Clint Eastwood, en un fotograma de Gran Torino
Cine
Clint Eastwood elige al mejor actor con el que ha trabajado: «Disimulaba mis deficiencias»
Rodaron tres películas juntos y fue más que suficiente para considerarle el mejor del mundo
En Hollywood hay elogios que se lanzan por compromiso y otros que quedan grabados para siempre. Cuando Clint Eastwood pronuncia una frase de admiración, conviene escuchar con atención. No es un hombre dado a los halagos gratuitos ni a la épica verbal. Por eso, cuando en público llegó a referirse a un compañero como «el mejor actor del mundo», aquella frase adquirió un peso especial.
El destinatario de ese reconocimiento fue Morgan Freeman, una presencia tan sólida como discreta, capaz de sostener una escena con una mirada o una pausa. Curiosamente, Eastwood nunca se ha considerado a sí mismo parte de la élite interpretativa. Él mismo ha reconocido en más de una ocasión que no es Marlon Brando ni Jack Nicholson, ni pretende serlo. Su lugar en la historia del cine se ha construido desde otro sitio: el del oficio, la intuición narrativa y una comprensión profunda del ritmo y la verdad cinematográfica, sobre todo desde la dirección.
A lo largo de más de seis décadas de carrera, Clint ha demostrado que no hace falta ser el actor más técnico para convertirse en una de las figuras más influyentes de Hollywood. Dos Oscar como intérprete quedaron en simples nominaciones, pero al otro lado de la cámara acumuló cuatro estatuillas, incluidas las de mejor película y mejor director por Sin perdón y Million Dollar Baby. En todas ellas, su mayor talento ha sido saber rodearse de los profesionales adecuados y, sobre todo, saber cuándo no intervenir.
Ahí es donde entra Morgan Freeman. La admiración entre ambos fue siempre mutua y explícita. Cuando Freeman llevaba años intentando levantar Invictus, un proyecto profundamente personal, tenía claro quién debía dirigirlo. Según contó en entrevistas, su lista de candidatos se reducía a dos nombres: Clint Eastwood… y Clint Eastwood. Para él, no había alternativa posible. Era el director que mejor entendía cómo dejar respirar a los actores.
No se trataba de una admiración abstracta. Trabajaron juntos en tres películas que hoy forman parte del canon del cine contemporáneo. En Sin Perdón, Freeman interpretó a Ned Logan, el viejo pistolero que funciona como conciencia moral del personaje de Eastwood en un wéstern crepuscular que redefinió el género.
Clint Eastwood y Morgan Freeman, en la desgarradora Million Dollar Baby
En Million Dollar Baby, su personaje de Scrap no solo narraba la historia, sino que le daba profundidad ética y emocional, convirtiéndose en el verdadero hilo conductor del drama. Finalmente, en Invictus, Freeman encarnó a Nelson Mandela con una sobriedad y una dignidad que le valieron el respeto unánime, bajo la dirección de un Eastwood que supo apartarse y dejar que la interpretación hablara por sí sola.
Fue en ese contexto donde Eastwood soltó la frase que Freeman no ha dejado olvidar jamás. Dijo que le gustaba rodearse de los mejores profesionales porque eso reducía errores y, en sus propias palabras, «disimulaba mis deficiencias». Y remató, micrófono en mano, calificándolo como el mejor actor del mundo. Freeman, con su habitual ironía, se apropió del elogio con orgullo y no dudó en recordarlo cada vez que tuvo ocasión.