El subconsciente
Corrían aquellos entrañables años de estudio y protestas. En la escuela de Arquitectura descomprimíamos la insoportable presión académica con divertidas excentricidades
Trofeo de venado con sombreros en las cuernas
Queridos incautos: Al poco de morir Franco, tras unos ordenados y disciplinados años en aquel colegio del Pilar, de excelentes profesores vocacionales y buenas calificaciones, llegué a aquella locura de la escuela de Arquitectura de finales de los 70. El choque cultural fue descomunal.
Todas las paredes pintadas… y con magníficas pinturas. Ni un metro cuadrado en blanco. Trencas. Gente variopinta divertida abierta y encantadora. Opel corsas, Ford Fiesta, Seat 127, y R5. Vespinos, vespas, alguna moto grande. Alguno venía a clase en patinete. Un ambiente bohemio que complementaba un rigor académico propio de un campo de concentración.
Las protestas eran ingeniosas y las gamberradas muy divertidas. Había una cierta tensión política que se reflejaba en las surrealistas pintadas de los anarquistas: «No queremos trabajar. Queremos fresas con mata» «O legalizan el aborto o Fraga es ilegal» «Contra Franco vivíamos mejor»
La protesta más divertida fue en las fuentes de Colón. Entre música de Mecano y Los Secretos y sobre todo muchas risas echamos jabón de lavadora y la Castellana se convirtió en un inmenso mar de espuma blanca. No sé si fue muy bueno para los motores del agua. Pero no había intenciones vandálicas. Solo de montar el espectáculo. Y la verdad es que los conductores se partían de risa.
Todo sucedía en el inmenso Hall. Un trasiego de gentes entre clases. Y unos siempre elegantes bedeles de uniforme azul con galones en los puños. Cuando acababa la clase, se abrían las puertas del aula: «Señor profesor, es la hora». Y educadamente se esperaba el fin de la explicación.
Uno de los días más esperados era el «examen de pardillos» para los aspirantes a la tuna. Habían descolgado una puerta y habían atado crucificado a cada lado a un pardillo en calzoncillos.
Unas mesas puestas a unos 6 metros de distancia llenas de tomates. Valían 15 pesetas tres tomates. Cuando se los lanzabas el pardillo intentaba dar la vuelta para que el tomatazo lo recibiera el otro y así giraban como una peonza ente risotadas hasta de los elegantes y circunspectos bedeles.
El padre de uno de nuestros compañeros era don Luis García. Un personaje fascinante de los que solo se pueden dar en este país. Militar, veterinario, emprendedor, había llegado desde León para innovar. Fue uno de los pioneros de la «integración». Regalaban lechones a los ganaderos, les proporcionaban el pienso y veterinario, y les recompraban los cerdos una vez cebados.
Exitoso empresario, al final de su vida comenzó a investigar en una materia que él llamaba sofrología y nosotros hipnosis. Llegó a catedrático y escribió libros. Sus aplicaciones eran incomprensibles. Tenía un cabo al que durmió delante de unos generales. Le pidió que fuera diciendo las matrículas de los coches aparcados en la calle. Ante su sorpresa y reservas, le pidió que fuera diciendo las de los coches que pasaban. A veces bailaban los números. Pero era algo tan fascinante como inexplicable. Esa habilidad la utilizaron en secuestros como el de Villaescusa. Y sobre todo en tratar adicciones.
Su teoría era que el cerebro tiene tres partes. Una reptiliana, atávica común a los animales, responsable de los instintos y los «deja vue». Está intercomunicada entre todos. Es la parte que hace que un pollito recién nacido sepa temer la sombra del halcón. Otro más evolucionado y humano, también pequeño que es el subconsciente donde se albergan las emociones y por tanto las adicciones. Y sobre ellos muchas capas del más humano: el consciente. Que amarran el «lo quiero y lo quiero ya», a través de la educación y las convenciones sociales.
Trofeo de venado con sombreros en las cuernas
Hay que llegar al subconsciente para acceder al centro neurálgico de la voluntad, y convencer a alguien que deje de fumar. Para demostrarlo decidió hipnotizarnos. Nos hacía hacer payasadas y equilibrios en una silla que eran las risas de todos.
Llegó mi turno. Te atravesaba su mirada intensa. No debías de resistirte. Seguía con la mirada el péndulo. Recuerdo la sensación de cuando estás durmiéndote sin fuerza para apagar la luz de la mesilla. Me ordenó volver al momento de la caza de mi primer venado. De repente se abrió una película como en un cine. Era el Risquillo. Esa finca tan ligada a mi familia. Allí mató mi abuelo también su primer venado.
Tenía las puntas rotas. Un luchador en la berrea. Yo temblaba a mis 13 años. El trotecillo con la boca abierta
Estaba en aquel promontorio. No había cortaderos. Tío Dicky Algeciras el gran cazador, colocaba los puestos magistralmente. Muy separados. Latían lejos los perros. Volvía a entrar por aquel arroyo. Era bueno, y más para aquella época, cuando no había los gigantescos venados de hoy. Tenía las puntas rotas. Un luchador en la berrea. Yo temblaba a mis 13 años. El trotecillo con la boca abierta. Mi secretario un viejo sabio de Andújar al que llamaban «el general». Menudo, nervioso, barba de dos días una colilla perpetua en los labios comprobando el viento. Estaba casi más nervioso que yo. Rifle sin anteojo. Apunto… y cae.
Las carcajadas de mis amigos me devolvieron a aquel salón donde estaba ridículamente apuntando rodilla en tierra. Abochornado, intenté como pude recuperar la compostura. Pero lo había vivido de nuevo. Tan, tan, tan intensamente… La cara del «general». Recuerdo hasta su zurrón. De piel de gabata. Lo que llevaba dentro. Un bocadillo de queso en papel de estraza, que había compartido conmigo. Las piedras del arroyo. Los olores a Jara a Romero y a Montuno. El agua helada donde lavó la navaja.
De vuelta a nuestro mundo científico de suspensos continuos. Entre aquellas infernales ecuaciones diferenciales, o la intersección del paraboloide, aquel esoterismo se nos quedaba en la nebulosa. Y lo recordamos con agrado, pero desconcertados. Con la desazón de la incredulidad abatida.
Hoy cada vez que miro la cuerna de aquel mi coloso, echo un cariñoso recuerdo al general. Y a don Luis, a quien gracias a aquellas sus esotéricas artes recuerdo tan intensamente uno de los días más felices de mi vida.
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero