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17 de abril de 2024

Alcarràs se estrena en los cines este viernes 29 de abril

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Crítica de cine

'Alcarràs': Carla Simón nos regala un canto imbatible a la agricultura familiar

La película española, un ejercicio de autenticidad, ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín

Del Festival de Berlín nos llegó la grata noticia de que la segunda película de Carla Simón, Alcarrás, había ganado el Oso de Oro, algo que no ocurría para una película española desde 1986, cuando recibió el galardón La colmena de Mario Camus. Pero en el posterior Festival de Málaga también cosechó el entusiasmo del público. La directora quería con esta cinta rememorar la historia de su propia familia y, para ello, además de contar con un coguionista, Arnau Vilaró, que también conocía el mundo agrícola de esa comarca, optó por fijarse en el neorrealismo italiano. Especialmente le inspiró El árbol de los zuecos (E. Olmi, 1978). Pero lo más neorrealista es que contrató actores no profesionales, a los que dedicó tres meses antes del rodaje para que surgiera una familiaridad entre ellos. Porque la película es fundamentalmente coral, aunque en cierto modo prevalece el punto de vista de Mariona (Xenia Rosset), una preadolescente con cuya mirada sobre lo que ocurre desde fuera se identifica la directora rememorando su infancia. Pero también es «neorrealista» la decisión de la cineasta de dar espacio a la improvisación y al surgimiento espontáneo de las emociones.

Una historia adictiva

La película nos acerca a la vida cotidiana de una familia de payeses de Lérida, los Solé, que vive de sus plantaciones de melocotoneros en Alcarrás, en la comarca del Segrià. Se trata de varios hermanos, con sus cónyuges e hijos. Y el abuelo. Ellos trabajan desde los años treinta unas tierras que no son suyas, sino de unos vecinos amigos de toda la vida. El conflicto arranca cuando el dueño les informa de que se dispone a arrasar con los árboles frutales para instalar una estación de placas fotovoltaicas. El padre de Mariona, Quimet (Jordi Pujol Dolcet), no quiere aceptar esa decisión y se torna amargado y agresivo. Mientras todos tratan de seguir con sus vidas, y los niños jugando por los campos, el ambiente se va tensando y se presagia la ruptura en el seno de la familia.
Bajo su aparente tono costumbrista y casi documental, Alcarrás nos ofrece un retrato crítico de diversas situaciones complejas. Lo más evidente es la narración del drama del final de una época en la que las familias trabajan el campo, y que da lugar a otra, la nuestra, en la que todo está en manos de grandes corporaciones que se guían por criterios asépticos de rentabilidad. Pero también se adentra en los conflictos familiares que este cambio de mentalidad puede acarrear. Pero quizá lo más potente del film sea cómo muestra que la vida sigue a pesar de todo. Que la familia sigue siendo familia, los niños siguen jugando y pueden surgir nuevas esperanzas. De hecho, la película es un canto a la familia. Como la cineasta declaró en Málaga: «Puedes perder la tierra, pero si algo no pierdes es a la familia».
La gran virtud del cine de Carla Simón es su autenticidad. Todo en la película es natural, verosímil, sin impostaciones, fluye como un pedazo de vida. Sus personajes son creíbles, cercanos, cotidianos y reconocibles. La puesta en escena sigue la estela de André Bazin, el gran teórico del cine realista. Lo importante no es tanto la cámara y su técnica, como lo que ocurre delante de ella. La cámara se somete al acontecimiento, respetándolo, custodiándolo para entregárselo al espectador sin artificios ni envoltorios superficiales.
Estamos, pues, ante una gran película que confirma la realidad de una pléyade de directoras catalanas de mediana edad (Judith Colell, Clara Roquet, Carla Simón…) que nos ofrecen un cine serio, posmoderno en el sentido de post-ideológico, que no buscan grandes relatos épicos, sino pequeños relatos cotidianos y reales, pero no por ello menos épicos.
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