Cuentos del Rural: ¡En manos de quién estamos!

La misma naturaleza en la que el «listo de remate» pretendía proteger, unas mariposas que pasaban por allí un día de mayo y un lirón de grandes orejas, quedó aniquilada por el fuego al que él se negó a poner remedios preventivos

Un bombero trabaja en las tareas de extinción del incendio forestal en la Sierra Oeste de Madrid

Un bombero trabaja en las tareas de extinción del incendio forestal en la Sierra Oeste de MadridEuropa Press

Esa solana pedía un cortafuegos a gritos. Era de libro. El propietario de aquellas tierras —que además eran su sustento, su patrimonio y su responsabilidad— no aguantaba más la zozobra. Si el fuego llegaba algún día hasta allí, quería que encontrara un obstáculo. Que, al menos, hubiera una línea de defensa preparada para frenarlo. Es una de las formas de prevenir.

Así que hizo lo que cualquier persona sensata: solicitar autorización para realizar un cortafuegos. La autorización tenía que rubricarla alguien que había llegado al cargo como cuota política entre partidos. Un auténtico experto en el campo… desde su despacho.

No sabía distinguir un rastrojo de un barbecho, un trigo de una cebada, una dehesa de una chopera, una umbría de una solana, un toro de una vaca, pero eso sí: en su despacho había libros con fotos de animales y hablaba con entusiasmo de mariposas. Sus compañeros, rápidamente, le apodaron: «el listo de remate».

—Es la hora de la protección —proclamaba constantemente, de manera solemne.

Y llegó el momento de decidir. Al propietario le denegó el permiso. ¿El motivo? Que cada mes de mayo sobrevolaban por aquella zona las «mariposas cariblancas de siete colas» y que el ruido de las máquinas esos días podría alterar la delicada sensibilidad auditiva del «lirón rabiterciado emplumado y rojizo».

Es el mundo real de hoy. El mundo rural visto desde un despacho. Cualquier ganadero, cualquier agricultor gestiona mejor que estos listos de remate.

«Es la hora de la protección» sentenciaba a cada momento el gurú de la naturaleza. Había llegado para proteger, pero, sobre todo, su puesto de trabajo. Sin aquella bicoca, ¿qué iba a hacer? No tenía estudios, a pesar de ser «listo de remate». Solo conocía bien las soflamas de las manifestaciones. No sabía por qué protestaban, pero era su orgullo gritar mucho rodeado de iguales.

Y entonces apareció la vieja ley de Murphy. («Si algo puede salir mal, prepárate porque saldrá mal».) Y un rayo incendió la solana. Y el fuego hizo exactamente lo que hace cuando no hay gestión en los montes, entre ello, cuando no hay defensas que puedan ayudar a frenarlo. Y avanzó.

De la solana pasó a la umbría, de allí a los sopiés y siguió extendiéndose. Imparable. Inextinguible. Como define @pacocastañares. La misma naturaleza en la que el «listo de remate» pretendía proteger, unas mariposas que pasaban por allí un día de mayo y un lirón de grandes orejas, quedó aniquilada por el fuego al que él se negó a poner remedios preventivos.

No se libró un mamífero, ni grande ni pequeño; ni un insecto, ni reptiles. Ni aves, víctimas del fuego o del humo en su último vuelo

Las mariposas cariblancas de siete colas no pasaron ese año. No sobrevuelan cenizas. Y los lirones rabiterciados emplumados y rojizos tampoco tuvieron que soportar el ruido de las máquinas. Ya no quedaba ni uno solo, ni vida alguna que pudiera molestarles. No se libró un mamífero, ni grande ni pequeño; ni un insecto, ni reptiles. Ni aves, víctimas del fuego o del humo en su último vuelo.

Estamos invadidos de «listos de remate» que así actúan. Eso sí: el incendio no se llevó por delante el puesto de trabajo del que había llegado al cargo como cuota política entre partidos. ¿Quién responde cuando una decisión política, carente de criterio y nacida de la demagogia, termina causando graves daños patrimoniales a los ciudadanos?

Cuando una Administración deniega una actuación preventiva solicitada para reducir un riesgo conocido y posteriormente se produce un incendio con daños, la cuestión de la responsabilidad no puede despacharse quedándose en terreno de nadie. Habrá que analizar quién tomó la decisión, con qué competencia, sobre qué fundamentos técnicos y qué planes de actuación estaban protocolizados en caso de incendio para minimizar los daños.

Es obligado plantearse las correspondientes acciones de responsabilidad patrimonial frente a la Administración para que se determine la eventual responsabilidad civil y penal de las personas que hubieran intervenido. Por eso, quien se encuentre ante una situación semejante debería conservar la solicitud de autorización y la resolución denegatoria, con los informes que fundamentan la negativa y la identificación precisa de quién la denegó.

Si algún día alguien impide realizar una actuación preventiva legalmente solicitada —cortafuegos, caminos, charcas— para reducir el riesgo de incendio, tendrá que estar sólidamente fundamentada. El fuego no entiende de ideologías, cuotas políticas ni discursos descriteriados de algunos ecologistas. Y cuando las llamas convierten en cenizas aquello que se pudo intentar proteger, alguien habrá de explicar por qué se impidió hacerlo y quién debe responder por los daños causados.

Proteger no consiste en poner obstáculos a quien quiere prevenir un incendio. Proteger consiste en evitar que el incendio llegue a producirse o que pueda avanzar sin freno.

  • Perico Castejón es ingeniero agrónomo
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