La sala de trofeos
Finales de los 70, todos mis coetáneos esperábamos ansiosamente cumplir los 18 para conseguir el carnet de conducir. Lograrlo era acceder al mundo de los mayores, y poder viajar. Los horizontes se ampliaban hasta ser inabarcables. Nos aguardaba un infinito mundo por descubrir
La particular sala de trofeos de caza de Melonares, finca de Valentín Madariaga
Queridos Incautos: Éramos tan jóvenes, que entonces ni lo sabíamos. Estudiábamos como leones. Y Nuestros fines de semana eran de escapar en estampida para huir de la presión. Bocadillos y pagar la gasolina entre todos, subidos en aquellos infaustos coches que nos transportaban horas por serpenteantes carreteras, escuchando Abba y Mecano. Íbamos a casa de nuestro amigo Íñigo, a dar un «zapeo» a ver si éramos capaces de tirar algún guarro. La casa era remota, fría y bastante abandonada. Lo habitual en aquellos parajes manchegos para aquel uso ocasional. Entonces las casa de las fincas alejadas eran albergues austeros. Los lujos llegaron muchos años después. Cuando la caza dejó de ser una actividad velada y de aprovechamiento marginal para convertirse en un venerado ejercicio elitista, fuente de ingresos y de prestigio social.
Las carcajadas de aquellas noches cargadas de travesuras, risas y alcohol eran insuperables. La solidaridad la camaradería… Y por encima de todo la sensación de libertad.
El gancho resultó un fracaso. Lo cual era lo de menos. Volviendo a Madrid, Valentín Madariaga, insistió en pasar a a ver «El Castaño» la finca de Ricardo Medem, gran amigo de su padre. El carril de la finca, castigado por las lluvias de Otoño estaba surcado por enormes cicatrices que lo hacían casi intransitable. Una perpetua disputa con linderos impedía arreglarlo. Demasiado para aquel R5 cargado de rifles, morrales, maletas y nosotros 5. Una piedra traicionera de un golpe seco amenazó al cárter.
La particular sala de trofeos de Melonares, finca de Valentín Madariaga
A trancas y barrancas alcanzamos la casa de la finca. Antes se llamaban cortijos. Pero esta era diferente. Nos recibió «Chenche» un guarda con cara de furtivo que era el encargado. Circunspecto, muy listo, y muy duro. Sonreía poco. Los antiguos furtivos eran siempre los mejores guardas. Años después sería un buen amigo del que aprendí tanto. Nos dirigió a un foso para cambiar el aceite a los tractores. Algo que había en todas las fincas entonces.
Descendimos por turnos con la linterna. A dar opinión. Tenía un golpe fuerte. Pero goteaba muy poco. Hicimos un apaño para poder regresar a Madrid echándole algo de aceite cada 50 km.
Y por fin fuimos a visitar la casa. Había un par de americanos muy altos pálidos y bonachones. Vestidos rarísimos con un traje de camuflaje. Estaban con Pipi, un simpatiquísimo guía español de sonrisa fácil semi oculta tras su inmenso bigote, Había sido baloncestista. Él marchó con los guiris y nosotros visitamos la casa. Nos habían dejado solos. Las habitaciones estaban fuera. Todas con puerta desde la la calle. Los espacios comunes eran enormes.
Mirábamos la paredes absolutamente embelesados. Cada Rincón era fascinante
Entrando, en el Hall empezaban las sorpresas. Enormes bichos africanos disecados de pecho. Y el comedor tenía una inmensa pared blanca que era el paroxismo. Más de 50 animales disecados de pecho te miraban mientras cenabas. Un descomunal rinoceronte. León de melena negra. No sé cuántos antílopes raros. Y hasta un bongo. No salía de mi asombro. Mirábamos la paredes absolutamente embelesados. Cada Rincón era fascinante. Todo abigarrado, tan lejos del orden sistemático con que se colgaban nuestros vetustos venados en nuestras casas…
Esto era otro mundo. Era un currículum venatorio iluminado como si fuera una pantalla de cine. Otra forma de caza: la de un coleccionista, que había recorrido medio mundo para cazar cada especie con febril perseverancia.
Salimos fascinados. Y de repente, miramos el suelo. Huellas negras por todos lados. Algo de aceite del foso quedó en los tacos de las suelas «vibram» de nuestros zapatos de campo. Entonces todos de un guarnicionero de ventas con Peña Aguilera, que también con el tiempo sería gran amigo…
La particular sala de trofeos de Melonares, finca de Valentín Madariaga
Como idiotas no nos habíamos dado cuenta y pusimos todo perdido. Qué bochorno. Nos costó digerir la mayúscula sorpresa. Y lo que yo no sabía era que aquel encuentro iba a cambiar mi vida. Más adelante entraría en Cazatur, y sería primero guía y luego alcancé más responsabilidades. Fue la mayor escuela vital que pude soñar. Después visité muchos más pabellones. Pero ya la sorpresa no era tan grande.
Llegando a América, uno de los más reputados cazadores americanos, me llevó a conocer su trophy room. Condujimos por el extrarradio hasta un conglomerado que en España apenas existía entonces, y que hoy llamamos polígono industrial. El orgulloso texano iluminó la gran nave, como si fuera un circo. Cientos de trofeos colgados por las paredes. Bichos enteros naturalizados. Leopardos, osos, asombroso.
Como arquitecto sufría. No entendía como no se podían disponer en la casa que imaginaba, con espacios solemnes que recordaran la aventura de su caza. Rodeados de un jardín que invitara a su contemplación. Y solo costaría una fracción de lo gastado en conseguir reunir tamaña recopilación.
Mucho años después mi tan querido amigo Valentín albergó la fabulosa colección de su padre Valentín Madariaga en «los melonares» dando una lección de orden elegancia y buen gusto. En aquellos tiempos empecé a entender que los americanos tenían un sistema de valores diferente. Sobre todo un raquítico desarrollo cultural y casi nula sensibilidad estética. Y lo más grave: no querían aprender. Estaban encantados con su forma de vida. Económicamente, les funcionaba. Y no entendían lo que a mí me parecían insalvables carencias.
Aprendí a respetar otras formas de vida aunque me espantaran. Y a otras gentes que pensaban diferente. Sobre todo aprendí la lección más importante: aún en las antípodas de mis pensamiento, de todas las gentes siempre se puede aprender algo.
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero.