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Toni Servillo protagoniza el filme de Sorrentino La Grazia, ya en los cines

Toni Servillo protagoniza el filme de Sorrentino La grazia, ya en los cines

Crítica de cine

'La grazia': Sorrentino firma otra gran belleza del cine con Toni Servillo como presidente de Italia

El cineasta italiano dibuja el perfecto retrato de un hombre que apura sus días como presidente de la República de Italia

Paolo Sorrentino no escribe guiones; compone poemas. No rueda películas; filma poesías. La grazia, su nueva película, resulta un poema de métrica perfecta y una poesía de arte mayor que el cineasta articula, una vez más, en torno al gran Toni Servillo, injustamente olvidado en las listas de los mejores actores del mundo. En otra admirable interpretación, Servillo se mete en la piel, pero sobre todo en el alma, de Mariano de Santis, el hombre sereno, católico y humanista que apura sus días como presidente de la República de Italia y que es incapaz de soñar. Solo parece feliz, solo se siente libre, cuando fuma.

«Mi libertad es Aurora», evoca el político recordando a su mujer, ya fallecida, en medio de un pensamiento que le atormenta: saber con quién le engañó –una vez, pero engaño al fin y al cabo–, su Aurora.

De Santis, el presidente de la Italia en la ficción, es viudo como Sergio Mattarella, el presidente de la Italia real. Y, como él, tiene a su hija como asesora. De los labios de la hija del presidente Mariano de Santis, el ficticio, brota la cuestión que sobrevuela el extraordinario filme de Sorrentino: «Todo se reduce a una pregunta: ¿de quién son nuestros días?».

Sobre La grazia planea la melancolía. La nostalgia. La soledad. El otoño tardío, ya casi invierno, de la vida. La duda. La búsqueda de la verdad. «Le preocupa demasiado la verdad», observa el Papa negro a su amigo De Santis, que recomienda al presidente vivir el presente porque el pasado es historia y el futuro es incertidumbre.

El hombre que magistralmente encarna Toni Servillo encara sus últimos pasos en la política con la satisfacción del deber cumplido, pero también con dos dilemas morales: decidir si firma o no la ley de eutanasia y si concede dos indultos. Y también de la boca de su hija sale la inteligente manera de Sorrentino de condensar, apoyándose en una sola frase, el modo de actuar del presidente: «Tu mandato se acaba, papá: ¿a qué esperas para tomar decisiones?».

«La gracia es la belleza de la duda», escuchamos en la película. Y esa duda encuentra su máxima expresión en De Santis con la ley de eutanasia. «Si no la firmo, soy un torturador; si la firmo, soy un asesino», plantea el presidente, que parece haber salido airoso de su complicada tarea de unificar Italia. De la mano, siempre firme, siempre tendida, de otro unificador, de la Italia clásica y la moderna, en el arte y la moda, como Paolo Sorrentino.

No hay una escena innecesaria en La grazia, ni un diálogo sin sustancia ni una composición de plano aleatoria. Todo es necesario, sustancial y buscado, pretendido en su cine. Y a veces, aquí menos de lo habitual, pretencioso, un pecado que en Sorrentino, por la vía de la indulgencia, se convierte en virtud.

La grazia no será la mejor película de Sorrentino, pero es una (otra) extraordinaria película de Sorrentino y eso, automáticamente, la eleva muy por encima del resto del cine actual. Flotando sin gravedad, de forma etérea, volátil, casi celestial y, al mismo tiempo, pegada al suelo terrenal. La gracia no es la potestad de conceder indultos del presidente de la República de Italia. La gracia es, en realidad, el estado habitual de Sorrentino y su don natural para envolver, con gran belleza y cautivador magnetismo, los misterios propios de la condición humana. Su destreza para profundizar en las aguas más revueltas de nuestras almas. Por eso, las gracias, Paolo, te las damos por cada poema que compones. Por cada poesía que filmas.

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