Mercedes Barona
Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Besana

La yunta llega al extremo, gira y regresa junto al surco que acaba de abrir. Así se escribe un campo, ida y vuelta, con la vista puesta en un árbol lejano

Besana

Descripción de la imagen

Hay palabras que guardan dentro un gesto completo. «Besana» procede del latín versāre, «volver», en alusión al movimiento de ida y vuelta que hacía el arado, tirado por animales, al llegar al extremo de la parcela. Nombra la labor de surcos paralelos y nombra también el momento en que el campo deja de estar intacto y empieza a ser otra cosa.

Antes de la besana, la tierra guarda silencio. Está quieta, cerrada sobre sí misma, con su costra de invierno o su rastrojo seco de la cosecha anterior. El labrador llega con la yunta, elige el extremo del campo, mira al otro lado y tira. Empieza despacio. Fija una referencia en el horizonte –un árbol, una esquina de la finca, una piedra– y mantiene los ojos ahí mientras ara. La precisión viene de la mirada sostenida, de tener la línea trazada en la vista antes de abrirla en el suelo.

Al llegar a la cabecera, la yunta gira. El arado se levanta, los animales dan la vuelta con su paciencia de siglos y regresan junto al surco recién abierto, paralelos a él. Ida y vuelta, ida y vuelta, hasta que el campo queda escrito en líneas. De ese giro repetido toma su nombre la besana.

Nadie elige ya una referencia en el horizonte ni negocia con la piedra que desvía la reja

Lo que el campo exige en cada pasada es negociación. La tierra tiene pendiente, zonas húmedas donde el arado se hunde más, piedras que desvían la reja sin avisar. El labrador lo incorpora. La besana acertada suma la intención de quien ara y la resistencia del terreno, y marca la diferencia entre el que conoce su campo y el que sólo lo trabaja.

Hay en la besana una exigencia que distingue esta labor de todas las demás. Cuando la siembra falla, la tierra lo dice en semanas. Cuando el podador se equivoca, la viña lo muestra en primavera. El error de la besana madura en silencio: el campo lleva semanas surcado antes de que esa primera desviación aparezca multiplicada en todas las líneas que la siguen. El labrador que abre bien la besana deja que el campo hable al final del otoño, cuando los surcos son paralelos y el agua corre donde tiene que correr.

Hoy la besana la traza el GPS. El tractor lleva una antena que recibe la señal, calcula la geometría y guía cada pasada con una precisión de centímetros que supera al ojo humano. Es más exacto. Pero el juicio ha desaparecido: nadie elige ya una referencia en el horizonte ni negocia con la piedra que desvía la reja. El cálculo conoce las coordenadas de la finca y prescinde de quien la trabaja.

En este diccionario sentimental, «besana» es la línea que vuelve: la yunta llega al extremo, gira y regresa junto al surco que acaba de abrir. Así se escribe un campo, ida y vuelta, con la vista puesta en un árbol lejano.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas