La tercera pata del banco: el dueño de rehala
Montería y rehala son consustanciales. El equilibrio no es imposible, pero debemos encontrarlo. Si no, desaparecerá o, peor, prevalecerá un engendro basado solo en principios mercantiles. Quien organice monterías, sean del tipo que sean, debe exigir que las rehalas que llame, estén bien asentadas
De izquierda a derecha, el autor, Jorge Torrubias Sánchez, Carlos Gomez-Arroyo Oriol y Eli Redondo Erazo
La rehala nació como algo muy distinto a lo que es hoy. Las primeras referencias históricas que encontramos son del siglo XV y XVI en Extremadura, donde ya existía un conjunto de perros a cargo de un perrero. Desde entonces evolucionó hasta lo que es hoy, aunque sin duda ha cambiado más en los últimos cincuenta años que en los quinientos anteriores.
Hasta no hace mucho, las rehalas eran de su propietario y había muy pocas rehalas de alquiler. Con el apogeo de la montería comercial, entre otros factores, fueron prosperando estas últimas en detrimento de las primeras.
Existen tres figuras que pueden ostentar la propiedad de una rehala. El dueño de rehala, la primera y más antigua. Utilizo esta terminología porque el palabro rehalero no me gusta nada. Ni cómo suena ni el uso que se le da. La segunda figura sería el arrendatario de rehala. El perrero o propietario, mediante un contrato de alquiler y pago de una renta, cede la propiedad de la rehala al arrendatario, quien la disfruta. Finalmente, la tercera es la rehala de alquiler, en la que dueño y perrero son la misma persona.
Dueño de rehala. Un loco romántico. Gran aficionado a la caza y a la montería, pero, sobre todo, un enamorado de los perros, en general, y de los de caza mayor, en particular. Su función no se limita solo a la temporada. Es un gran orgullo, no carente de responsabilidad. Verá el fruto de su trabajo e ilusiones durante cinco meses, aunque, verdaderamente, piensa todo el año en sus perros. Esto se elige por algo que se tiene muy dentro y que es imposible de explicar.
No se obtiene rentabilidad, no se cubren gastos, pero las satisfacciones son inmensas
Tendrá disposición plena sobre sus perros y se ocupará de absolutamente todo lo que los atañe. Será el valedor de la rehala y deberá estar en los momentos complicados o cuando exista controversia y toque defender y amparar ante los monteros. Por último, como decía mi padre, no hay que echar cuentas: asumes que tus perros acuden gratis a montear. Puesto y propina. No se obtiene rentabilidad, no se cubren gastos, pero las satisfacciones son inmensas.
Como ocurre con perros y perrero, el dueño de rehala también debe de reunir una serie de cualidades. Deberá ser paciente, ya que ver el fruto de sus desvelos puede llevar tiempo. Para entender esto, tendrá que ser humilde, atributo que compartirá con su perrero. Ha de tener un espíritu inconformista y de autocrítica: conformarse es la antesala a la mediocridad. La montería es una modalidad de caza colectiva, por lo que se le exige educación. Tendrá confianza ciega en su perrero, que no es un empleado, sino un gran amigo o, en mi caso, parte de la familia. Crear un vínculo así se refleja de manera positiva en los perros. En definitiva, debe de ser alguien muy comprometido con algo cada vez menos valorado, lo que es difícil de asumir.
Carlos Gomez-Arroyo Blázquez con su queridísimo perro, Nano
Arrendatario de rehala. Quien, mediante el pago de una renta, disfruta de una rehala que no es suya. Una persona alquila sus perros y otra paga por ellos, de manera que así accede a la montería y sacia su afición a la caza y a los perros. Puede sonar parecido al dueño de rehala, pero no son lo mismo y no se deben considerar a los segundos como a los primeros. Simplemente porque la titularidad otorga un derecho de propiedad, con todo lo que supone, que no da el arrendamiento. Y eso se debe de reconocer y saber recompensar.
La rehala de alquiler. Con la expansión de las especies de caza mayor por toda España y la proliferación de la montería, se han convertido en indispensables. Sin su concurrencia, un gran número de manchas, de cotos sociales o deportivos, de peñas u organizadores pequeños, por ejemplo, quedarían sin montearse. Es importante distinguir aquellas que se tienen por tradición y afición de aquellas que se tienen solo para ganar dinero, beneficio que, normalmente, no suele redundar en los perros.
Entre las primeras, las hay maravillosas y serias. Guiadas por perreros estupendos que van solo por afición y dan todo lo mejor que pueden a sus perros. Sé que algunas estarían encantadas de poder encontrar a alguien que compre los perros, asuma los gastos y ampare al conjunto. Desde aquí, animo a quien se lo esté pensando y me ofrezco a buscar candidatos.
Las segundas, unidas a la picaresca nativa, están haciendo mucho daño a la rehala y a la montería. Yo la llamo la neorehala de alquiler. Perreros-jornaleros carentes de afición verdadera. Son rehalas que no tienen núcleo ni identifican a los perros ni sacan seguros y licencias, que no respetan los modos y tradiciones.
Montería y rehala son consustanciales. El equilibrio no es imposible, pero debemos encontrarlo. Si no, desaparecerá o, peor, prevalecerá un engendro basado solo en principios mercantiles. Quien organice monterías, sean del tipo que sean, debe exigir que las rehalas que llame, estén bien asentadas.
No olvidemos que su supervivencia solo depende de nosotros, de las tres patas del banco.
Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero