Louis de Funès
Cine
El origen gallego de Louis de Funès
Fue hijo de dos emigrantes españoles que buscaron en Francia una nueva oportunidad
Para entender quién fue Louis de Funès hay que empezar por un dato que muchos desconocen: no era francés de origen, aunque acabó encarnando como nadie el carácter galo en la gran pantalla. Uno de los cómicos más populares del cine francés del siglo XX fue hijo de emigrantes españoles, una herencia marcada por el desarraigo, la disciplina familiar y cierta austeridad que lo acompañaría durante toda su vida.
Sus padres pertenecían a familias burguesas. Su padre, Carlos Luis de Funès de Garlaza, era un abogado sevillano; su madre, Leonor Soto Reguera, era gallega, con raíces en Ortigueira, una localidad costera coruñesa tradicionalmente vinculada a la emigración. Ambos se enamoraron pese a la oposición de sus respectivas familias y, ante el rechazo, decidieron marcharse a Francia para empezar de nuevo. Allí nació Louis de Funès en 1914, en un hogar donde la cultura española convivía con una temprana conciencia de la fragilidad económica, agravada por la posterior bancarrota del negocio paterno.
Antes de convertirse en una estrella, tardó décadas en abrirse camino. Nada en su juventud hacía presagiar un éxito fulgurante. Dibujaba, tocaba el piano y trabajó de lo que pudo para ganarse la vida: fue escaparatista, camarero y pianista en bares del barrio parisino de Pigalle. Aquellas noches, entre música y clientela variopinta, afinaron su oído y su sentido del ritmo, dos elementos que más tarde serían esenciales en su particular forma de hacer comedia.
Su vida sentimental fue más compleja de lo que durante años se contó al gran público. Se casó por primera vez en 1936 con Germaine Louise Carroyer, con quien tuvo un hijo, Daniel. El matrimonio terminó en divorcio y quedó prácticamente borrado del relato oficial. Su gran historia de amor llegó después, durante la ocupación alemana, cuando conoció a Jeanne Barthélémy de Maupassant, sobrina nieta del escritor Guy de Maupassant. Se casaron en 1943 y tuvieron dos hijos, Patrick y Olivier. Jeanne no solo fue su esposa, sino también su agente, su estratega y su aliada creativa, la persona que supo orientar su carrera y elegir los papeles que mejor explotaban su vis cómica.
El reconocimiento llegó tarde, pero fue arrollador. A partir de los años sesenta, Louis de Funès se convirtió en un auténtico fenómeno social. Películas como La gran juerga batieron récords históricos y durante treinta años fue la más taquillera de Francia, hasta que Titanic rompió esa marca. En total, sus filmes vendieron más de 160 millones de entradas solo en Francia. Las sagas Fantomas y El gendarme lo elevaron definitivamente a la categoría de mito popular.
En pantalla, De Funès era exceso puro: muecas, aspavientos, gruñidos, estallidos de ira y una precisión casi musical en cada gesto. Fuera de ella, buscaba todo lo contrario. En 1967 se retiró con su familia al castillo de Clermont, cerca de Nantes, una propiedad heredada por su esposa. Allí dio rienda suelta a uno de sus grandes placeres: el cultivo de rosas. En el invernadero encontraba la calma que los rodajes le robaban, hasta el punto de que una variedad de rosa francesa lleva hoy su nombre.
Su carácter fue durante años objeto de rumores. Se habló de dureza y mal genio, aunque sus nietos han matizado esa imagen, recordando a un hombre exigente, sí, pero profundamente trabajador. Su amistad con Bourvil fue tan estrecha que la revista Time los comparó con Laurel y Hardy. No en vano, a Louis de Funès se le conocía como «el hombre de las cuarenta caras por minuto».
Falleció en 1983, a los 68 años, víctima de un ataque al corazón. Cuatro décadas después, su legado sigue intacto. Hijo de gallega y andaluz, criado en Francia, Louis de Funès fue un icono universal nacido del desarraigo y convertido en rey absoluto de la comedia.