El excedente agrícola es el origen del Estado

Las sociedades pueden entretenerse en batallas simbólicas cuando la despensa está llena y la energía fluye. Pero cuando el suministro se vuelve incierto, la política vuelve a su fundamento clásico: pan, techo y seguridad

Campo de cereal en España

Campo de cereal en EspañaEuropa Press

Durante décadas hemos vivido bajo la ilusión de que lo intangible era decisivo, y que cuestiones como la conectividad, la inteligencia artificial (IA), los datos, la marca, la ingeniería financiera o la «economía del conocimiento» bastaban para sostener una civilización. Pero cada vez que se introduce fricción en un momento histórico –pandemias, guerras, sanciones, sequías, colapsos logísticos– reaparece un antiquísimo veredicto: todo aquello que sostiene una civilización es material. Y sí, en muchos momentos históricos e incluso en el actual, se ha repetido un patrón.

En épocas de relativa estabilidad tendemos a valorar activos intangibles porque parecen universales y escalables. Y así, se vuelve a apreciar que necesidades como alimentos, energía, fertilizantes, minerales, agua, desplazamientos o capacidad industrial se vuelven esenciales –siempre lo fueron–, palpitando como imperiosa realidad y no humo.

Cuando la realidad aprieta, lo auténtico cobra relevancia. Nos vendieron esos intangibles como sustitutos de lo material: la globalización, con su interdependencia no ha sido garantía de paz, y sus canales, las rutas marítimas, los estrechos y los pasos estratégicos son capaces de ahogar el comercio internacional. La ingeniería financiera y el dinero digital se desvanecen ante la inflación, mientras la economía se fortalece con la riqueza material, porque la inflación no se combate con un Excel.

La economía del conocimiento, con su software, «innovación» o marcas no se sostienen sin acero, maquinaria o industria. Las plataformas, la IA o internet no son más valiosas que las infraestructuras. Sin minerales, lo digital se apaga. Importa la seguridad, con la guerra híbrida y lo ciber, pero la industria y la energía son sus fuentes. Y por supuesto, la comida no es una mercancía más sino la base de la vida, y depende de factores tan materiales como el suelo, el agua, las semillas, los fertilizantes y la ingeniería, de los sectores productivos en su máxima expresión.

Conviene decirlo con claridad y sin complejos, las sociedades pueden entretenerse en batallas simbólicas cuando la despensa está llena y la energía fluye. Pero cuando el suministro se vuelve incierto, la política vuelve a su fundamento clásico: pan, techo y seguridad, y esto no es cinismo: es historia. Los intangibles son valiosos, cómo no (cohesión, confianza, reputación, conocimiento), pero solo rinden cuando están apoyados en una base material estable compuesta de alimentos accesibles, de energía abundante, de infraestructura, materias primas y capacidad productiva.

Los Estados no nacieron para garantizar derechos ni para organizar la convivencia, por el contrario, surgieron para administrar los excedentes, agrícolas en primera instancia

En torno a esta idea y a las necesidades materiales imprescindibles, debemos regresar a la encrucijada donde nació: al excedente. Sabemos que los Estados no nacieron para garantizar derechos ni para organizar la convivencia, por el contrario, surgieron para administrar los excedentes, agrícolas en primera instancia. Aunque a muchos pueda resultar incómoda esta afirmación, es una de las claves más sólidas para comprender el origen del poder político.

Durante la Prehistoria, las sociedades humanas vivieron en economías de subsistencia. Cuando todo lo obtenido por diferentes medios se consumía de inmediato, no había margen para estructuras complejas de poder. Pero la aparición de la agricultura cambió esa ecuación de forma irreversible y, por primera vez, fue posible producir más alimento del necesario para sobrevivir. Y fue justamente ese excedente el que transformó la historia, porque donde hubo excedente surgió la necesidad de almacenarlo, protegerlo y distribuirlo. Y allí apareció el Estado. No como una entidad abstracta, sino como una estructura de control y prevención: alguien debía decidir cuánto se guardaba, quién accedía a ello y en qué condiciones. El poder político nació, así, ligado a silos y graneros.

