Queroseno y gintonics, pilares del pacto climático

Claro que el clima importa, pero tampoco aguardó a la máquina de vapor. Los sedimentos del lago Cimera, en la sierra de Gredos, permiten reconstruir dos mil años de variaciones

Queroseno y gintonic

El Debate (asistido por IA)

En el invierno de 1892, Edvard Munch dejó anotado el recuerdo de un paseo junto al fiordo de Oslo. A la caída del sol, el cielo se volvió rojo de sangre; sus amigos continuaron andando mientras él se detenía, agotado, apoyado en una cerca. Sintió entonces que un grito infinito atravesaba la naturaleza. De aquella experiencia nacieron Desesperación, Ansiedad y, finalmente, El grito. Tres cuadros, un mismo paisaje y aquel cielo encendido que ya nunca abandonaría la historia del arte.

Muchos han querido explicar su color recurriendo a los aerosoles expulsados por el Krakatoa, a las nubes nacaradas e incluso a las tribulaciones del propio pintor. Ninguna hipótesis es definitiva, pues todas son plausibles. Tampoco hace falta. Munch no pintó la causa del cielo. Pintó la angustia impotente de quien lo contemplaba.

Más de un siglo después, los cielos rojos han regresado a Madrid, Ávila y Toledo. Ya no cuelgan de las paredes de un museo ni llegan de la mano de un pintor atormentado. Se recrean en directo en el teléfono móvil, cruzados por hidroaviones, columnas de humo y lenguas de fuego que arrasan sin pudor la memoria y la hacienda de linajes enteros. Pasado y presente. Un lienzo vivo con la misma violencia cromática, sobre el que planea una columna de carroñeros dispuestos a arrimar el ascua a su sardina sin decoro alguno.

El sábado 25 de julio, el díscolo Sánchez comparecía desde Cenicientos después de visitar el puesto de mando avanzado. Más de 130.000 hectáreas habían ardido en España desde comienzos de año, frente a una media anual cercana a las 100.000 durante la última década. La conclusión presidencial no admitía demasiados rodeos: «la emergencia climática se agrava y resulta necesario un gran pacto de Estado para hacerle frente». Al señor presidente no parecía preocuparle entonces la flotilla movilizada apenas unas semanas antes para acudir a la cumbre de la OTAN en Ankara: un Airbus y dos Falcon para tres socialistas; un socialista por avión o un avión por socialista, según se mire. A la gauche divine le encanta enviar flotillas, aunque la niña de Sabiniano se quede sin flores.

Ni uno ni otra eran conscientes de que ostentarían el dudoso honor de figurar como responsables políticos del mayor incendio forestal registrado en España

Al día siguiente, desde Navalcarnero, la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, de impronunciable apellido, fue algo más lejos. Preguntada por quienes acusaban al Gobierno de fanatismo climático, respondió que «cada alegato en contra de la evidencia científica del cambio climático lo que hace es alimentar los incendios». La frase posee esa clase de solemnidad que suele dispensar de mayores explicaciones. Tan desubicada y vacía de realidad como la política ambiental que promueve quien la pronunció. Ni uno ni otra eran conscientes de que ostentarían el dudoso honor de figurar como responsables políticos del mayor incendio forestal registrado en España.

Mientras tanto, la Guardia Civil había detenido a una persona e investigaba a otra por su presunta responsabilidad en el incendio de Burgohondo. Los indicios situaban el origen en el empleo de maquinaria pesada sin autorización, durante una jornada en la que su uso estaba expresamente prohibido por el riesgo de incendio. Una chispa en el lugar y el momento equivocados. Nada particularmente metafísico. Ni demasiado acorde con el vigente discurso populista.

Curiosamente, nada se dijo de los 401 millones europeos destinados desde 2022 a la prevención de incendios y la gestión forestal, de los que apenas se habían ejecutado 105,7. Casi trescientos permanecen eficazmente protegidos de las llamas por algún cortafuegos administrativo.

Tampoco del contrato de 22,8 millones para modernizar diez Canadair, extinguido tras cuatro años de trámites sin actualizar un solo aparato. Mientras, 73,5 millones se destinarán a sostener la flotilla que transporta a la señora de Sánchez a Londres y a sus amigotes a La Mareta, y que requiere hasta 250.000 euros para gintonics y demás «productos misceláneos» de a bordo, con presupuesto aparte. Al parecer, una climática etílica diligencia administrativa gobierna los cielos.

Ni del portentoso A400M, que completaba la estampa. Sánchez había anunciado en mayo su incorporación a la lucha contra el fuego como parte del «mayor despliegue del Estado». España disponía de catorce aparatos ensamblados en Sevilla, pero de ningún kit capaz de convertirlos en aviones cisterna. El único prototipo operativo apagaba ya incendios en Francia.

Claro que el clima importa, pero tampoco aguardó a la máquina de vapor. Los sedimentos del lago Cimera, en la sierra de Gredos, permiten reconstruir dos mil años de variaciones. Entre los años 900 y 1300, durante la llamada Anomalía Climática Medieval, el Sistema Central conoció inviernos cálidos y secos y veranos igualmente cálidos. En el Atlántico Norte, los colonos nórdicos levantaron en el sur de Groenlandia granjas donde vacas, ovejas y cabras pastaron al borde del Ártico durante casi cinco siglos. En la Inglaterra de 1086, el Domesday Book registraba más de cuarenta viñedos. No fue un calentamiento uniforme del planeta ni una reproducción anticipada del actual.

Después llegó la Pequeña Edad de Hielo. Tampoco fue una nevera cerrada durante quinientos años, sino una sucesión irregular de fases frías, sequías, inundaciones y algún verano abrasador. Los glaciares avanzaron en los Pirineos, los Picos de Europa y Sierra Nevada; el Támesis se congeló lo suficiente para albergar ferias sobre el hielo y el Ebro permaneció helado durante quince días en el invierno de 1788 a 1789. Aquel periodo coincidió con prolongados mínimos de actividad solar, aunque atribuirlo únicamente al sol supondría incurrir en la misma simplificación que aquí se denuncia: también intervinieron las grandes erupciones volcánicas y la circulación oceánica.

Nada de ello desmiente que la acumulación contemporánea de gases de efecto invernadero esté calentando el planeta. El calentamiento actual, a diferencia de aquellas oscilaciones regionales, posee una coherencia casi global. El clima no nació estable y bondadoso para que el hombre industrial cometiera después el pecado de alterarlo. El clima propone el escenario. Queda todavía por identificar a los actores.

La ciencia no exige elegir entre clima y gestión. Esa elección pertenece a la política, que se maneja mejor con explicaciones simples y culpables señalados a dedo. El problema aparece cuando una causa recurrente eclipsa a todas las demás y termina convertida en una coartada más. Si el incendio procede de la zapateril emergencia planetaria, ya no es necesario explicar por qué había tanto combustible en el monte, quién lo mantenía, qué aprovechamientos han desaparecido o han sido prohibidos, cuántas hectáreas conservaban una discontinuidad eficaz o cuántos mamarrachos alzaron la voz en vez de arrimar el hombro. La responsabilidad se eleva hasta la estratosfera y allí, convenientemente disuelta entre miles de trillones de estrellas, deja de molestar.

Durante siglos, el fuego no fue considerado un tabú: formó parte del utillaje rural con la misma naturalidad que el hacha, la hoz o el arado. Su uso era fundamental para renovar pastos, eliminar restos de cosecha, abrir claros, contener el matorral y devolver al ganado un rebrote tierno allí donde la vegetación había perdido valor. No era un fuego indiscriminado ni benévolo por definición. Podía escapar, causar daños y acarrear castigo. Por eso los antiguos fueros y ordenanzas no condenaban la combustión en abstracto: regulaban su uso y establecían responsabilidades.

La pirogeografía ha permitido reconstruir esa relación en épocas muy anteriores a la estadística oficial. El Registro Histórico de Incendios Forestales creado por el equipo de Cristina Montiel en la Universidad Complutense reúne más de 6.500 episodios documentados en las regiones del interior. El más antiguo conduce hasta Herguijuela de la Sierra, en Salamanca, en 1497. La mayoría de aquellos incendios fueron pequeños. El fuego necesario para gestionar el territorio se soltaba en ocasiones, pero casi siempre afectaba a menos de quince hectáreas y solo excepcionalmente superaba las cincuenta. Había más fuego menudo y menos paisaje dispuesto para alimentar un monstruo.

