La manquera
En las Marismas del Guadalquivir, este estado de incapacidad para el vuelo se conoce popularmente como la manquera —aunque los técnicos se refieran a ello como la mancada— y a los patos afectados como mancones
Javier Hidalgo, años 60, anillando mancones en el lucio Cochinato. Marisma de Hinojos.
Cuando al comienzo del verano los patos van culminando su temporada de cría en la Marisma, los ejemplares adultos, primero los machos y después las hembras, entran en una etapa crítica de su ciclo anual, la muda, a través de la cual sus plumas son renovadas. Adquieren entonces un plumaje de eclipse, de colorido uniforme y poco llamativo –ya no hay diferencia entre los géneros— en el que las plumas, desgastadas por los vuelos migratorios y la frenética actividad durante el período reproductor, se van desprendiendo y son sustituidas por otras nuevas. El momento difícil llega cuando pierden las remeras del ala y con ellas la capacidad de vuelo. Entonces se refugian en las aguas más cubiertas de vegetación para pasar, lo más desapercibidos posible, las tres o cuatro semanas que dura todo el proceso de sustitución de los apéndices alares.
En las Marismas del Guadalquivir, este estado de incapacidad para el vuelo se conoce popularmente como la manquera —aunque los técnicos se refieran a ello como la mancada— y a los patos afectados como mancones. Bien entendido que son los adultos, no los jóvenes del año que no vuelan aún por no haber completado su crecimiento y se conocen como patos nuevos.
Hay especies, como las ansaretas (tarros blancos) que emprenden incluso una migración para llegar a ciertos lugares donde se concentran durante la muda, como los humedales costeros del Mar de Frisia, entre Alemania y los Países Bajos, donde llegan a concentrarse 200.000 individuos. Durante este tiempo y probablemente debido a una baja actividad a consecuencia de la incapacidad voladora, acumulan abundantes reservas grasas, por otra parte muy necesarias para la regeneración del plumaje. Recuerdo haber encontrado una pata real mudando en el reducido espacio de un viejo puesto de caza, un bocoy hecho de cemento y ladrillos, que conservaba cierto nivel de agua en el mes de julio y contenía un millón de jóvenes ranas de las que se alimentaba esta avispada señora Donald. Debió comenzar a saciar su apetito allí cuando el nivel del agua llegaba al borde superior del bocoy y a medida que éste bajaba se fue quedando en su interior hasta poder volar y salir.
Plácido y Julio Clarita, años 70, capturando mancones en Las Nuevas. Marisma de Aznalcázar.
Siguiendo esta bulla les dábamos alcance, saltábamos del caballo y les echábamos mano
Un ejemplar macho de ansareta en la Marisma de Hinojos. (Foto de Fernando Ibáñez).
Cuando yo era niño, los pateros profesionales recogían una buena cantidad de mancones que transportaban vivos, atados por las patas y colgados en sus caballerías, porque muertos se deterioraban con el calor durante los dos o tres días que duraba la partida, hasta que llegaban de vuelta y los vendían en los mercados de las poblaciones perimarismeñas, especialmente Sanlúcar. De adolescente y en mi temprana juventud, durante las vacaciones escolares y universitarias, participé en muchas salidas de anillamiento de patos nuevos y mancones. Salíamos con las claras del día montados a caballo, descalzos y ligeros de ropa, porque se trataba de chapotear en las aguas residuales y en el fango. En las mañanas sin viento, descubríamos la presencia de nuestras presas no voladoras por la bulla, el movimiento que infringían a la vegetación de ballunco y castañuela que nos cubría hasta la montura, al tratar de escapar a nuestro paso. Siguiendo esta bulla, les dábamos alcance, saltábamos del caballo y les echábamos mano. Esta operación no era posible en los días de viento porque este, al mover las pajas, impedía que la bulla fuera perceptible.
Hacia el mediodía, cuando saltaba el poniente atlántico, dábamos por concluida nuestra jornada de marcaje y cabalgábamos de vuelta a la casa, eso sí, conservando un par de mancones para nuestro sustento. Haciéndolos hervir sobre el fuego en una olla con agua hasta casi cubrirlos, con solo sal y laurel, se iban cocinando en su propia grasa emulsionada con el agua y proporcionaban un menú digno de muchas estrellas en la escala gastronómica. Menú que maridaba a las mil maravillas con nuestra incontenida hambre, propia de la edad y del desgaste físico que conllevaba toda la operación: una y cien veces perseguir al pato descubierto por la bulla, alcanzarlo, lanzarse al fango y chapotear hasta capturarlo para volver a montar, anillarlo y vuelta a empezar…
Trabajando para la ciencia y en un escenario donde los suministros estaban a muchas horas de caballo, las costumbres tradicionales nos mantenían alimentados, tanto física como mentalmente.
- Javier Hidalgo de Argüeso es cazador, ornitólogo y jinete