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Helena Miquel, José Coronado y Ana Torrent, actores del filme Cerrar los ojos, en Cannes

Helena Miquel, José Coronado y Ana Torrent, actores del filme Cerrar los ojos, en CannesEFE

Cine

Cannes se rinde a Víctor Erice y 'Cerrar los ojos', su primera película en 30 años

El festival ovaciona el regreso del maestro del cine español, ausente en el certamen

Vuelve a las pantallas, después de más de 30 años, el maestro del cine español Víctor Erice con Cerrar los ojos, una reflexión sobre la vejez y la ausencia, acompañado en esta octava jornada del Festival de Cannes por otro maestro, esta vez del cine finlandés, Aki Kaurismaki, con Kuolleet lehdet (Las hojas muertas) que repite tópicos y estilo propios con la seguridad de un clásico.

A punto de cumplir 83 años, el 30 de junio, y a la edad en que muchos se retiran habiendo agotado sus fuerzas, Erice vuelve al cine con un filme que tiene más el aire de un balance de experiencias que de una obra de ficción cualquiera.

En su cuarto largometraje, después de El espíritu de la colmena, Concha de Oro en San Sebastián en 1973, El Sur en 1983 y el documental El sol del membrillo (premio del Jurado de Cannes y de la crítica internacional FIPRESCI en 1992) y una marea de cortos que arrancan desde 1961, Erice ha salido de su relativo silencio para contar la historia de un actor famoso que en medio de un rodaje desaparece para siempre, sin que se encuentren rastros ni de su persona ni de su cuerpo, si eventualmente hubiese muerto.

El veterano maestro, cuyos primeros dos filmes no dejan de influir en todas las generaciones que se han sucedido en el cine español y aun fuera de él, decide hacer, en la edad que se presta a ello, una reflexión sobre la muerte, las ausencias y la sensación de inacabado que deja siempre la muerte.

Muchos años después de la desaparición de ese actor, un programa televisivo decide recordar el hecho y para ello convoca al director de esa película inconclusa, de la que se habían rodado apenas dos secuencias, desencadenando en él y en las personas que estuvieron cerca del desaparecido, un deseo de descubrir su verdadero paradero.

Con el resultado de dar con un huésped amnésico de un asilo, que sigue sin reconocer a nadie, pero que podría recuperar la memoria viendo las dos secuencias que rodó antes de desaparecer.

Pero, ?es que acaso el amnésico es el actor desaparecido o es la fantasía proyectada de aquellos que no se resignan a su desaparición? ¿Cerrar los ojos es recordar o es aceptar lo que los otros quieren de uno?

Con ese interrogante final, Erice nos cuenta una historia aparentemente banal pero que encierra profundos temas que atañen a la vida humana, como el de la vejez como cierre de un ciclo que puede o no ser aceptado resignadamente o como el de la memoria engañadora que se acomoda a una visión individual del pasado.

Con este filme, Erice reencuentra a la Ana Torrent que de niña lo había ayudado a trazar ese maravilloso retrato de la infancia aterrada por el mundo adulto que fue El espíritu de la colmena, y en este Cerrar los ojos, con su negativa de reconocer como padre a ese hombre que todos dan por seguro que sea, nos dice que un ser humano es tal, cuando es dueño de su memoria, de sus actos y de su personalidad.

Y que desaparecer es una decisión personal que debe ser respetada. Erice apoya esta decisión cuando, fiel a sí mismo y al personaje creado por él, desaparece de la escena y no acompaña a Cannes en su última y maravillosa película.

Hacía seis años que Aki Kaurismaki parecía haber perdido todo interés en el cine después de El otro lado de la esperanza, que le valió el Oso de Plata a la mejor dirección en el Festival de Berlín en 2017.

Con deliberada constancia había contado con un casi obcecado hiperminimalismo la misma historia: dos personas se encuentran, se aman, se separan y se vuelven a encontrar a pesar de todos los obstáculos que les presenta el mundo.

Variaban las circunstancias, los lugares o algún detalle de estilo, como en este caso las canciones que tapizan toda la narración, todas tristes, románticas, hasta esa final de Las hojas muertas de Joseph Kosma, con la hermosa letra escrita por el poeta Jacques Prévert (aquí traducida al finlandés) que es un siempreverde inmortal.

Aquí los protagonistas, son como siempre, dos eyectados del sistema: Ansa, una empleada de supermercado despedida por haberse llevado un alimento vencido, y Holappa, un obrero metalúrgico echado por borracho.

Ambos comparten sus soledades, se encuentran y desencuentran y al final emprenderán una vida juntos porque como dijo siempre el director «no tengo el coraje de negarles un final feliz ».

Más que un nuevo filme, Las hojas muertas es la repetición de un modelo como el de Antonio Vivaldi del que una vez dijo Igor Stravinsky que no había compuesto 600 conciertos sino 600 veces el mismo concierto.

Y si eso no es verdad, porque cada concierto de Vivaldi es una joya y tiene la perfección del clásico, tal vez en Las hojas muertas el jurado acepte esta noción del perfeccionismo clásico para darle por fin a Kaurismaki esa merecida Palma de Oro, cuyas otras cinco apariciones en Cannes le valieron solo premios menores.

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