Tom Cruise no dudó en meterse en un tanque de agua con un nivel de oxígeno limtiado
Cine
El día que Tom Cruise casi pierde la vida en una de sus escenas de acción más conocidas: «Un castigo físico»
Un tanque con millones de litros de agua y un margen de oxígeno mínimo la convirtieron en uno de los mayores desafíos del actor
Cuando le preguntan si Tom Cruise está dispuesto a colgar por fin el traje de Ethan Hunt, el actor sonríe, hace una pausa poco habitual en él y lanza una invitación al presente: «Vayan al cine». No confirma ni desmiente que Misión Imposible: Sentencia final, estrenada el 25 de mayo del año pasado, sea el último capítulo de la saga. Pero, viendo lo que ha tenido que soportar su cuerpo en esta entrega, la pregunta parece más que justificada.
La escena que ha puesto a hablar a medio Hollywood no ocurre en el aire (aunque también lo veremos colgado de un biplano), sino bajo el agua. En las profundidades de los restos del submarino Sevastopol, un escenario que ya aparecía en la entrega anterior, Cruise se enfrenta a una secuencia que él mismo describe como «castigo físico». «Estoy respirando mi propio dióxido de carbono. Se acumula en el cuerpo y afecta a los músculos», confesó en una entrevista, dejando claro que esta vez la épica tuvo consecuencias muy reales.
El rodaje de ese momento clave se convirtió en una pequeña película dentro de la película. Para recrear el interior del submarino, el equipo construyó un tanque con más de ocho millones de litros de agua sobre una plataforma capaz de girar y vibrar. Dentro de ese caos controlado, el intérprete se sumergía con un traje especial y un casco iluminado, con una única línea roja que no podía cruzar: diez minutos. Ese era el margen antes de que la hipoxia empezara a pasar factura.
«Tenía que estar presente, actuar y sobrevivir al mismo tiempo», explica el actor. La producción se alargó, hubo retrasos, y el presupuesto acabó disparándose hasta rozar los 400 millones de dólares, convirtiendo la película en una de las más caras de la historia del cine comercial. En Paramount bromean con que Tom estuvo tan implicado que «hasta diseñó los cubos de palomitas».
Detrás de la cámara, el arquitecto de este caos es Christopher McQuarrie, socio creativo del actor desde hace varias entregas. «Estaba en una estructura giratoria llena de escombros. Teníamos que hacer que pareciera lo más desquiciado posible, pero que se pudiera repetir y que él pudiera navegar y salir con vida», recuerda. No lo dice como metáfora.
A los 62 años, Cruise sigue empeñado en no usar dobles. Lo ha hecho desde que escaló el Burj Khalifa, se colgó de un avión en pleno despegue y saltó en moto por un acantilado. En esta ocasión, el enemigo no era la gravedad, sino el tiempo que le quedaba de oxígeno.
Tom Cruise, en la escena final de la película
En Sentencia final, Ethan Hunt vuelve a enfrentarse a la Entidad, la amenaza tecnológica presentada en la entrega anterior. No lo hace solo: regresan Benji (Simon Pegg) y Luther (Ving Rhames), y se consolida Grace (Hayley Atwell), la ladrona que ocupa el hueco dejado por Ilsa Faust, el personaje de Rebecca Ferguson. Pero hay misiones que Hunt, como Cruise, tiene que asumir en solitario.
La película tampoco tuvo un camino sencillo hasta llegar a la gran pantalla. Al principio se iba a llamar Sentencia mortal Parte 2 y rodarse casi a la vez que la anterior. La realidad fue otra: cambios de calendario, problemas de producción y una taquilla más tibia de lo esperado obligaron a separar los estrenos por dos años. Quizá por eso, cuando Cruise habla de esta entrega, lo hace como si fuera algo más que una película. «Es una experiencia», dice. Y no solo para el espectador. Para él, parece haber sido una prueba de resistencia, una declaración de principios y, quién sabe, tal vez una despedida.