El derecho de entonces conocía bien la diferencia entre herramienta, imprudencia y crimen. El Fuero Juzgo dedicaba un título a «las quemas y los quemadores» y regulaba tanto a los omnes que queman monte como a quienes encendían fuego durante el camino. El Fuero Real de Alfonso X reservaba el «morir por fuego» para quien incendiaba deliberadamente sembrados, casas o montes; si el fuego surgía «por ocasión», obligaba a reparar el daño conforme a la valoración de omes buenos. Las Partidas afinaron después la distinción entre el accidente sin culpa y la negligencia indemnizable. Hace ocho siglos, sin satélites, hidroaviones ni ministerios de Transición Ecológica, el fuego ya admitía más de una categoría.

Las juntas parroquiales señalaban el día, el lugar y las condiciones

Las Ordenanzas Generales del Principado de Asturias de 1781 mantuvieron esa lógica. Prohibían quemar tojo o árgoma entre mayo y octubre. Durante el resto del año, las juntas parroquiales señalaban el día, el lugar y las condiciones; obligaban a rozar un perímetro alrededor de la quema y a avisar a los propietarios cercanos. Quien se apartaba del método respondía y pagaba. Nadie confundía la quema de una braña húmeda, acordada por quienes conocían sus montes, con encender una hoguera en julio y marcharse a dormir la siesta.

Conviene no idealizar aquel mundo, ni siquiera por decreto ley. En ocasiones, los fuegos se escapaban, existían conflictos por los pastos y algunos montes ardían precisamente para torcer lindes, perjudicar al vecino o disputar aprovechamientos. La responsabilidad, en cambio, era literal: siempre había un prójimo a quien exigir cuentas. El mismo vecindario que quemaba acudía después a sofocar el incendio porque detrás de la loma estaban sus casas, su ganado y su invernada.

El equilibrio empezó a romperse a mediados del siglo XX. El cambio de modelo energético sustituyó la leña por combustibles fósiles; el éxodo rural retiró manos, ganado y conocimiento del monte; los cultivos marginales y los pastos se abandonaron, y las manchas que antes formaban un mosaico fueron cerrándose hasta convertirse en masas continuas. Cristina Montiel denomina pirotransición a ese cambio de régimen. El fuego frecuente, pequeño y controlado por la población rural fue sustituido por otro menos habitual, pero capaz de encontrar combustible durante kilómetros y superar los medios de extinción.

No todos los aprovechamientos desaparecieron por prohibición. Muchos dejaron sencillamente de ser rentables; otros quedaron sepultados bajo una burocracia concebida desde despachos que jamás olieron una braña quemada. El resultado material fue el mismo. Se dejó de sacar leña, de pastorear, de rozar y de quemar con método. Creció el bosque, pero también se homogeneizó y densificó. Aquello que desde la carretera parecía una naturaleza recuperada iba acumulando continuidad horizontal, matorral bajo las copas y toneladas de combustible.

La extinción, además, posee una ventaja política: se ve. Tiene uniformes, hidroaviones, puestos de mando y declaraciones solemnes delante de una columna de humo. La prevención suele parecerse demasiado a un rebaño, una desbrozadora, una pista limpia o un paisano que conoce el nombre de cada barranco. No queda igual en televisión. Tal vez por eso seguimos gastando fortunas en perseguir incendios que, cuando alcanzan cierta intensidad, ya no pueden apagarse, mientras tratamos como una antigualla cuanto podría mantenerlos dentro de una escala abordable.

Más de un siglo después de Munch, el desgobierno Frankenstein parece haberle arrebatado el pincel al pintor. Antes incluso de que los agentes forestales localicen el punto de inicio, aquellos cielos encendidos ya disponen de una explicación oficial, un culpable ecuménico y un pacto de Estado pendiente de firma. El clima importa. Importa mucho. Pero no conduce una retro, ni maneja una desbrozadora, no abandona bancales a su suerte, ni redacta normativas que convierten cada aprovechamiento en una carrera de obstáculos. Y todavía se atreven a hablar de «ordenación del territorio».

Munch no habría necesitado conocer la causa de estos cielos para pintar la angustia de más de noventa mil personas obligadas a abandonar sus casas o encerrarse en ellas. Nosotros sí necesitamos conocer la causa de cada fuego para evitar el siguiente. Y, desde luego, responsables con nombre y apellido a quienes sentar ante un juez de lo penal. Sin embargo, resulta más llevadero elevar la responsabilidad hasta la estratosfera que agacharse a examinar el pasto, la broza, los cauces y las cunetas. Aquí abajo, entre el tocón y la pavesa, la mochila de la superioridad moral no apaga incendios. Los inicia.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es consultor ambiental
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