Las primeras civilizaciones agrícolas muestran este patrón con claridad. En el Creciente Fértil lo vemos con nitidez en las ciudades tempranas como Uruk, ubicada en la baja Mesopotamia, donde organizaron su vida en torno a almacenes y templos. Y en ellas el control estatal sobre la producción de cereal y el control del riego permitió sostener a especialistas no productores como escribas, administradores, sacerdotes y guerreros. Y, con ellos, una jerarquía estable. Las matemáticas o la geometría y la escritura cuneiforme nacieron para registrar terrenos y su producción, para realizar y formalizar cuentas, raciones, entregas y tributos. El poder político se fijó, literalmente, en tablillas cerámicas de contabilidad.

El excedente transformó la historia, porque donde hubo excedente surgió la necesidad de almacenarlo, protegerlo y distribuirlo

Egipto nos ofrece una visión diferente. La centralización faraónica se apoyó en una administración capaz de movilizar un sistema de producción agrícola y prevención de escasez, gracias a la creación de una red de depósitos que amortiguaban la irregularidad de las cosechas. El cereal fue el primero de los alimentos, porque en Egipto, el grano fue comida y bebida, salario y reserva estratégica. Donde hubo excedente bien gestionado hubo también seguridad alimentaria.

El mundo clásico y en particular el romano configuraron una civilización de leyes, de arquitectura y monumentales infraestructuras e ingenierías agrícolas. Sí, el Mediterráneo romano fue una civilización de mármol y leyes, pero también de trigo. Cuando el grano de la Bética o de las provincias norafricanas fallaban, el sistema temblaba. La annona –el sistema de abastecimiento que garantizaba cereal a Roma– no fue una anécdota asistencial, sino un instrumento de estabilidad política perfectamente ideado. El pan, más que el discurso, era el cemento social, y si las rutas se volvían inseguras, la retórica del Imperio servía de poco.

Idéntico principio se repitió en América. Y por ejemplo, el Estado inca construyó una impresionante infraestructura de depósitos –qollqas– a través de los caminos. Gracias a la previsión y almacenaje de maíz y chuño pudieron alimentar a su población, sostener obras públicas y enfrentar crisis. Esa logística fue una auténtica hazaña organizativa.

Conviene subrayar una segunda lección: sin excedente no hay Estado, pero el excedente mal gestionado induce el conflicto. Cuando la redistribución falla, cuando el sistema se vuelve incapaz de sostener a quienes producen, la desigualdad deja de ser «funcional» y se convierte en factor de descomposición.

La historia, en este sentido, insiste: no hay estabilidad política sin seguridad de carácter alimentario y energético. Porque, en cualquier caso, y en el otro extremo de la escasez, si la extracción por parte del poder se vuelve excesiva, la sociedad se rompe. No es casual que tantas revueltas campesinas hayan estado vinculadas con el grano, con los impuestos sobre alimentos, por el acceso a la tierra o con respecto a la obligación de entregar parte abusiva del fruto obtenido.

En las sociedades contemporáneas, el excedente ha cambiado de forma, pero no de lógica. La distancia entre quienes producen alimentos y quienes deciden sobre ellos ha aumentado. El campo se vacía, el conocimiento agrícola se desaprovecha y la gestión se traslada a instancias cada vez más alejadas de la realidad productiva, que lo rechazan y lo desconocen. El resultado es un sistema vulnerable, desconectado y socialmente frágil.

Comprender el excedente es comprender el origen del poder. Ignorarlo es repetir, una vez más, los errores que la historia lleva milenios documentando. La historia no se repite, pero insiste. Y casi siempre lo hace por el mismo lugar: el alimento.

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