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Orson Welles borda el papel del enigmático Harry Lime

Cine

El director ganador de dos Oscar que siempre ha defendido el «cine 'palomitero'»

Pocos años antes de morir, uno de los mejores directores ofreció una master class en la que se sinceró sobre su idea del cine, la audiencia, la creatividad y el éxito

A Orson Welles, desde siempre, se le ama o se le odia. Su cine no pasa inadvertido y no es indiferente a nadie. Y es innegable, incluso para sus más acérrimos detractores, que sigue siendo uno de los directores más geniales de todos los tiempos, padre no sólo de la obra maestra definitiva Ciudadano Kane (1941), sino de otras muchas joyas también inolvidables como El cuarto mandamiento (1942), El extraño (1946), La dama de Shangai (1947), Macbeth (1948), Sed de mal (1958), El proceso (1962) o Campanadas a medianoche (1965).

Sin embargo, después de hacer historia del cine con su ópera prima, el enfant terrible de Hollywood se pasó la vida tratando de sacar sus películas adelante, buscado dinero y estudios que quisieran producirlas pues, desde el batacazo de El cuarto mandamiento y la incomprensión de La dama de Shangai, a duras penas conseguía respaldo financiero.

Tuvieron que pasar más de veinte años para que el mundo se rindiera ante la genialidad de Orson Welles, para que entendiera que el cineasta fue un creador único y superlativo, un intelectual incomprendido como ha habido pocos.

Cuatro años de morir, el 14 de noviembre de 1981, el director, escritor, actor y productor fue invitado a hablar de sus películas, su carrera, el cine y la industria a la Universidad del Sur de California y allí dio una master class de hora y media que resultó absolutamente inolvidable.

En ella, hizo unas declaraciones que, dichas por Welles, siguen sorprendiendo a la mayoría. Un estudiante se dirigió a él de la siguiente manera: «Con todo el cine de evasión que se ha estrenado en los últimos años, ¿hay algún tema que le gustaría tratar en una película para tomar represalias hacia tanta chorrada?»

Un Welles decidido contestó: «¿Para tomar represalias contra las películas de evasión? ¡Me encantan las películas de evasión! Me encantan…» Los estudiantes presentes empezaron a aplaudir por esa espontánea sinceridad tan en contra de la opinión general de la academia y la –supuesta– intelectualidad. A lo que añadió: «No creo que sea obligatorio que un director sea serio y ni siquiera que sea adulto. Creo que está muy bien hacer películas para niños y hacer películas para el niño que todo adulto lleva en su interior. Creo que es un ejercicio maravilloso y admiro enormemente a los directores que las hacen».

Ante un público sonriente y embaucado por el genio, Welles, de 66 años, afirmaba: «Nadie es completamente adulto y ninguna «obra de arte» (¡Dios mío, que cosa más terrible acabo de decir!)… Ninguna película –corrigió– está hecha por un adulto completo. Para empezar, no conozco a ningún adulto completo en la vida civil, ¿así que cómo podría colarse en el mundo del cine? Es algo incomprensible para mí».

En aquella ocasión, el encuentro de Welles con los alumnos de la universidad fue con motivo de la película El Proceso sobre lo que trataron buena parte de sus intervenciones y respuestas. Pero también fue preguntado por la presencia de sus espejos en sus películas, ante lo que dijo que los usaba, sencillamente, porque era «un mago y los magos usan espejos» y cuando quisieron saber sus impresiones ante las malas críticas que en ocasiones recibieron algunos de sus actores se declaró «totalmente responsable» porque ellos no habían hecho más que seguir sus indicaciones. Y así, hora y media de puro cine:

El vapuleado «creador», que no soportaba aquella palabra porque «se usa demasiado estos días» y que conoció un fracaso tras otro, no renunció nunca a su estilo ni a su idea del cine, aunque desmitificó dos afirmaciones que le han acompañado siempre. Una, que la falta de presupuesto despierta la creatividad: «¡Nunca me pasó eso! ¡Ojalá hubiera contado siempre con más dinero en cada película!» Y, dos, que nunca le importó la audiencia: «Me encantaría tener un público masivo. Están mirando a un hombre que ha buscado toda su vida el favor del público».

Lo logró, sin embargo, demasiado tarde, como ocurre tantas veces en la industria. Por eso, uno de los cineastas más barrocos, personales, exquisitos y trascendentes de la historia del cine, en su defensa a ultranza de sí mismo, defendió las que fueron siempre para él una serie de verdades irrenunciables: Que el cine con dinero se hace mejor, que a los directores les gusta que sus películas vayan bien y que el cine de evasión, el cine palomitero, es profundamente entretenido.