Las liebres

Llevábamos los preciosos látigos de su padre, que conservo. Fue una larga carrera. El galgo del pañuelo mató la liebre. Chascamos el látigo para que no se la comiera

Galgos

GalgosFederación Madrileña de Galgos

Tío Jimmy, marqués de Ardales, a quien llámabamos Titi, era hermano pequeño de mi abuelo. Tenían otros 3 hermanos muy queridos y mucho mayores del primer matrimonio de mi bisabuelo el duque de Santoña. Serian los maestros de mi abuelo en la caza.

Yo le adoraba. Solterón, siempre alegre y sonriente. Era opuesto a mi abuelo. Bastante tripa, poco deportista, y nunca le gustó la escopeta. Muy apasionado, podían sacarle de sus casillas sus dos aficiones que suelen ir unidas: los toros y los galgos.

Él más taurino: siendo jóvenes, en la pomposa y elegante mesa del palacio de Liria, donde entonces vivían mis bisabuelos, una gran discusión sobre toreros. Tío Titi le tiraría un vaso de agua a la cara a mi abuelo. Que se levantó, le arrebató la jarra a un criado y se la tiró de vuelta. Cayetana nacería después.

Los galgos los tenía muy cerca, en «Las Migueras» una finca al Oeste de Madrid. Allí había creado una pequeña farm tan inglesa como le fue posible. Yo le acompañaba muchísimas veces. Y me dejaba montar a «Yacaré» su preciosa yegua hispanoangloárabe del hierro Puertohermoso, que me acabó regalando. Para mí era la máxima felicidad. Los galgos los paseaban en el Land Rover, con una garrocha larguísima amarrada al parachoques, donde iban todos atados, trotando elegantemente. Tras el calentamiento, los habían soltado para que corrieran por el olivar.

Mi tío iba con Carmelo el encargado en el «cuatro latas» aquel mítico Renault 4, entonces el coche rural por excelencia. Al ver a lo lejos el coche, me acerqué a galope corto. Los galgos vinieron para mí. Yo seguía galopando. El coche paró y empezó a pitar. Me animaba para que corriera. Encantado, empecé a galopar más. Los galgos, disparados a mi lado. El coche pitaba como loco. Yo cada vez más deprisa a todo lo que daba el caballo. Estaba entusiasmado entrenando a los galgos.

Al llegar cerca, algo iba mal. Los oía vociferar. El primer galgo se estampó contra la puerta. Pum, pum, los otros dos que venían detrás también. La bronca de mi tío y de Carmelo. Cargamos los perros… y al veterinario. A mis 12 años aprendí que los galgos seguían ciegamente al caballo, y que no eran los más listos.

Jimmy, marqués de Ardales

Jimmy, marqués de ArdalesDibujo de Poiret

Fuimos de caza. La gran aventura. Salíamos de casa de mi tío, junto a Liria. Alfonso el mecánico, el más aficionado de todos, conducía el precioso Mercedes burdeos. Serio y circunspecto, tenía la dificilísima habilidad de avistar las liebres encamadas. Domingo el portero, otro forofo, iba de copiloto. Y detrás nosotros dos. Y luego una procesión de coches destartalados, de unos gitanos simpatiquísimos. Ellos son otra debilidad de mi familia. Saludaban con grandes reverencias a mi tío y le presentaban sus perros. Barcinos que son parduzcos moteados. Todo el mundo contentísimo.

Partió la expedición hacia Campo Zalvaro. A casa de Santi Muguiro. Que le invitaba a correr las liebres aunque él no estaba. Antes llegó el precioso camión de las Migueras. Detrás, forrado de capitoné en cuero rojo, venían las yeguas. Y delante jaulas en pisos con un montón de galgos.

Montamos. Todos en mano detrás de Alfonso. Había cambiado su elegante uniforme por el mono azul. Llevaba la traílla atada a la muñeca sujetando un seguro que liberaba simultáneamente dos galgos. Detrás nosotros a caballo. Y luego toda la tropa llevando los demás galgos. Clavaron una banderita en el suelo como referencia. Llevaríamos una mano de unos 15 metros. Al final del interminable llano, otra bandera. Y regresábamos con esas referencias. Cuando llegábamos se desclavaban y se ponían donde habíamos cazado ya.

Salió una liebre. Los perros histéricos. Alfonso libera la traílla y los dos perros que compiten salen disparados. Como eran parecidos a uno le habían atado al cuello un pañuelo rojo. El griterío de nuestra comitiva animaba todo.

Si chascas demasiado, los galgos se acobardan. Y encima a las yeguas no les gustaba nada

Yo, ya mosca, iba a galope detrás de mi tío. Llevábamos los preciosos látigos de su padre, que conservo. Fue una larga carrera. El galgo del pañuelo mató la liebre. Chascamos el látigo para que no se la comiera. Yo estaba encantado chascando. Pero resulta que también lo hacía mal. Si chascas demasiado, los galgos se acobardan. Y encima a las yeguas no les gustaba nada. Otra bronca. Me tuve que bajar del caballo para trincarlos. Les pasaba el látigo por el cuello y los llevaba con los demás. Yo acariciaba mucho y felicitaba al galgo que había matado la liebre. Fatal también. Resulta que era «sucio» pues mientras el otro galgo «limpio» seguía a la liebre, este mucho más listo estaba descalificado por acortar y esperar para agarrarla. En mi inocencia, no entendía nada. Cuanto más tontos… mejor.

Peor fue con otra liebre. En mitad de la carrera salió otra. Y uno de los galgos abandonó la que estaba ya cansada y empalmó tras la nueva. ¡Adiós! Yo tenía que ir solo detrás del perro. Del fondo soltaron tres. Venían como el diablo, en su fascinante carrera culebreando. Yo a cierta distancia sin saber muy bien. La liebre cruzó una alambrera de espino para las vacas. Yo voy parando, pero los galgos no. Uno se la traga. Otro porrazo. Y un buen corte. Mi tío llegó desesperado. Esta vez no me cayó la bronca pues paré a tiempo. Se bajó para ver el perro. Había que coserlo. Junté mis manos para conformar un estribo y ayudarle a montar, y… le ayudé demasiado. Mi tío, gordo y torpón, cayó por el otro lado. Yo agobiadísimo. El terreno estaba blando, y menos mal, le dio por reír.

Terminamos. En mitad del campo una magnífica mesita con mantel, donde nos sirvieron una estupenda comida. Sentimientos encontrados. En casa adoramos a los perros. Vivimos rodeados de chuchos y nos son tan próximos, que los enterramos en cementerios con su lápida.

Pero con los galgos pese a su belleza y simpatía y que me encantaba cazar con ellos, por cautela, mantuve cierta distancia. Siempre acababa ganándomela por su culpa.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero

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