Ojeos de perdices
En mano es muy difícil que se arranque a distancia de disparo pues es inquieta y está siempre alerta por lo que suele ser necesario darla dos o incluso tres vuelos para que el cansancio la obligue a amagarse y finalmente romper a volar con los cazadores encima
Perdiz roja.
Se terminó la temporada de caza menor y mientras se aguarda a la media veda -extraña manera de nominar la caza veraniega de codornices, tórtolas (cuando las había) y palomas- no es mal momento para recordar a la perdiz roja, reina de la caza menuda, que tiene instalado su trono en España.
Entre las distintas razas: gris, pardilla, moruna, griega y chukar, nuestra roja, Perdix rufa, señorea por su vuelo potente que la convierte en la más veloz y la de mayor dificultad de tiro entre las diferentes variedades.
En mano es muy difícil que se arranque a distancia de disparo pues es inquieta y está siempre alerta por lo que suele ser necesario darla dos o incluso tres vuelos para que el cansancio la obligue a amagarse y finalmente romper a volar con los cazadores encima. Resulta la cacería por excelencia y cobrar una perdiz después de haberla levantado un par de veces, señalado correctamente donde había aterrizado, llegar hasta ese punto y acabar la acción con un buen tiro que deja como señal de éxito un reguero de plumas colgadas del aire, es un lance que no se olvida y que fija en la memoria una imagen que queda para repetirla.
Para eso hacen falta piernas, conocimiento del terreno y… que haya perdices. Una situación que los productos utilizados en la agricultura exterminadores de insectos ha convertido en casi imposible; solamente los terrenos poco fértiles o las montañas incultivables acogen hoy algunas perdices porque hasta ellas no llega la química que las deja sin alimento. Si además se promulgan mal orientadas legislaciones que acaban protegiendo las alimañas, que siguen alimentándose de la caza, las sufridas patirrojas lo tienen verdaderamente difícil.
Pero continúan siendo el sueño de los cazadores.
En España se había constituido en tradición la costumbre de los ojeos, y cuando la agricultura se reducía al nitrato de Chile sin insecticidas ni químicas potentes y existían las juntas de extinción de alimañas, se convirtieron en las grandes fiestas de la caza. Años en que discutían El Castañar y La Cepilla quien conseguía mejores resultados, tiempos en que Mudela batía el record en un día con tiradores andaluces y castellanos con el jefe de Estado como juez dividiéndolos.
Además de los cotos señeros, en toda tierra de pan llevar se criaban nuestras perdigochas, y españoles y extranjeros disfrutaban con su vuelo y con el sol de España que era y es el mejor estrambote para ese soneto que es un ojeo de perdices.
«Fallé tanto en el primer ojeo que he dedicado el segundo a estudiar el vuelo de estas rapidísimas perdices, espero ahora poder enderezar mis aciertos.»
En cierta ocasión vino de visita lord Grey, considerado como la mejor escopeta de entonces, para cazar en La Flamenca. En el primer ojeo, en cuanto empezaron a volar las perdices, comenzó a errar el lord inglés y así transcurrió toda la batida. Los asistentes hacían los más sangrientos comentarios que se mudaron en estupor cuando en el segundo, el británico dejó de tirar y se limitó a acompañar el vuelo de las perdices sin disparar. Al terminar la batida le preguntaron por su extraño comportamiento y lo explicó así: «Fallé tanto en el primer ojeo que he dedicado el segundo a estudiar el vuelo de estas rapidísimas perdices, espero ahora poder enderezar mis aciertos.» Efectivamente, en las siguientes batidas mató la caza de todas las maneras, hizo numerosos dobletes e incluso descolgó varias veces tres perdices de cada bando.
Esas épocas ya no existen, pero si viven los ojeos porque se ha conseguido criar a las indómitas perdices, ha sido posible vigilar su sanidad para que no las castigue la mortandad que amenaza a todas la gallináceas y se han establecido unas técnicas, inspiradas en la naturaleza, que han logrado repetir las batidas con tal éxito que es difícil establecer diferencias. Es fundamental que la cría sea cuidadosa y el nombre de Pachi Garmendia es obligado pues en sus parques, establecidos en regiones de clima severo, obtiene unas perdix rufa sanas y vigorosas que trasladadas al campo ofrecen días espléndidos del mejor deporte.
La experiencia y los buenos usos han aconsejando introducir pronto las perdices en el terreno para que terminen su desarrollo en plena libertad y ejercitando la musculatura que mueve las alas; luego la orografía acompaña pues los ojeos se efectúan en zonas con acusadas diferencias de nivel y para rematar, la querencia se consigue proporcionando la misma alimentación. Se ha valorado la experiencia de tantos años de batidas y se buscan predios con cerros y vaguadas cuanto más acusadas mejor; también antiguamente los lugares llanos ofrecían ojeos de menor interés porque el vuelo de las perdices no era igual de potente. Toda esa filosofía obliga a mucho cuidado, dedicación y personal y el final de todo ello es que el precio de las batidas se encarece, pero el resultado es un éxito asegurado.
Como lord Grey en su día, acuden ahora las mejores escopetas extranjeras a disfrutar con los ojeos españoles y desde la baja Andalucía pasando por La Mancha hasta los cerros madrileños o de la Alcarria llegan ilusionados con su vuelo y como la vida es una constante repetición, también ahora los morros de La Flamenca siguen siendo un buen tribunal para decidir si los tiradores cumplen con su obligación y además tendrán el regalo de bien cortados ojeos, un espléndido taco a media día y una opípara comida cuando acabe.
Las técnicas de todo tipo han mejorado y modificado la vida de la sociedad: el aire acondicionado domesticando el clima, los transportes acortando distancias y los teléfonos móviles haciendo convivencia, a cambio se han perdido valores sustanciales de la persona, se menosprecia el esfuerzo, se rechaza toda incomodidad, la imagen gobierna el mundo en detrimento de la lectura, en la música sólo importa el ritmo con olvido de la armonía y conceptos como verdad, deber y honor se arrinconan como antiguallas. Una cultura hedonista nos gobierna… pero las perdices rojas continúan volando y las escopetas buscándolas en el aire.
- El marqués de Laserna, Íñigo Moreno de Arteaga, es premio Jaime de Foxá