Laureano de Las Cuevas
Desvaríos veraniegos II
Laureano de Las Cuevas

Gallipatos, mamarrachos y demás especies protegidas

A media mañana llegué al pilón de Agüero, en los altos. Una pieza de granito, oscurecida por los años y con los bordes redondeados por el uso. El agua se mantenía limpia, transparente y tan fría que dolían los dedos al meter la mano

Gallipato en pilón.

Procuro llevar siempre en el maletero una caja de botellas de agua de treinta y tres centilitros, pues no me gusta cargar la mochila. Aquella mañana, al echar mano de ellas, descubrí que no quedaba ninguna. No recordaba haberlas gastado, así que empecé a rebuscar por todo el coche alguna botella.

Afortunadamente, María se había dejado uno de esos termos modernos que anuncian en Instagram. Era transparente y estaba decorado con arcoíris y unicornios de largas melenas y estridentes colores. No era exactamente lo que buscaba, pero no era mal remiendo para el descosido.

A media mañana llegué al pilón de Agüero, en los altos. Una pieza de granito, oscurecida por los años y con los bordes redondeados por el uso. El agua se mantenía limpia, transparente y tan fría que dolían los dedos al meter la mano. Llené el termo, me mojé la cara y permanecí un rato junto al pilón, disfrutando de aquel frescor que las cumbres prestan antes de continuar.

La jornada había sido dura. El calor apretaba, la humedad era sofocante y la altitud tampoco ayudaba. El brusco descenso no les había sentado demasiado bien a mis ya castigadas rodillas. Volvía, además, bastante cabreado. A pocos pasos del pilón, el rastro de aquel lobo discurría en paralelo al de un corzo. Aunque ese día andaba a robezos, aquello no me dio buena espina.

Había dejado el coche junto al viejo lavadero, resguardado a la sombra. Después de muchas horas a pleno sol, aquel rincón parecía un oasis de frescor. Regresaba sudando como un mandril, con la camisa pegada a la espalda y las rodillas protestando a cada paso. Estaba descargando los bártulos cuando una pick-up de agentes forestales aparcó unos metros más adelante. Levanté la vista y vi a Álvaro, acompañado por otro agente al que no reconocí.

Tras los saludos de rigor y un par de bromas, Álvaro me presentó al nuevo jefe de la comarca. Era alto, delgado, de pelo corto y gafas de montura ligera. Al estrecharle la mano noté unos dedos largos, fríos y huesudos, muy distintos de las manos grandes y curtidas que esperas de un hombre que pasa su vida en el campo.

Después de comprobar la documentación, las autorizaciones y los precintos, me pidió permiso para revisar el contenido del maletero. Accedí al cotilleo. Dentro había una bolsa de lona con ropa, la consabida bolsa de las botas, aún vacía, y la mochila que acababa de dejar llena de achiperres.

Álvaro le advirtió que no hacía falta, que era de confianza. El nuevo jefe hizo un gesto torcido, se enfundó unos guantes de látex y continuó como si no lo hubiera oído. Empezó a diseccionar el equipaje: un par de calzoncillos, unos calcetines, un polo…

Álvaro y yo nos miramos atónitos y nos alejamos discretamente unos metros.

«Viene de la Consejería», me comentó en voz baja. «Es un cretino de tomo y lomo».

El nuevo jefe sacó de la mochila el termo de María y examinó minuciosamente los unicornios de colores. Lo sostuvo a contraluz y, al girarlo, aparecieron unas formas menudas que se impulsaban a sacudidas, atravesaban los arcoíris y desaparecían detrás de las fluorescentes crines de los unicornios. Después se volvió hacia mí con un tono impreciso.

Forestal

—Además de unicornios, lleva usted unas larvas de gallipato.

Álvaro tenía serios problemas para contener la risa. Me acerqué, miré el interior del termo y le agradecí el aviso. No me había dado cuenta y, afortunadamente, no había bebido una gota desde que lo rellené en el pilón de marras.

Me temo que tendré que denunciarle. ¿Puede dejarme de nuevo su documento de identidad?

—¿En qué pilón? —preguntó el nuevo jefe.

—En los altos, en el de Agüero —le contesté, sorprendido por la pregunta.

—Pues me temo que tendré que denunciarle. ¿Puede dejarme de nuevo su documento de identidad?

