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Fotograma de El nombre de la rosa

Cine

El rodaje de 'El nombre de la rosa': de la elección de Sean Connery al laberinto imposible de la biblioteca

Umberto Eco, autor de la novela, no quería al actor escocés como protagonista

Es, seguramente, una de las novelas más admiradas y complejas de la literatura del siglo XX, tan sinuosa y laberíntica como la biblioteca de esa abadía en que reside un gran misterio. Y quizá por eso, el rodaje de El nombre de la rosa, la celebrada adaptación cinematográfica de la obra cumbre de Umberto Eco, no pudo ser sino igual de complicado.

Sean Connery se hallaba en un momento crítico de su carrera y que llegara a dar vida al gran Guillermo de Baskerville fue solo una de las odiseas a las que se enfrentó su director, Jean-Jacques Annaud, obsesionado desde hacía años con la novela. Este le ofreció el papel a Jack Nicholson (que era escandalosamente caro), a Michael Caine (que no pudo aceptar por problemas de agenda), a Robert DeNiro (que solo aceptaría si había un duelo de espadas) y así hasta una treintena de actores como Ian McKellen, Richard Harris, Donald Sutherland o Albert Finney. Pero todo cambió cuando, después de dos años de castings, el director recibió una llamada inesperada: la del mismísimo Sean Connery.

En los años 80, el escocés era para la industria un actor de capa caída. En la última década, apenas había protagonizado un puñado de películas dignas como El hombre que pudo reinar, Robin y Marian o Un puente lejano, mientras que el resto de sus trabajos, con Nunca digas nunca jamás a la cabeza, habían sido sonoros fracasos.

Sin embargo, ante su insistencia para hacer una lectura del guion, un Annaud desesperado aceptó. El director contaría que nada más empezar la prueba se quedó absolutamente embaucado por la voz y los matices que Connery le estaba dando al suspicaz fraile. Y, sin dudarlo un minuto, le ofreció el papel.

Eco, sin embargo, lo rechazó categóricamente porque veía al actor incapaz de desprenderse de la alargada sombra de James Bond. Pero en cuanto el escritor vio a Connery con un tosco hábito, su propia barba desaliñada y dando una intención al personaje entre la intelectualidad y la ironía, también quedó hechizado.

No así la Paramount, que dijo a Annaud que, si insistía en mantener a Connery en el reparto, abandonarían el proyecto, como así fue, con lo que la cinta acabó siendo una producción de Alemania Occidental (RFA).

Con todo, la odisea de El nombre de la rosa solo estaba empezando. La elección de Christian Slater como aprendiz del sabio De Baskerville fue complicadísima, así como el rodaje de la escena de sexo en que el joven actor, de apenas 15 años, mostró todo el aturdimiento y torpeza de su personaje de manera completamente real. Por su parte, F. Murray Abraham generó una tensión en el set de rodaje de lo más incómoda por los aires de superioridad con que alardeaba de su Oscar por Amadeus ante un Connery al que muchos cuestionaban que, directamente, no le podía soportar.

Sean Connery y Christian Slater, en El nombre de la rosa

En cuanto a la producción, Annaud no encontró, entre las más de 10.000 abadías, conventos y monasterios medievales de Europa, la que tuviera la apariencia del «castillo inquebrantable» que describía Eco en su novela. Así que fragmentó el rodaje. El monasterio alemán de Eberbach sirvió para rodar las escenas de la iglesia, el claustro y el impactante scriptorium, y el aislado Castillo de Rocca Calascio en los Apeninos sirvió de escenario natural para la llegada de Guillermo y Adso a la abadía, así como para la tristísima escena final. La combinación de ambos lugares contribuyó a crear el ambiente de desolación, aislamiento y peligro que envuelve toda la trama.

En los estudios de Cinecità de Roma, Annaud mandó construir un inmenso set de rodaje (el más grande después de Ben-Hur, que acabaría incendiándose de manera misteriosa) donde se rodaron las escenas de la entrada a la abadía, las murallas, las celdas de los monjes y las míseras chozas de los lugareños. Y por supuesto, también se construyó, inspirada en las escaleras imposibles de M.C. Escher, la laberíntica biblioteca, un maravilloso reto arquitectónico, pero una pesadilla como set de rodaje, ya que los técnicos de iluminación y sonido se perdían en su interior cada dos por tres.

Annaud, presa de una obsesión enfermiza por los detalles, encargó que se construyera todo con piedra, madera y yeso envejecido, al tiempo que ordenó que no se limpiase el set de rodaje ni los ropajes de sus actores para que todo fuera cogiendo suciedad y solera y buscó por toda Europa a decenas de personas tullidas y con evidentes deformidades para hacer de extras.

La película fue un fracaso estrepitoso en Estados Unidos, pero un éxito masivo en Europa, donde recaudó más de 70 millones de dólares. Además, revitalizó la carrera de Connery, que al año siguiente haría y ganaría el Oscar por Los intocables de Elliot Ness, tras lo que llegarían Indiana Jones y la Última Cruzada, La caza del Octubre rojo o La roca. Pero, sobre todo, esta combinación magnífica de factores hizo no sólo digerible una de las obras más complejas a nivel filosófico y estructural de la literatura reciente, sino que dio por resultado una obra maestra rotunda del cine de intriga.