La llamada de Asia
Asia es volver al origen, a escuchar el tranco de los caballos de poca presencia y fortaleza brutal. Es dormir bajo una lona, arropado en nieve, sobre el sudadero de los caballos. Es mirar las estrellas en un manto blando donde te das cuenta de que somos la última mota de polvo de este universo
Expedición en las montañas del Tien Shan
Me llegó la otra mañana; era una caricia fría, como cuando un familiar te toca con sus manos gélidas la cara y se sonrojan las mejillas. Era una llamada del viento del Este, susurrando que aquellas montañas echaban en falta a uno de sus viajeros.
Todo hombre sigue su camino hasta que su destino le es revelado. Y el destino te habla por boca de otros, igual que hace Dios. Mi primo Antoñito se fue a poner a prueba su afición y su corazón; las montañas del Tien Shan, donde Oriente se mece en su esplendor. El viaje no comienza con poner un pie en el destino, arranca desde el primer día en el que escuchas hablar de aquellos remotos parajes que ese gigante llamado Asia tiene bajo sus faldas…
Asia huele a borrego, a té, a alfombras. Huele a camello y a hielo. A cabra y finas lanas de cachemira. Asia es jaleo en los pueblos y silencio solemne en su montaña. La montaña, entraña de Asia, la más femenina y caprichosa de las creaciones. Donde puedes morir con su abrazo, llorar con sus caderas y sentirte cerca de Dios desde sus cumbres. La montaña es la hermana gemela de la mar, ambas son bellas. En su serenidad puedes disfrutar. Pero como enfurezcan, no existe recuerdo más cierto de lo frágil que es el hombre y lo potente que es la naturaleza.
Asia es volver al origen, a escuchar el tranco de los caballos de poca presencia y fortaleza brutal. Es dormir bajo una lona, arropado en nieve, sobre el sudadero de los caballos. Es mirar las estrellas en un manto blando donde te das cuenta que somos la última mota de polvo de este universo.
Trofeo de caza en las montañas del Tien Shan
Ir a Asia es pagar para pasarlo mal, para repetir varias veces eso de «qué hago yo aquí»
Asia es recordarte lo que es duro y frío, lo que es comer poco y mal, caminar donde no crees que puedes, cabalgar más horas de las presumidas y hablar con tu espíritu que allá arriba saca toda su energía al estar adormilado en el día a día.
Ir a Asia es pagar para pasarlo mal, para repetir varias veces eso de «qué hago yo aquí». Es sentarse en un cerro de vistas sempiternas a ordenar los pensamientos y el corazón, a priorizar amigos de conocidos. A elegir con quién tomar la primera cerveza al llegar y de recordar que la vida es un regalo que todos los días nos entregan.
Mi primo Antoñito me contó su viaje, sus miedos, sus aciertos y sus miserias. Asia juega contigo con todas las cartas marcadas. La montaña te da lo que mereces, ni más ni menos. Ella solo escucha a tu corazón, no a tus palabras. A sus preferidos los castiga, los margina, pero al final de la visita les da un premio porque quieren que regresen a verla. Como cuando una abuelita da un aguinaldo a su nieto para que no se olvide de regresar el próximo día.
Escuché a mi primo, cada detalle, cada suspiro. Cada tranco y cada confesión. Allá carcajeó y lloró, gritó y calló. Y habló de ella – de Asia- como el amante que ya es, aunque él aún no lo sepa.
Corté su discurso apasionado mientras choqué nuestras cervezas:
-Ya eres suyo, te ha guiñado un ojo y no morirás sin volver a bailar con ella.
Si has oído la llamada de Asia no volverás a escuchar otra cosa…
- Lolo De Juan es gestor agropecuario