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Anthony Hopkins interpretando a Hannibal Lecter en El silencio de los corderos (1991)

Anthony Hopkins interpretando a Hannibal Lecter en El silencio de los corderos (1991)

Cine

El truco de Anthony Hopkins para dar miedo como Hannibal Lecter en 'El silencio de los corderos'

El actor es capaz de despojar al personaje de toda humanidad con un simple engaño interpretativo

Hay una razón por la que el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins se siente menos como un hombre y más como algo de otro mundo, como un alienígena que observa tras el cristal en El silencio de los corderos. Y en parte es porque no parpadea ante la cámara, como le confirmó una vez a Barbara Walters. Ni una sola vez. Es un pequeño detalle, tan sutil que quizás ni siquiera lo percibas conscientemente, pero lo cambia todo.

Parpadear es uno de los reflejos más humanos que tenemos. Muestra vida, empatía, nerviosismo y todos esos pequeños momentos de pensamiento que no podemos ocultar. Si lo eliminamos, algo dentro de nosotros reacciona. Cuando vemos a alguien que no parpadea, lo reconocemos como «extraño», aunque no podamos explicar por qué. Hopkins convierte ese instinto en un arma. Elimina un ritmo humano básico y, al hacerlo, despoja a Lecter de toda humanidad.

Cuando Clarice Starling (Jodie Foster) camina por primera vez por ese pasillo aséptico hacia la celda de Lecter, todo en la escena está diseñado para inquietarnos. La iluminación, el silencio, la forma en que los demás prisioneros se burlan y aúllan: todo contribuye a crear tensión. Pero cuando llega a Lecter, la tensión se desvanece en una quietud absoluta. Él está allí de pie, esperando, perfectamente tranquilo. Sus ojos se encuentran con los de ella, y no se mueven. No parpadean.

En ese momento, Hopkins define a Lecter con un aura sin igual. No es un lunático desquiciado ni un monstruo de película de terror ; es sereno, cortés y terriblemente alerta. Su quietud resulta depredadora. Cada segundo que Clarice lo mira, es consciente de que él la está mirando a ella también, no solo a la cara, sino a través de ella. Cuanto más tiempo se detiene su mirada, más pequeña parece la habitación.

«Usted ha dicho que comprendió muy bien a Aníbal y que no le resultó difícil interpretarlo. ¿Por qué?», le preguntó la periodista Barbara Waters en una ocasión. «No tengo ni idea. Leí el primer guion hace muchos años y supe que era uno de esos papeles que me venían como anillo al dedo. Creo que se parece un poco a mí en cierto modo. Es una persona solitaria y aislada. Yo también soy un poco solitario, tengo una personalidad solitaria. Me gusta estar solo. No tengo grandes amistades ni relaciones sentimentales importantes», explicó Hopkins entonces.

Anthony Hopkins, en un fotograma de El silencio de los corderos

Anthony Hopkins, en un fotograma de El silencio de los corderos

«Nunca parpadeas», apuntó la periodista. El actor respondió con un escueto: «No», como si fuera su propio personaje quien hablase. «Como Hannibal», añadió ella para darle pie a que ampliase a su respuesta. «Es un truco que aprendí porque, si no parpadeas, sabes que puedes mantener al público hipnotizado. No se trata tanto de no parpadear, sino de quedarse quieto. La quietud tiene su economía y su poder. Y lo he aprendido observando a otros grandes actores estadounidenses».

Al hilo de sus declaraciones, Ted Tally, guionista de la película, matizó cómo entonaron el tono del personaje: «Me preocupaba que pudiera sobreactuar. Cuando empezó el rodaje, me lo encontré cenando solo en el hotel de Pittsburgh. De hecho, tuve la osadía de preguntarle cómo iba a interpretar el papel: '¿Piensas elegir momentos en los que se note su locura?'. Me miró y me dijo: 'Oh, no. Creo que si estás loco, estás loco todo el tiempo'. No me tranquilizó en cuanto a su actuación. Pero tiene razón. No puedes elegir cuándo estás loco y cuándo estás cuerdo».

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