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El actor y director Charles Chaplin, junto al cineasta Edgar Neville

Cine

Los españoles pioneros en Hollywood

Además de Buñuel o Dalí, otros artistas, directores, escritores y actores españoles dejaron su impronta en la incipiente industria del cine

La presencia de españoles en Hollywood durante los años 20 y 30 era tan prominente, que Francis Scott Fitzgerald llamaba a la mansión de Charles Chaplin The house of Spain, tal era la presencia de intérpretes, directores, guionistas y dramaturgos españoles que no sólo hicieron buenas migas con los faraones de Hollywood, sino que tuvieron unas carreras prominentes.

La más destacada, la de Edgar Neville, el abogado, aristócrata, dramaturgo, escritor, periodista, pintor y diplomático que, enamorado del cine, lo deja todo para irse al naciente Hollywood a conocer el oficio. Y su mejor maestro fue nada menos que Chaplin, quien le empuja a los brazos de la Metro que le hará un contrato como guionista al tiempo que el genio del cine mudo le invita a hacer un pequeño papel de policía en su obra maestra Luces de la ciudad.

Amigo también de Laurel y Hardy, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y W. Randolph Hearst, escribiría las adaptaciones y diálogos en inglés de importantes películas de la Metro como El presidio o En cada puerto un amor rubricándose como uno de los pioneros españoles más recordados por la industria del cine.

Además, logró sacar adelante el Spanish Department de la MGM que fue la puerta de entrada en Hollywood de más de un centenar de talentos españoles como el de Jardiel Poncela, Florián Rey, Luis Buñuel y Antonio de Lara, Tono que se convirtió en uno de los humoristas mejor pagados de la industria. El caso de este último es especialmente relevante, pues empezó como escenógrafo, pasó a ser dialoguista y guionista de las versiones en español de las películas en inglés, y acabó cobrando hasta 10.000 dólares por chiste. La personificación pura del sueño americano.

Sin embargo, ni Neville ni Tono fueron los primeros en llegar a la soleada California. Todo lo había empezado unos años Antonio Moreno, madrileño que se fue al nuevo mundo a buscarse la vida a Nueva York de botones, de acomodador, de lo que fuera… Hasta que su elegante presencia le abre las puertas del teatro donde su marcadísimo acento español no hace sino subrayar su atractivo.

En 1912 se va a California y debuta con D.W. Griffith donde demuestra una fotogenia y una simpatía únicas. Realizó cerca de cincuenta cortometrajes en menos de tres años donde se explotaba su aspecto de dandi elegante importando así el aspecto de latin lover de pelo engominado, profundos ojos negros y una sonrisa provocadora que acabarían consolidando el italiano Rodolfo Valentino y el estadounidense-mexicano Ramón Novarro. Pero el nuestro, el español, fue el primero.

El actor Antonio Moreno

Guapo, simpático, sonriente y con club de fans propio desde 1914, su nombre iluminaba los carteles junto al de Pola Negri en La bailarina española, Greta Garbo en Terra de todos o Clara Bow en Ello. Pero, además, trabajó a las órdenes de Sam Wood, Fred Niblo, Hugo Fregonese, Henry King, Anthony Mann, Raoul Walsh y el mismísimo John Ford en Centauros del desierto.

Mucho más reconocido en Estados Unidos que en España, Antonio Moreno acabaría recibiendo su estrella de la fama en 1960, siete años antes de morir en su casa de Beverly Hills.

Trece años después que él, nacía en Murcia José Crespo, un talentoso actor de teatro que a la vuelta de una gira por Argentina y Paraguay, siente que España se le queda pequeña y decide comprar un billete de ida a Nueva York. Sin hablar una palabra de inglés y haciendo toda clase de trabajos, sus infructuosos intentos de hacer teatro le llevan a California donde tarda más de un año en conseguir una prueba de castin.

Fue gracias a la mejicana Dolores del Río, que ve en él un potencial y una belleza poderosas, que consigue un papel en la película que ella protagonizaría en 1928, Revancha. La Metro entonces le contrata para hacer las versiones en español de las películas que protagonizaba John Gilbert, lo que fue la puntilla para el actor que jamás logró adaptarse al sonoro. De hecho, fue nuestro José Crespo el actor que estuvo a punto de interpretar al conde de Pimentel en La reina Cristina de Suecia, pero la Garbo impuso a su amigo Gilbert que, después del filme, se hundió en el olvido.

La MGM contrató a José Crespo para hacer versiones españolas de las películas de John Gilbert

En 1930 el éxito que cosecha con la película de Edgar Neville, El presidio, le consolida como un posible nuevo Valentino y la United Artist, la Metro y la Fox tratan de ofrecerle el contrato más suculento. Así fue como llegaron En cada puerto un amor, El proceso de Mary Dugan, Angelina o el honor de un brigadier, Rascals, La vida bohemia, El insurgente o La niña de mis ojos, algunas de ellas, versiones españolas hechas en Hollywood.

Pero la imposición del doblaje acabó llevándole a Nueva York donde desarrolló una importante carrera como doblador y como director de doblaje hasta finales de los años 60 cuando decide regresar a España donde siguió trabajando en cine y teatro de manera esporádica. La Academia de Cine de España reconoció el talento del actor en 1996 al concederle la Medalla de Oro por los méritos de toda una carrera dedicada al cine.

Las actrices que triunfaron en Hollywood antes de que llegara la divina Sara Montiel fueron muchas más y unos auténticos fenómenos de su tiempo. Pero Imperio Argentina, Rosita Díaz, Conchita Montenegro, María Alba y Rosita Moreno merecen su capítulo aparte.