Miré a Álvaro de soslayo. Su rostro empezó a tornarse rojizo mientras las cejas parecían querer alcanzarle el flequillo. Se giró hacia mí y, negando con la cabeza, susurró:

—Lo que te decía…

El ínclito se dirigió a la pick-up y, unos minutos después, regresó con un bloc de denuncias y un bolígrafo.

—¿Quiere firmar?

—¿Firmar qué?

—La denuncia.

—¿Estará usted de broma? ¿Dónde está la cámara? —pregunté con una risa nerviosa.

—Esto no es cosa de risa —me increpó—. El expolio de fauna silvestre no es ninguna broma. Y agradezca usted que no le denuncie también por transporte indebido.

—¿Transporte indebido de qué?

—De ejemplares de Pleurodeles waltl en estadio larvario temprano.

—Las larvas se han transportado solas. Yo he transportado agua.

—Las llevaba usted dentro de un recipiente.

—También llevaba el agua dentro de un recipiente. Es una costumbre bastante extendida.

El rictus de su cara no pareció apreciar mi comentario.

—Podrá hacer constar cuanto considere oportuno durante el trámite de alegaciones. Además, tengo que decomisar el termo y trasladar los ejemplares al CRAS.

—Pero ¿está usted en sus cabales? ¡Suéltelos en el lavadero y déjeme en paz! Anda que no tendrán ustedes cosas mejores que hacer.

Mi indignación crecía por segundos. Álvaro, asiéndome del brazo, trató de contenerme.

—Anda, no lo empeores.

—Encima pretende usted que realice una translocación ilegal —replicó el recién llegado—. ¿Pero quién se piensa que soy yo?

—Tiene usted razón —le espeté—. No vaya a ser que el lavadero tampoco cuente con las certificaciones oportunas para albergar anfibios urodelos. Créame, no quiere saber lo que pienso de usted… ¡Manda huevos!

El baranda no respondió mientras me tendía la denuncia y el bolígrafo. En ella escribí «no conforme» con letras suficientemente grandes para que no cupiera duda, convirtiendo la primera O en una flor con pétalos, rabillo y dos hojas; firmé a continuación.

Volvió a examinar el termo. Lo sostuvo unos segundos a la altura de los ojos y lo depositó cuidadosamente en la pick-up. Los unicornios parecían observar la escena.

—Podrá solicitar su devolución cuando termine el procedimiento.

Fueron sus últimas palabras. La pick-up se marchó con el termo, los unicornios y los gallipatos. Yo me quedé unos instantes, aún perplejo, recostado junto al viejo lavadero, sin termo y con una copia del disparate en la mano. Dos meses después recibo en mi domicilio el acuerdo de iniciación del expediente sancionador.

Durante el trayecto entre el lavadero y el despacho del instructor, los hechos habían adquirido cierta envergadura. Lo que yo recordaba como llenar un termo de agua en un pilón, aparecía descrito como «extracción de ejemplares de fauna silvestre no cinegética del medio natural mediante método no autorizado». El regreso hasta el coche se había convertido en «transporte de individuos vivos en un contenedor no homologado» y mi intención de beber, irrelevante a juicio del instructor, revelaba cuando menos una conducta negligente. La transparencia del termo, constituía pieza fundamental; demostraba que habría podido advertir la presencia de las larvas mediante una inspección visual.

El acuerdo me ilustraba además acerca de la condición jurídica del gallipato y de su inclusión en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, circunstancia que determinaba la calificación de la infracción como grave. La propuesta de sanción se detenía, por consideración, en el mínimo legal: 3.001 euros. Cifra que me pareció indecorosa.

Acompañaba a la notificación un informe del CRAS. Los ejemplares habían ingresado en buen estado general, sin lesiones aparentes y con movilidad normal. Tras permanecer unos días en observación, fueron liberados en «un punto de agua de características ecológicas compatibles».

El informe no decía cuál. Tampoco decía nada de cómo recuperar el termo de María.

Tras leer aquello, no me sentía con ánimo de formular las pertinentes alegaciones. El expediente superaba el esperpento de Valle-Inclán, el absurdo de Mihura y la astracanada de Muñoz Seca. ¡Qué leches! Ni los tres al alimón hubieran pergeñado tamaño despropósito.

Cogí el teléfono y recurrí a mi buen amigo Jorge, quien asistía atónito a la relación de lo acaecido entre legajos y volúmenes perfectamente ordenados de la Aranzadi. A renglón seguido le envié la notificación, y abandoné a su docto saber la suerte de aquel disparate…

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es consultor ambiental
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