Corzas de febrero

Febrero nunca es tibio ni de tránsito amable. Este año, la lluvia ha insistido con una constancia casi cruel y la nieve, caída en las cumbres y retenida en las umbrías, ha prolongado ese férreo silencio con el que el invierno recuerda quién manda

Corzos en el campo

Corzos en el campoEuropa Press

Castilla es forja de hombres. En febrero el horizonte se alarga y se desnuda, el viento afila la cara y la niebla obliga a replantear lo que parecía decidido la noche anterior. Las botas crujen sobre la tierra endurecida mientras, entre el damero de siembras y perdidos «este año cebado por el agua», se intuye la discreta silueta del Capreolus. Todo es quietud y, sin embargo, todo es vida.

En febrero el trofeo del corzo no adorna paredes; exige rigor y satisface a cazadores que miran más allá del disparo. Es mes de gestión para hombres comprometidos, que con cada decisión aseguran un futuro para propios y extraños.

Febrero nunca es tibio ni de tránsito amable. Este año, la lluvia ha insistido con una constancia casi cruel y la nieve, caída en las cumbres y retenida en las umbrías, ha prolongado ese férreo silencio con el que el invierno recuerda quién manda. Los arroyos han retomado su voz, las cunetas desbordan y los caminos, convertidos en turbios barrizales, obligan a medir cada paso como si el campo anegado exigiera respeto a quien tiene prisa.

Desde cualquier loma se leen vaguadas, linderos y querencias con una precisión que la primavera borrará bajo su verde cuajado

Hay algo austero en la claridad de estos días. El monte, todavía desnudo, delata presencias que en pocas semanas serán invisibles. Las manchas se abren, los ribazos dibujan con nitidez la costura del territorio y desde cualquier loma se leen vaguadas, linderos y querencias con una precisión que la primavera borrará bajo su verde cuajado. Febrero allana el monte a la primavera.

Y ese lapso descarnado, «breve, húmedo, frío», deja al descubierto nuestro anhelo. Las hembras se recortan sobre baldíos reblandecidos, bajo la nitidez severa de un trampantojo pajizo; se mueven sin prisa, agrupadas aún por inercias que pronto se diluirán. Todo se ve mejor, aunque cueste más. Este año a Júpiter se le ha ido la mano.

Durante el fin de semana en que la Asociación del Corzo Español celebra sus Jornadas de Caza de Corzas, las partidas patean los distintos cotos burgaleses, sorianos o vallisoletanos, con la vista puesta en Villalmanzo. Socios y amigos se afanan en sostener los compromisos de gestión, ajustando los cupos a la realidad del terreno. La faena se despliega en parajes diversos, donde siempre cabe uno más.

Mientras tanto, en algún alto del páramo, sobre una cárcava o a testero contrario, un joven sostiene los prismáticos con manos inseguras. A su lado, una voz firme pero amable le acompaña. ¿Ves cómo camina? ¿Observas bien el escudo y la panza? ¿La diferencia de tamaños? La elección es meditada; se examina, se concluye y se vuelve a mirar.

Conceptos que en un aula pueden parecer abstractos, «ratio de sexos, densidad, estructura de edades, estado corporal», adquieren sentido sobre la escarcha. Cuando finalmente se produce el disparo, se celebra el resultado de una elección consciente. Hay abrazos, regocijo por un trabajo bien hecho que aún no ha terminado. Toca preparar la canal para su transporte y posterior extracción de muestras. Hoy la canal no es el fin en sí mismo, es una herramienta más.

Es en la Granja Tordable, en Villalmanzo, donde todo converge al final de las Jornadas. Se reúnen las partidas, se alinean las canales y el trabajo continúa. Las reses representan un logro colectivo, el resultado de un compromiso y de una forma de entender la naturaleza; configuran el banco de datos sobre el que se sostiene la realidad del corzo. Datos que no aportan las administraciones, sino el trabajo sostenido mediante los convenios que la ACE e INVESAGA mantienen para conocer esa realidad. Entre bisturíes, tubos de ensayo y conteos minuciosos, los más jóvenes miran, preguntan y aprenden. Otros, más talluditos, ya no miran: participan en la extracción de las imprescindibles muestras.

Después llega la mesa compartida. Alubias rojas bien de compango y un Ribera «cortesía de uno de sus miembros» elevan el tono de conversaciones ya más relajadas, donde las enfermedades emergentes o cómo ajustar los cupos para el próximo año se alternan con asuntos más cotidianos y familiares. Tras una opípara comida, las Jornadas se cierran con un taller de afilado, en el que un reconocido cuchillero, socio de la casa, nos enseña cómo mantener en perfecto estado los cortantes achiperres. La jornada se diluye entre sonrisas, abrazos y la promesa de regresar el año que viene, con la esperanza de volver a ser más. Los espaldas plateadas nos miramos con una sonrisa cómplice al comprobar que, al menos en la ACE, el relevo generacional está garantizado por jóvenes de mente sana, ávidos de aprender y disfrutar del campo.

Las Jornadas de Burgos no son las únicas. Guadalajara celebra a la limón en Sigüenza, como en su día se hicieron en Cuenca o Soria. Cualquier lugar donde un grupo de valientes dé un paso al frente puede convertirse en escenario. Porque allí donde haya campo y voluntad, la ACE hará lo que siempre ha hecho y seguirá haciendo: pelear, estudiar y transmitir; aquello para lo que fue creada.

Sería de justicia nombrar a muchos de los que hacen posibles estas Jornadas: organizadores, colaboradores, empresas, propietarios y socios que, año tras año, sostienen con su trabajo lo que otros solo ven en una fotografía final. Pero sé bien que ninguno necesita el halago amable de esta pluma. El reconocimiento lo conocen de sobra. Y si alguno se me ha colado por una gatera, que le ondulen…

Quien pisa este escenario por primera vez descubre algo elemental: la naturaleza no funciona por consignas; en ella no hay dramatismo ni teatralidad, ni lalachuses. No hace falta elevar la voz para señalar el efecto de la ausencia de predadores. No es un debate cultural, es un hecho ecológico.

En sistemas donde la presencia humana ha sido constante y estructural durante siglos, gestionar no introduce nada ajeno; mantiene el equilibrio de un medio del que siempre hemos formado parte.

Al caer la tarde, de regreso a casa, cuando el asfalto sustituye al barro y el horizonte se oscurece, la imagen de una pelota de corzos se perfila junto a un viejo roble en algún lugar de mi mente. Mientras mi corazón escucha cómo una ladra rompe el silencio, breve y seca.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es miembro de la Asociación del Corzo Español

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