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Una erupción solarFlickr

Así influyen las tormentas solares en el clima y las comunicaciones

La comunidad científica observa estos fenómenos con atención, ya que existe un consenso creciente en que, en algún momento, una tormenta solar de magnitud histórica podría impactar en la Tierra

El Sol ha mostrado en los últimos meses un comportamiento especialmente activo, con episodios de intensidad poco habitual que han dado lugar tanto a alteraciones en las comunicaciones como a imágenes espectaculares en el cielo. Las tormentas solares registradas recientemente han provocado fallos puntuales en sistemas tecnológicos y, al mismo tiempo, han permitido observar auroras boreales en latitudes donde rara vez se dejan ver, sorprendiendo a científicos y aficionados por igual.

Este incremento de la actividad solar no es casual. Desde hace varios meses, el Sol ha mostrado un comportamiento especialmente inusual. Alcanzó su punto máximo a finales de 2024, entrando en una fase de gran intensidad en la que podrían producirse fuertes tormentas y llamaradas solares capaces de afectar satélites, redes eléctricas y sistemas de comunicación.

Muchas de estas tormentas van acompañadas de eyecciones de masa coronal, conocidas como CME por sus siglas en inglés. Se trata de enormes nubes de plasma compuestas por partículas cargadas eléctricamente que son expulsadas desde la atmósfera solar a gran velocidad. Aunque pueden recorrer millones de kilómetros en el espacio, estas eyecciones tardan varios días en alcanzar la Tierra. Cuando lo hacen, interactúan con el campo magnético terrestre y dan lugar a uno de los fenómenos más llamativos del clima espacial: las auroras boreales, que se manifiestan como cortinas de luz ondulante en tonos verdes, rosados y violetas.

El impacto de las tormentas solares en la Tierra

Cuando una eyección de masa coronal impacta contra la magnetosfera terrestre, puede desencadenar una tormenta geomagnética. Este tipo de fenómenos no solo intensifica las auroras y las hace visibles en zonas mucho más extensas de lo habitual, sino que también puede tener efectos directos sobre infraestructuras críticas. Las redes eléctricas, las plantas industriales, la navegación aérea, los sistemas de posicionamiento global (GPS) y los satélites de comunicaciones pueden verse afectados por estas perturbaciones.

Aunque la atmósfera terrestre actúa como un escudo eficaz frente a la radiación más peligrosa procedente del Sol, evitando que llegue a la superficie, no impide que esa radiación interfiera con las señales de radio o provoque apagones temporales en las comunicaciones. Según explica la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), las eyecciones de masa coronal pueden intensificar el viento solar y alcanzar la magnetosfera terrestre, generando tormentas geomagnéticas. Este tipo de episodios son poco habituales en la Península Ibérica, aunque no imposibles.

La relación entre la actividad solar y la Tierra es objeto de estudio desde hace más de dos siglos. En 1801, el astrónomo británico William Herschel fue uno de los primeros en sugerir que las manchas solares podían tener alguna influencia sobre el clima terrestre, al relacionarlas con variaciones en el régimen de lluvias. Décadas más tarde, en 1844, el astrónomo aficionado alemán Heinrich Schwabe identificó la existencia de un ciclo solar de unos 11 años, una observación que sentó las bases de la comprensión moderna de la actividad solar.

En la actualidad, los científicos distinguen varios factores clave del llamado clima espacial: las erupciones o llamaradas solares, las tormentas geomagnéticas y las tormentas de radiación. Los especialistas coinciden en que las variaciones en la actividad solar afectan principalmente a la atmósfera superior y a la ionosfera, pero no tienen un impacto significativo en el clima global a largo plazo. Sin embargo, sí pueden influir de forma puntual en fenómenos meteorológicos, como alterar la circulación atmosférica o modificar patrones climáticos regionales durante periodos breves.

La comunidad científica observa estos cambios con especial atención, ya que existe un consenso creciente en que, en algún momento del futuro próximo, una tormenta solar de magnitud histórica podría impactar en la Tierra.

Aunque la probabilidad exacta y el momento son difíciles de predecir, estos episodios recuerdan la estrecha relación entre nuestro planeta y su estrella. Un vínculo que, pese a desarrollarse a millones de kilómetros de distancia, tiene la capacidad de alterar tanto nuestras tecnologías más avanzadas como los cielos nocturnos que observamos desde la superficie terrestre.