Antón Riestra
Cuando no cazo, leoAntón Riestra

Los cinco grandes del siglo XX en las bibliotecas de caza

Están escritos en un castellano moderno en el que cualquier lector se siente cómodo, han trascendido el nicho venatorio para convertirse en obras literarias de valor general

Ilutración ampliada

El Debate / Asistido mediante IA

Cada cazador tiene su pieza emblemática. Hay quien es un loco de la perdiz en mano y no concibe un fin de semana satisfactorio sin haberse dado una carrera para cobrar una pieza tocada en el ala que acaba posándose tras una loma y apeona. Hay otros cuya pasión es la montería, y para quienes la felicidad llegará asociada al sonido de una res rompiendo el monte de camino al puesto, con el rumor de una ladra persiguiéndola.

Pero cuando a alguien le mencionan «los cinco grandes», todos saben de qué se habla. No es necesario haber ido de safari: cualquier cazador sabe que se refiere a cinco animales emblemáticos cuya caza podría suponer por sí sola la culminación de toda una carrera cinegética.

Con los libros de caza ocurre algo parecido.

Cada aficionado tiene sus manías. Hay quien está volcado en los libros de cocina cinegética y considera que el Arte Cisoria de Enrique de Villena es obra cumbre de la literatura universal. Hay monteros extremeños que no se desprenderían jamás de ninguna obra de Covarsí. Pero cuando se habla de literatura venatoria española del siglo XX, los aficionados suelen coincidir en que existen cinco títulos que no deberían faltar en la estantería de quien se considere lector de libros de caza.

En orden cronológico: Veinte años de caza mayor del Conde de Yebes (1943); el célebre prólogo que José Ortega y Gasset escribió para esa obra y que pronto adquirió vida propia hasta convertirse, probablemente, en el texto cinegético español más influyente del siglo XX; Diario de un cazador de Miguel Delibes (1955); Solitario de Jaime de Foxá (1962); y El mundo de Juan Lobón de Luis Berenguer (1967).

Estas cinco obras son seguramente las que cualquier lector de libros de caza recomendaría sin dudar a quien quisiera iniciarse en la afición. Es verdad que hay muchas otras notables, y que incluso algunas más antiguas —el Mateos, el Espinar, el Libro de Montería— son los pilares sobre los que se ha construido la literatura cinegética en castellano. Pero cuando se quiere introducir a alguien en esta afición, se recurre casi invariablemente a una de estas cinco.

Lo cierto es que cubren un territorio amplio y permiten ajustar la elección a los gustos del receptor. Desde la caza menor con Delibes hasta la alta montaña con Yebes, desde el espíritu de un furtivo contado por Berenguer hasta la reflexión filosófica de Ortega, desde la historia contada por el animal que propone Foxá hasta la afición modesta de Lorenzo, el bedel de instituto que se ha convertido en uno de los personajes más entrañables de la literatura española del siglo XX.

Hay montaña, llanura, monte y ciudad

Hay novelas y hay memorias. Hay caza un poco más privilegiada y caza más humilde. Hay montaña, llanura, monte y ciudad. Además, cumplen lo necesario para animar a leer al poco habituado: están escritas en un castellano moderno en el que cualquier lector se siente cómodo, han trascendido el nicho venatorio para convertirse en obras literarias de valor general y han tenido una difusión suficiente para seguir siendo accesibles (y poder comentarlo con otros cazadores).

No se trata de desdeñar otras muchas obras de categoría –que las hay, y notables– ni de proclamar con rotundidad que estas cinco sean obligatorias. Pero sí constituyen, probablemente, el mejor punto de partida para quien quiera descubrir la literatura cinegética. Y, para muchos aficionados, también fueron los libros que marcaron el comienzo de su propia biblioteca de caza.

  • Antón Riestra es vocal del Círculo de Bibliofilia Venatoria
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