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Diane Keaton y Woody Allen en Annie HallGTRES

Cine

Las mejores comedias románticas del cine moderno

Repasamos la evolución del género desde los 70 hasta nuestros días

A partir de los años 70 hacer una lista siempre se complica sobremanera, tanto por la confusión de géneros como por el mayor número de películas que servidor ha visto. Por ejemplo, y siguiendo con el repaso a la trayectoria de la comedia romántica a lo largo de la historia del cine, de aquella década podríamos rescatar un filme tan extraño como Harold y Maude (1971) -pura «dramedia»- o Grease (1978), musical que ha ido ganando en presencia y estima a lo largo de los años.

Pero en los 70 la comedia cambió radicalmente gracias a Woody Allen. Podríamos citar Sueños de un seductor (1972), con guion del genio de Brooklyn pero dirigida por Herbert Ross. Prefiero, sin embargo, situar el punto de inflexión en Annie Hall (1977) y Manhattan (1979). Más allá de que los finales en Allen no sean necesariamente felices, el cambio consistió en situar la comedia en el diálogo mientras la historia muestra las contradicciones de la vida moderna. Son comedias, pero aportan mucho más que risas.

A la estela de Woody Allen han surgido un sinfín de comedias románticas, aunque quizás su mejor discípula haya sido Nora Ephron, guionista de Cuando Harry encontró a Sally (1989), quizás la comedia más alleniana que haya existido, con la virtud de no recurrir a un final agridulce ni excesivamente complicado. La frase final de Harry, incluso, quizás sea la más bella del género: «Cuando descubres que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida comience lo antes posible».

Ephron, por cierto, escribió y dirigió Algo para recordar (1993) - paradigma de la nueva comedia romántica, con Meg Ryan como heroína del género y un Tom Hanks espléndido- y Tienes un email (1998), versión de El bazar de las sorpresas (1940), Ernst Lubitsch, y que no apareció en la lista que hice la semana pasada, para demérito mío.

Volviendo a los 80, es difícil escoger dentro de muchas películas que escondían romance detrás de la comedia gamberra de instituto que tanto se dio. Personalmente, siento especial predilección por Juegos de amor en la universidad (1985), con un sobresaliente John Cusack que encarnó al paradigma de adolescente rebelde enamorado en Un gran amor (1989), con la secuencia inolvidable del protagonista con un enorme radiocasete sobre su cabeza.

En aquella década hubo otras comedias románticas soberbias, como Armas de mujer (1988), Tootsie (1982), Hechizo de luna (1987) o La princesa prometida (1985), entre otras muchas. Solo que el romance quedaba eclipsado por otros elementos narrativos, muy de la época, como el empoderamiento femenino, la fantasía o el homenaje al mundo de los cuentos. O la aventura, como en Tras el corazón verde (1984).

Jessica Lange y Dustin Hoffman en TootsieGTRES

No podemos abandonar los 80 sin hacer una breve referencia a John Hughes, autor de un subgénero propio, siempre al borde de lo excesivamente estomagante. El club de los cinco (1985) es mucho más que un filme romántico -es un retrato generacional- pero La chica de rosa es sin duda una de las comedias románticas más características de la época.

Aparte de Ephron, en los 90 sobresalió la figura de Richard Curtis, guionista de Cuatro bodas y un funeral, renovación espléndida del género, con un enamorado atontado que, como muchas veces a partir de Allen, debe robar la chica a otro. Hugh Grant y Andie McDowell bordaron sus papeles en una peli en la que destaca el momento más dramático: la lectura por John Hannah de Stop all the clocks, bellísima elegía de W.H. Auden.

Andie MacDowell y Hugh Grant en Cuatro bodas y un funeralGTRES

Curtis también escribió el guion de Notting Hill (1999), donde Julia Roberts hizo de gran estrella y Hugh Grant, como casi siempre, de sí mismo. Y escribió y dirigió Love Actually (2003), posiblemente la madre de todas las comedias románticas.

Al entrar en los 90 debería haber comenzado con La Roberts en Pretty Woman (1990), tan improbable en su argumento que demuestra la fortaleza del cine como medio de crear nuevos sueños. Como en Desayuno con diamantes, la prostituta de turno encuentra al caballero andante que la aparta de la mala vida.

De aquella época hay otras comedias románticas ineludibles, auténticas obras maestras: como Atrapado en el tiempo (1993), arte tan vivo que mejora cada año que pasa; o Mejor imposible (1997), con un galán tan antipático como entrañable en una de las mejores interpretaciones de Jack Nicholson como el protagonista de El resplandor 2.0; o La boda de mi mejor amigo (1997), con Roberts como intenta-roba-novios.

Menos conocidas, aunque entre mis favoritas, se encuentran Persiguiendo a Amy (1997), del inclasificable Kevin Smith, Algo pasa con Mary (1998), muestra de los nuevos tiempos -nunca tan elegantes como Lubitsch, Cukor o Wilder-, o Diez razones para odiarte (1999) con apariencias de comedieta de instituto pero con inolvidable pareja protagonista -Julia Stiles y Heath Ledger- y un final digno de La fierecilla domada, en la que supuestamente se basa el guion.

Al llegar el siglo XXI el asunto de seleccionar títulos es aún más complicado, sobre todo porque cuesta considerar seriamente a intérpretes como Drew Barrymore, Adam Sandler u Owen Wilson.

Podríamos comenzar con dos películas basadas en libros de Nick Hornby: Alta fidelidad (2000), con un John Cusack espléndido en la piel de uno de los mejores narradores de la historia del séptimo arte; y Un niño grande (2002).

John Cusack en Alta fidelidad

Pero, a partir de ahí, me cuesta enormemente encontrar maneras de agrupar películas tan dispares como Serendipity (2001), muy ochentera en su concepto; Cuando menos te lo esperas (2003), con Diane Keaton y Nicholson renovando el concepto de amor otoñal; y Virgen a los 40 (2005), quizás el más afortunado de los guiones de Judd Apatow y, en cualquier caso, una completa renovación del género.

Personalmente, me gustó mucho 40 días y 40 noches (2002), sobre todo por el planteamiento de la apuesta y por la chica, Shannyn Sossamon, que también protagonizó Destino de caballero (2001), una actriz que habría merecido una carrera más amplia y exitosa.

Ya en la siguiente década, llegaron dos de las comedias románticas más poderosas del nuevo siglo. Por un lado, Rumores y mentiras (2010), con una fuerte carga crítica y un sinfín de referencias culturetas. Y Crazy, Stupid, Love, renovación satírica y completa del género. Que en estos dos imprescindibles filmes aparezca Emma Stone dice mucho tanto de las pelis como de la actriz, lo más parecido a Katharine Hepburn y Julia Roberts en nuestros días.

Ryan Gosling y Emma Stone en Crazy, Stupid, LoveGTRES

Pero, y aquí entra el posmodernismo, llegó La La Land (2016), una comedia romántica que no es comedia ni romántica ni musical. O El lado bueno de las cosas (2012), con Jennifer Lawrence, otra gran estrella de los nuevos tiempos, que tiene tanto de comedia como de intenso drama sobre la salud mental.

Si a eso unimos la multiplicación de estrenos por gracia de las plataformas, nos enfrentamos a un panorama ciertamente inabarcable. Por suerte, uno ha llegado a la edad en que disfruta más de una revisita que de un estreno de algún cómico mediocre. Siempre nos quedarán los viejos estrenos.