Necesitamos un nuevo Noé

Agricultores que no pueden conducir sus tractores ni para hacer una zanja y canalizar la desdicha: abandonar el asfalto es quedar atrapado bajo los tentáculos del barro que los engulle hasta su eje, solo les queda contemplar con impotencia como el trabajo de un año se escurre entre sus manos

Río Huegra a su paso por Castillejo (Salamanca)

Río Huegra a su paso por Castillejo (Salamanca)Cedida por el autor

«Me dije a mi misma que esa noche lo descubriría. Que no iba a dejar pasar otro día sumergida en la ignorancia. Necesitaba conocer la identidad del sujeto que con nocturnidad se llevaba los troncos y las ramas de los árboles degollados estos días de lluvias y vientos huracanados.

Me levanté de la cama en plena madrugada. Me eché sobre el pijama un abrigo largo y me calcé unas botas de agua. No había tiempo que perder. Salí caminando de casa hacia el cercado de las novillas donde unos cuantos brazos de encina reposaban sobre el suelo encharcado. Los últimos metros fui de puntillas. Cuando lo vi.

Era un hombre barbudo, de otra época. Vestía una capa azul de lana gorda, bajo ella asomaba una túnica blanca. Hablaba en lengua extraña con aquellos que parecían sus hijos, a los que llamaba Sem, Cam y Jafet. Los animales los observaban ensimismados. Había una pareja de zorros, otra de liebres y una de jabalíes. Me costó descifrar lo que decían, hasta que entendí unas palabras sueltas que dieron significado a todo: 'construir una barca; diluvio; mandato divino'...» .

Un portazo interrumpe mi espionaje. Despierto de ese sueño que abrazaba una hecatombe que me daba escalofríos. Me froto los ojos con fuerza, queriendo que esos dedos índices que se restriegan contra mis parpados me libren de la pesadilla. Sosegada del sobresalto, miro por la ventana y la realidad del sueño se hace palpable aun con la conciencia plena: los arroyos siguen convertidos en ríos, los ríos en mares y los charcos en lagunas. Noe no está, pero el diluvio sobre España continua.

¡Qué locura de agua! ¡Qué locura de tiempo! Dicen los lugareños, ya sean de Andalucía o la Vieja Castilla, que no conocen un invierno como este. Chivan los registros que hacía décadas que no había un enero y un febrero con tantísimas precipitaciones. Las borrascas se suceden: Francis, Goretti, Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta, Nils, Oriana y después, Pedro. ¿A qué grupo de meteorólogos se le ocurrió bautizarla con el nombre del innombrable? Antes el sustantivo de Pedro te recordaba al Sumo Pontífice, ahora va de la mano de la desgracia. No soy supersticiosa, pero con este individuo empiezo a pensar que el gafe se ha asentado en mi patria. Todo pasa y todo malo. No veo luz con este gobernante: pandemias, inundaciones que hacen evacuar a pueblos enteros, DANAS, huracanes, accidentes… Solo nos falta que caiga un meteorito sobre la Piel de Toro, y no dudo, de que así fuese, sería bajo su mandato. Dejaré en paz al presidente, ya que, si sigo escribiendo sobre él, voy a despistarme del motivo de estas líneas para adentrarme en un territorio de terror, rabia y mal humor.

Campos de siembra de avena y trigo blanco en Marchena (Sevilla)

Campos de siembra de avena y trigo blanco en Marchena (Sevilla)Cedida por el autor

Al campo no se le pueden poner puertas y a las inclemencias del tiempo tampoco, pero si al ya fustigado, con premeditación y alevosía - una burocracia interminable que pone trabas a todo o un posible acuerdo de libre comercio Mercosur-Unión Europea entre otras cosas-, le sumamos la tragedia de estos días… Espada, descabello y puntilla entran en acción al mismo tiempo.

Nuevamente el sector primario está extenuado. Flagelado sin piedad. Se calculan pérdidas millonarias. Miles de hectáreas de siembra sumergidas en las profundidades, cosechas perdidas, campos erosionados por las correntías eliminando los nutrientes. Agricultores que no pueden conducir sus tractores ni para hacer una zanja y canalizar la desdicha: abandonar el asfalto es quedar atrapado bajo los tentáculos del barro que los engulle hasta su eje, solo les queda contemplar con impotencia como el trabajo de un año se escurre entre sus manos. Ganaderos de extensivo a los que se les mueren los corderos y los terneros al nacer porque caen sobre trampas de agua que los ahoga sin clemencia, no encuentran ni un metro cuadrado de terreno seco para tumbarse. Infraestructuras dañadas: vallas arrancadas, embarcaderos derrumbados, caminos reventados, cobertizos volados… El panorama no me negarán que es desolador. Gritos mudos de dolor recorren la península ante la ruina que desprende el cielo. Gritos que piden ser alzados y escuchados.

¿Qué harán cientos de ganaderos y agricultores a los que ni un euro les va a engordar la cartera?

Habrá lugares en los que el Estado declare zona catastrófica y con ello podrán beneficiarse de las ayudas; otros tendrán una póliza contratada que al menos le asegurará un 70 por ciento de la producción; pero… ¿qué harán cientos de ganaderos y agricultores a los que ni un euro les va a engordar la cartera? Una cartera ya anoréxica de todo lo que llevan vivido. No todo se puede asegurar en el mundo rural, las primas serían desorbitantes, así que a esas personas no les va a quedar más remedio que volver a ceñirse el cinturón y tirar «pa´lante», hasta que ya no puedan más, abandonen sus labores y con ello el sector primario se ignore más de lo que ya está.

A veces pienso que va a tener que venir un nuevo Noe a salvar a la gente del campo, cobijarlos en su barca a la espera de que una paloma traiga una ramita de olivo indicando que las aguas han vuelto a su cauce, que la primavera ya asoma por el horizonte, que sus voces y suplicas se oyen y que se toman soluciones. El sector primario debería ser «la niña bonita» de un país. Es verdad que el porcentaje que aporta al P.I.B no es de los mayores, pero ser dependientes en este sector es un retraso y un peligro.

Solo les pido queridos lectores, que por un momento nos pongamos en la piel de esas personas que tienen puesto un ojo en la tierra y otro en el cielo. Las que en mayo sacan a San Isidro en procesión pidiéndole agua y al que ahora tienen encarcelado en una mazmorra subterránea. ¡Qué difícil es hacer florecer un negocio donde el tiempo es uno de los protagonistas principales en la ecuación! Y más difícil aún, cuando quienes deberían ayudarles les vuelven la espalda y no luchan por sus intereses. Unos intereses que son de todos. No lo olvidemos.

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, master de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá

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