación postincendio.

Uno de los principales problemas es la pérdida de suelo fértil. Cuando las lluvias caen sobre una superficie desnuda, el agua arrastra las partículas de tierra y las cenizas hacia los cauces cercanos. Este proceso puede provocar una importante erosión y dificultar la regeneración natural del bosque. Además, los materiales procedentes del incendio terminan en ríos, embalses y otros ecosistemas acuáticos.

Las cenizas pueden contener compuestos químicos como nitratos y determinados metales pesados que, al disolverse con el agua, alteran la calidad de los recursos hídricos. Tras los incendios de Bejís, en Castellón, y Zamora en 2022, técnicos de la Confederación Hidrográfica del Júcar detectaron incrementos puntuales de turbidez y materia orgánica en el agua de abastecimiento.

Frenar la erosión antes de que llegue el agua

El riesgo aumenta especialmente cuando las precipitaciones son intensas. En zonas con fuertes pendientes, una lluvia torrencial sobre un terreno sin vegetación puede generar una escorrentía muy rápida y favorecer riadas súbitas y corrimientos de tierra. Estos episodios pueden alcanzar carreteras, viviendas e infraestructuras situadas en las proximidades y prolongar las consecuencias del incendio durante meses.

Por ello, los expertos consideran imprescindible evaluar cuanto antes los daños y riesgos de cada zona afectada. Esa valoración debe tener en cuenta factores como la severidad del incendio, la pendiente, el tipo de suelo, la proximidad de cauces, viviendas, carreteras, captaciones de agua e infraestructuras. A partir de este diagnóstico deben establecerse las actuaciones prioritarias en los lugares donde exista mayor riesgo de erosión, arrastres o afección a la población.

No existe, sin embargo, una solución única para todos los terrenos quemados. Las actuaciones deben adaptarse a las características de cada zona y realizarse bajo criterios técnicos, ya que una intervención inadecuada puede perjudicar la regeneración natural o incluso agravar la erosión.

Una de las técnicas utilizadas es el mulching, que consiste en cubrir el terreno con restos vegetales para proteger el suelo del impacto directo de las gotas de lluvia. También pueden instalarse fajinas, formadas por ramas colocadas transversalmente en las laderas para frenar la escorrentía, o mantas orgánicas que estabilizan el terreno y favorecen la germinación. Igualmente, pueden construirse albarradas o pequeños diques de contención, proteger los cauces, revisar los sistemas de drenaje y retirar de forma selectiva aquellos materiales que puedan generar peligro.

Riada en el pueblo de Manzanedo de Valdueza (León)César Sánchez

Otras actuaciones son la hidrosiembra, mediante la aplicación de semillas y nutrientes sobre las zonas afectadas, y la construcción de pequeños drenajes o diques que permitan controlar el agua y reducir el arrastre de materiales hacia ríos y embalses. Actuar durante las primeras semanas resulta, además, más eficaz y menos costoso que intervenir cuando el suelo ya ha sufrido una degradación importante.

A medio plazo, la recuperación pasa por favorecer la revegetación con especies autóctonas, controlar el acceso del ganado y realizar un seguimiento de la regeneración natural. A largo plazo, una gestión forestal adecuada, con actuaciones de mantenimiento, limpieza de matorral y reforestación cuando sea necesario, puede contribuir a reducir la vulnerabilidad ante nuevos incendios.

También requiere especial atención la gestión de la madera quemada. Retirar los árboles afectados puede ser necesario cerca de carreteras, viviendas o infraestructuras, pero dejarlos en determinadas zonas puede ayudar a conservar la humedad, reducir la erosión y aportar nutrientes al suelo. Al mismo tiempo, una acumulación excesiva de madera puede favorecer la aparición de plagas, por lo que los expertos recomiendan estudiar cada incendio de forma individual.

La recuperación de un bosque calcinado, por tanto, no empieza cuando cae la primera lluvia, sino mucho antes. Proteger el suelo tras las llamas es esencial para evitar que el fuego dé paso a un segundo desastre provocado por el agua.